-¿Qué pasó ahí dentro? -preguntó
Rodríguez a Helen, en cuanto volvió la calma en el interior del avión.
-Una pesadilla. Lo cacé fácil porque,
tenías razón, no eran combatientes. Alargó la mano para tomar un botellín de
refresco y aproveché el descuido. Dejé caer la bandeja al suelo, le agarré el
brazo y lo volteé. Lo tenía reducido en el suelo, cuando cometí el error de
mirarle a los ojos. ¡Dios mío! Jamás había visto una expresión parecida. Nada
de apuro, ni de miedo: era una mirada de infinito odio. No era humana. Me
pregunté entonces si ese inhumano ser, que rezumaba loca crueldad e inmenso
rencor, merecía el favor de vivir. Fueron unos segundos de indecisión que aprovechó
para sacar una daga y lanzarme una cuchillada. Todavía no sé como pude
esquivarla. El cuchillo rajó el uniforme y pasó a mi lado rozándome el costado.
Reaccioné, reuní todas mis fuerzas y hundí en su nuez el cañón de la pistola
que le había arrebatado. Un siniestro chasquido y una fuerte convulsión de su
cuerpo me indicó que le había roto el cuello. Donde antes brillaba un intenso
odio, se instaló la terrible mueca que deja toda muerte violenta. Era mi
primera víctima mortal y jamás lo podré olvidar.
Rodríguez rodeó los hombros de Helen con
su brazo y besó sus cabellos, conmovido ante aquel angustioso relato, capaz de
hacer estremecer a una mujer de tan fuerte carácter como ella.
-Cuando recuerdes esta historia -dijo-
deberás pensar que salvaste la vida a más de doscientas personas inocentes y
olvidar que para conseguirlo, no tuviste otro remedio que acabar con otra que
no la merecía.
Por fin llegaron sin novedad al John F.
Kennedy Airport y allí les esperaba una acogida apoteósica. Docenas de coches
con cientos de bomberos y policías de todo tipo, rodearon al aparato. Después
tuvieron que sufrir los inacabables y exhaustivos interrogatorios, informes y
declaraciones de rigor, que demoraron en varias horas su salida del aeropuerto
e hizo exclamar a Rodríguez:
-¡Me cagüen la leche! ¡Nos han tratado
mejor los secuestradores que tus paisanos!
Tenían ya a la vista la salida de la
Terminal 4, cuando se cruzaron con una persona cuya figura resultó familiar a
Rodríguez.
-¡Caray, Doña Márgara! ¡Dichosos los
ojos! No me diga que regresa a España -dijo Rodríguez al tiempo que se
saludaban con afecto.
-Sí, voy para allá. Aquí ya no tengo
nada qué hacer, ni hay nada que me retenga.
-¡Hace bien! -aprobó Rodríguez y en voz
baja le hizo esta confidencia- Entre nosotros y sin que trascienda, le diré que
la policía ha archivado su expediente y no tiene nada que temer en ese sentido,
aunque será mejor que no utilice el nombre de Márgara...y menos el de Muriel
Dallamore.
-Sí, sí. Ahora ya no necesito
esconderme. En adelante usaré mi verdadero nombre: Margaret Foster, viuda de
William.
Se despidieron con sincera cordialidad.
Seguramente, ninguno de los dos intuía, en ese momento, que sus vidas estaban a
punto de dar un inesperado giro, para componer un nuevo e incierto capítulo.
Al poco tiempo, Margaret se hallaba
instalada en un asiento individual de Business,
volando hacia España, sin poder borrar de su mente el recuerdo de los últimos
acontecimientos vividos en Nueva York.
Bob Bryan consiguió presentar la
documentación extraída de la cámara acorazada, ante el Fiscal General. Este
quedó horrorizado al verificarla y todavía más al escuchar la declaración
"voluntaria" de Homer, el esbirro del general O´Connell. Ante la
gravedad del asunto, se apresuró a informar al Presidente y este dio la orden
de que se abriera una urgente y detallada investigación, dirigida
personalmente por el Fiscal General.
Su primera medida fue ordenar la
detención inmediata de O´Connell y proceder a efectuar un completo registro de
la sede del SSD. A pesar del secreto con que se realizaron los preparativos de
la operación, no se pudo evitar que alguien de la organización diera el soplo
al general de lo que se le venía encima. Cuando los agentes llegaron a Grymes Hill,
en Staten Island, se encontraron con que el general se había pegado un tiro en
la boca, ante el estupor y alarma de todo el personal allí presente.
Al verse perdido, el general no se lo
pensó dos veces: su ilimitado orgullo de mandamás le llevó a quitarse la vida,
antes de afrontar el vergonzoso trance de verse procesado y en prisión, como un
vulgar delincuente.
El descubrimiento de todos los asuntos
irregulares perpetrados por el SSD causó una auténtica revolución en las altas
esferas políticas, económicas y militares. En los días siguientes se produjo
una autentica catarata de ceses y dimisiones por "causas personales y de
edad", además del encausamiento de varios personajes de alto nivel.
La operación dio lugar, además, al
esclarecimiento de unos cuantos turbios asuntos, entre ellos, el que originó la
muerte de William, el marido de Margaret.
William descubrió que un grupo de
militares y hombres de negocios estaban realizando una importante operación de
contrabando de armas americanas en África y Oriente Medio. Para su desgracia, hizo la
denuncia en el SSD, en donde trabajaba O´Connell, como jefe de sección, sin
sospechar que este daba cobertura informativa a los delincuentes. Eso le costó la
vida.
![]() |
| Black Hawk Down en Mogadiscio. |
Pasaron los años, y esta gente, ya enriquecida,
escaló puestos de responsabilidad en los distintos estamentos de la Nación.
Todo les iba bien, hasta que en 1993 se produjo un hecho que conmovió a la
opinión pública mundial: dos helicópteros Black Hawk fueron derribados y sendos
equipos de Rangers y Delta Force masacrados en Mogadiscio, Somalia, en el curso
de una acción de paz auspiciada por la ONU.
Las tropas americanas fueron atacadas,
con ametralladoras Gatlin y granadas autopropulsadas tipo RPG, ambas fabricadas
en USA, por fuerzas irregulares de uno de los señores de la guerra más
importante de Somalia, Mohamed Farrah Aidid, habitual cliente de los
traficantes amparados por O´Connell.
Cuando los antiguos contrabandistas
vieron el enorme revuelo que se produjo en los EEUU, al conocerse que eran
armas americanas las que habían matado a sus soldados, decidieron suprimir a todos
los agentes que hubieran intervenido en aquellas
operaciones de tráfico ilegal de armas, tanto de manera directa como
indirecta y que pudieran perjudicarles. Los últimos de la lista eran Margaret y Pieterf.
Con la caída de estas malas gentes,
ambos quedaron libres de conflictos. En ese momento, Margaret decidió dejar New
York y regresar a España.
-Aquí solo tengo malos recuerdos
-confesó Margaret a Bob, al comunicar su decisión- en España hallé la serenidad
que aquí siempre me faltó.
-Te entiendo -replicó Bob- ¿Y qué
quieres que haga con el laboratorio de William y los equipos de ocultación?
-Haz lo que mejor te parezca. Destrúyelos,
guárdalos o utilízalos. Como desees. Sé que si los usas será para emplearlos en
una buena causa.
En este instante, cuando había sobrevolado
ya más de la mitad del ancho del Océano, recordó que Bob le había entregado un
sobre cerrado, al despedirse en el coche que le llevó al aeropuerto. Era hora de abrirlo.
En él había una breve nota escrita a
mano: "Querida Margaret: Me duele
dejar de verte, aunque me queda el consuelo de tu recuerdo que nunca se
borrará. Me cuesta dar este paso, pero sé que los remordimientos no me dejarían
vivir en paz el resto de mi existencia: Esta es la dirección, -que él cree
secreta- de Pieterf en España, por si algún día la necesitas o te interesa.
Pero no olvides que yo estaré siempre a tu disposición para cuanto necesites.
Abrazos. Bob." Y seguía la
dirección de Pieterf.
Tras leerla, la guardó, secó una rebelde
lágrima que se deslizaba por su mejilla y sintió pesar por no haberle abrazado
más fuerte en su despedida.

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