miércoles, 29 de octubre de 2014

Capítulo XXX


Cuatro potentes y veloces automóviles partieron de Little Italy y enfilaron la FDR Drive. Estaban ocupados por los doce pistoleros más fieros y sanguinarios del capo Rossano, además de los cuatro conductores y su lugarteniente Marko al mando.

Llegados al Bronx, tomaron la Bronx River Pkwy que habría de conducirles, directamente, hasta White Plains, donde Grosseto había instalado su central neoyorkina de negocios: el Night-club The Black Pearl, en el 107 de Mamaroneck.

El astuto Danny Grosseto no había elegido este local al azar. Muy al contrario, lo había seleccionado en una zona muy próxima a los límites de los Estados de New Yersey y de Connecticut. Esta situación le proporcionaba un buen escape, en caso de necesidad, además de una aceptable conexión con Philadelphia, a través de la Interestatal 95, una ruta segura, rápida y discreta.

Era temprano, las siete de la mañana, cuando la tropa de Marko llegó a las inmediaciones del Black Pearl. Era una buena hora para sorprender a los sicarios de Capelo, uno de los lugartenientes de Grosseto y el encargado de sus negocios en la ciudad de los rascacielos. En aquel momento las puertas de servicio se abrirían al personal de limpieza, mientras que los pistoleros de guardia estarían desperezándose. El resto continuaría durmiendo aun, arrullados por el exceso de alcohol en su cuerpo, debido a los reiterados tragos ingeridos durante su bronca labor de vigilancia y mantenimiento del orden, en las locas noches del Night-club. Además, habría que añadir, sin duda, el probable sueño perdido en atender los favores de una o varias de las golfas que revoloteaban por el local.

El Pearl disponía de un amplio parquin en una plazoleta interior, pero su entrada y salida se realizaban por un mismo estrecho callejón lateral, muy fácil de bloquear, por lo que decidieron dejar los coches aparcados en las dos calles trasversales anteriores al club, por seguridad y para no llamar la atención: dos en Martine Ave. y otros dos en Michel Pl.

Hecho esto, los trece hombres se fueron acercando al local enemigo en grupos de dos o tres individuos, con precaución y sigilo, tratando de pasar inadvertidos, tanto a los hombres del club como a los transeúntes. Aunque estos, en aquella hora y dado lo alejado del lugar, con muy pocas casas de vecinos, eran escasos o inexistentes en la práctica.

Dos de los asaltantes se colaron con rapidez por una estrecha puerta de servicio que permanecía abierta del todo. No tardaron en aparecer para indicar que habían encontrado vía libre y, en cuanto vieron la señal,  los restantes miembros de la banda descubrieron sus armas y se introdujeron en el edificio con la ferocidad y virulencia de fieras sedientas de sangre.

Aquella entrada conducía a tres puertas, a través de un estrecho pasillo. Dos de ellas estaban cerradas y daban acceso a la bodega y a la cocina, lugares donde la actividad comenzaría mucho más tarde. Con toda seguridad, no antes del mediodía. La tercera comunicaba con un amplio y alargado hall, donde estaba situado el guardarropa y un pequeño puesto para la venta de tabaco, algunos complementos para fumadores y unos cuantos objetos variados para recuerdo de turistas. En él se hallaba la puerta principal, adornada con abundante neón multicolor, que en ese preciso momento se encontraba cerrada y con sus llamativas luces apagadas. Al fondo, otra amplia puerta de batientes daba paso al salón principal.

Ya en el salón, una escalera descendía hacia el sótano, donde se hallaba instalada una discoteca con pista de baile, bar, algunas mesas y varios reservados. Otra escalera ascendía hasta la planta superior. En ella se encontraba la dirección del local y las habitaciones de los empleados, además de algunas otras estancias destinadas a distintos usos para el mantenimiento y adecuado funcionamiento del local.

Rossano había enviado varios hombres a espiar el Black Pearl la noche anterior, con el fin de conocer con detalle la distribución del local. Había que pillar desprevenidos a aquellos hijos de perra, condición primordial para conseguir dar el escarmiento que merecía el traidor y descarado  Grosseto y frenar su atrevimiento, de manera tal, que nunca jamás lo pudiera olvidar.

Sus secuaces, con Marko a la cabeza, se deslizaron con sigilo por el hall. Dos de ellos quedaron guardando la pequeña puerta de entrada, mientras otros dos se apostaron en la puerta de batientes que conducía al salón principal. Los nueve restantes se fueron introduciendo en él, portando  potentes linternas con las que alumbrarse, en busca de los previsibles pistoleros de guardia, para neutralizarlos y acceder, sin ruido, a la planta superior donde acabar con el resto de la banda.

Avanzaban despacio, silenciosos y con extrema cautela por entre unas cuantas mesas que rodeaban a un escenario lateral, cuidando de no tropezar con ningún obstáculo que pudiera alarmar a sus contrincantes.

Se hallaban ya en el centro de la extensa sala, cuando, de pronto, varios potentes focos se encendieron a la vez, convergiendo sus deslumbrantes luces sobre los asaltantes. Al mismo tiempo, una nube de proyectiles cayó sobre ellos, provocando un infernal estruendo con el estampido de sus detonaciones, portadoras de un aterrador mensaje de muerte.

Con la primera descarga, 4 ó 5 intrusos cayeron al suelo muertos o heridos de gravedad. El resto trató de hallar, con frenética desesperación, algún cobijo que les protegiera de aquella implacable ensalada de tiros.

Pero no era tarea fácil. Tony Capelo, tan astuto o más que su jefe Grosseto, sabía que los hombres de Rossano vendrían a por él y tenía preparado el lugar del encuentro con esmerado detalle. Había permitido la llegada de los asaltantes hasta el lugar dispuesto para la encerrona y allí, en el salón, instaló cuatro potentes focos para cegarles, mientras sus hombres, parapetados, les esperaban con sus armas automáticas listas. Además, había ordenado retirar la mayor parte del mobiliario, dejando solo el imprescindible para no levantar sospechas entre los asaltantes.

-¡Disparad a los focos! -ordenó Marko a sus hombres, con un potente grito.

Poco caso pudieron hacerle. Los disparos llegaban desde todas direcciones y, aquellos que habían logrado parapetarse detrás de alguna mesa, notaban tan cerca el roce de las balas, que estaban obligados a pegarse al suelo como lapas y agachar la cabeza contra él, al tiempo que trataban de protegerla con sus brazos.

Era un esfuerzo inútil. Uno a uno fueron cayendo muertos o malheridos. Solo Marko quiso vender cara su vida. Dio un salto fuera de la somera protección donde había hallado refugio y, dando un poderoso rugido, se lanzó a ciegas contra los pistoleros que tenía en frente. Disparaba como enloquecido su metralleta, mientras avanzaba con el ímpetu y la fiereza de un toro de lidia. Consiguió llegar hasta escasos metros de donde estaban parapetados sus enemigos, pero allí cayó acribillado a balazos.

Los cuatro pistoleros que habían quedado protegiendo la retirada de los suyos en las puertas fueron atacados por varios hombres de Capelo, surgidos de improviso por las otras dos puertas que habían hallado cerradas. Solo uno de ellos pudo eludir la agresión. A pesar de estar herido, corrió hacia los coches aparcados en Michel Pl., perseguido por dos contrarios. Estos llegaron antes de que pudieran escapar y acabaron a tiros con el herido y los dos chóferes.

Los dos conductores que esperaban en Martine Ave., al oír los disparos tan cerca y no ver aparecer a ninguno de los suyos, pusieron los coches en marcha y salieron de aquel lugar a todo el gas que daban sus máquinas. Rossano supo por ellos del nefasto resultado de aquella malograda incursión. En ella había perdido a sus mejores hombres.

Bob conoció la terrible contienda y el luctuoso resultado al finalizar la mañana de ese mismo día y le faltó tiempo para llamar a Margaret.

-Ha llegado el momento de que intervengamos también nosotros -dijo Bob, después de informar a Margaret con el mayor detalle que pudo.

lunes, 20 de octubre de 2014

Capítulo XXIX


El comisario Casado revisaba, aburrido, expediente tras expediente con tediosa parsimonia. Desde que Rodríguez abandonó el cuerpo, aquella comisaría ya no era la misma. Le faltaba la sal y pimienta que su buen subalterno imprimía en el cotidiano desempeño detectivesco, sin que nunca faltaran en sus acciones el desenfado, la gracia y el acierto que le caracterizaban. Echaba en falta, sobre todo, su inagotable y contagioso  buen humor, cualidad escasa en aquellas severas y adustas estancias de la comisaría

No era extraño, por consiguiente, que el comisario recibiera con agrado el anuncio de la visita de Rodríguez.

-¡Coño Rodríguez, dichosos los ojos! -exclamó, al tiempo que estrechaba su mano con verdadera efusión y afecto-  Pero, siéntese hombre y dígame: ¿Qué es de su vida?

-Pues por allí andamos, jefe -para él, el comisario Casado sería siempre su jefe-, haciendo lo que se puede -contestó, alargando un brazo para dejar al alcance del comisario una tarjeta de visita.

El comisario la tomó y pudo leer:

Agencia Rohen

Luis Rodríguez y Helen MacAdden

Detectives privados

(Direcciones y teléfonos)

 

-¡Estupendo! ¡Cuánto me alegro! Pero oye, esta tal Helen...no será tu enlace en Nueva York ¿eh?

-En efecto, jefe: la misma que viste y calza. Vino de vacaciones a verme y le gustó tanto España que decidió quedarse...Entre nosotros, y sin presunción por mi parte, le diré que también yo algo tuve que ver en su decisión.

-¡Ja, Ja! -rió de buena gana el comisario- de eso tampoco yo tengo la menor duda. Pero, cuéntame cómo fue que montasteis este negocio y qué tal os va.

-Pues todo vino rodado. Helen es una excelente detective y yo...¡pa qué decirle! Ya me conoce. El caso es que hablamos, discutimos y después de pensarlo mucho, nos establecimos. Sopesamos  las opciones de hacerlo en los EE.UU o en España y por fin decidimos abrir la agencia en Madrid. De momento el negocio nos va bien aquí. No sé...quizás más adelante hagamos una prueba en América, pero por el momento estamos contentos de cómo se va desarrollando el negocio en España.

-Muy bien, Rodríguez, aunque tendrás que advertir a tu socia que aquí las cosas de la profesión son bastante diferentes a las de su país. Por cierto, noto que vas armado. Ten mucho cuidado con soltar un tiro porque te puedes meter en un lío enorme.

-¡Qué me va a contar, jefe! En este puñetero país las armas solo están bien vistas en las manos de los bandidos. Y la gente decente que se fastidie y quede a su merced. Pero no se preocupe: tengo licencia de armas, aunque ésta -dijo mostrándola- es simulada, solo para impresionar

-Haces bien. Pero dime ¿qué clase de clientes tienes?

-De todo un poco. Trabajamos mucho con las compañías de seguros, bancos, laborales, e informes personales. Nada importante. Pero escuche jefe, si Vd. tiene algún caso que le trae de coronilla, llámeme que yo se lo resuelvo.

-¡Ay Rodríguez! Si mis jefes se enteran que he dado un caso a una agencia privada, me echan de aquí a patadas. Dirían: ¡Privatizar un servicio público como este! ¡A dónde vamos a parar!

-¡Ah, no! Eso sería entre Vd. y yo. A los demás les pueden dar mucho por donde Vd. ya sabe. No, no. Mire, de verdad, con toda confianza, en cuanto tenga un caso que le escueza, me llama que yo le ayudo a resolverlo.

-Bueno, bueno. agradezco tu ofrecimiento. Lo que me extraña que no te hayas decidido a marchar a Nueva York, con lo bien que te lo pasaste allí.

-Pues mire jefe, tentaciones no faltaron, pero la verdad es que como en España no se vive en ningún sitio, a pesar de que haya tantos hijos de mala madre que traten de estropearla. Esta mañana, sin ir más lejos, pasaba por delante de "El Brillante" de Atocha y se me ha ocurrido entrar. Me he arreado un bocata de calamares que no se lo salta un gitano ¡Divino, oiga: una gozada! ¡Cosas como estas, de verdad, no las hay en el mundo entero! Y no le cuento el gustazo que se dio Helen, hace poco, ante el maravilloso espectáculo de un monumental cocido de tres vuelcos en "La Taberna". Se puso como el hijo del esquilador de mi pueblo.

Rodríguez y su antiguo jefe continuaron con su animada charla durante una hora, bien cumplida, antes de afrontar la inevitable despedida. Lo hicieron con la misma efusión e idéntico afecto con que se saludaron en su reencuentro. Quizás el caprichoso destino les obligue a unirse de nuevo en algún futuro episodio, atrapados ambos en el misterio de un enrevesado y peligroso lance. ¿Quién sabe...?

Mientras, New York ardía a causa de una cruenta guerra entre clanes del crimen organizado.

Franky Rossano se hallaba a punto de reventar de ira, tras recibir la noticia del asalto a su transporte de dinero. Era el segundo ataque directo que recibía, antes de darle tiempo a dar adecuada respuesta al primero, y algo así no le había sucedido nunca en su larga vida de matón. Franky se había encumbrado en el oscuro mundo de la prostitución, la droga y el juego, apoyándose en la fuerza bruta, la represión más sanguinaria y el crimen,  mucho más que en otras cualidades más sutiles, como la astucia o la inteligencia, habilidades de las que andaba bastante escaso.

Su fiel compinche y lugarteniente Marko no le iba a la zaga, en cuanto a crueldad y salvajismo.

-Jefe, no podemos dejar sin castigo este nuevo ataque de los hombres de Grosseto. Y tenemos que hacerlo ya, sin pérdida de tiempo, si queremos que se nos respete.

-¡Maldita sea tu estampa, Marko! ¡Solo me faltas tú para encenderme aun más! -gritó Rossano- ¡Pero estás seguro de que todo esto es obra de Grosseto!

-¿Quién si no? Aquí ya no queda nadie más que pueda hacernos sombra.

-¡Joder, joder! ¡No, joder! En el Red Lion, la mayor parte de los disparos partieron de los balconcillos de arriba y los hombres de Grosseto se hallaban en las mesas de abajo. ¡Te dije que investigaras ese asunto del fantasma que vio Oscar!

-Mire jefe, hay que dejarse de historias. Estoy seguro que todo esto es cosa de Grosseto. Lo primero es acabar con estos hijos de perra y luego ya se verá.

A Marko le costó muy poco convencer a Franky para organizar una expedición de castigo al cubil de Grosseto en New York: el Night-club The Black Pearl, en Mamaroneck, regentado por Tony Capelo.

Sin embargo, en este caso, la fuerza bruta no iba a ser suficiente. La oronda figura de Grosseto -era poseedor de una hermosa panza que hacía buen honor a su nombre- enmascaraba a una personalidad colmada de astucia, viveza e ingenio, que le habían conducido a moverse con soltura por entre las intrincadas sendas de los negocios al margen de la ley, o en su frontera, hasta llegar a dominarlos. Y su acólito Capelo era un alumno muy aventajado.  

viernes, 17 de octubre de 2014

Capítulo XXVIII


-¡Bueno, bueno, amiguito! Por fin te has decidido a cantar. Me alegro, has tomado una sabia decisión -rompió así Pieterf el silencio que inundaba el lóbrego recinto, donde un Homer, semi desfallecido, hambriento, cercano a la deshidratación, enflaquecido, maloliente y mostrando un aspecto general lamentable, había resistido una semana entera, colgado de un gancho del techo por las muñecas, con un mínimo apoyo de sus pies en el suelo.

Ante el prisionero se hallaba Pieterf, a cara descubierta y despojado del disfraz -uno de los mejores entre los muchos que poseía, por cierto- con el que había dado caza a Homer. A su lado, presenciaban la escena Bob y Margaret, encapuchados ambos por recomendación de Pieterf.

-¡Eres tú, hijo de la gran zorra! -gritó Homer al reconocer a Pieterf.

-¡Claro! ¿Qué esperabas? ¿Pensabas que era fácil librarte de mí? Deberías haber echado una ojeada a mi expediente antes de intentar acabar conmigo. Lo que me extraña es que el cerdo de tu jefe no te haya informado del peligro que encierra acosarme. Eso me pone de muy mal humor y cuando yo me enfado mis enemigos corren el riesgo de acabar muy mal.

-Yo solo era un mandado que debía cumplir las órdenes del general -se justificó Homer, algo más amansado.

-Bien, pues ahora vas a cumplir las mías. Cuéntame todos los planes de O´Connell y las acciones delictivas que haya ordenado, y tú conozcas, desde la A a la Z.

-Sí, claro ¿Y qué voy a ganar yo con eso? -preguntó Homer, mostrando un último rasgo de su perdida arrogancia.

-Tu asqueroso pellejo -contestó Pieterf, escupiendo sus palabras, para hacer bien patente el desprecio que sentía por aquel mal bicho- Mira, de la cárcel no te salva nadie, pero si colaboras puede que hagamos la vista gorda en alguno de tus delitos y te libres de la perpetua. Pero, allá tú. Ya has conocido en esta semana lo qué te espera si te niegas.

Convencido Homer de haber perdido aquella partida, sin ninguna carta más que jugar, ni esperanza de recibir ayuda exterior, rindió por entero su voluntad a sus captores y durante dos largas horas estuvo vomitando los oscuros e inmundos tejemanejes de su infame jefe. Hecho esto, permitieron que se adecentara algo y, tras proporcionarle comida y bebida, consintieron que se acostara en un sencillo catre, bien amarrado a él por seguros grilletes y fuertes cadenas

Más tarde, Pieterf, Margaret y Bob discutían los resultados de la sesión.

-¿Estáis seguros de que este bestia estará de acuerdo en ir a la Corte para declarar? -preguntó Margaret.

-Su declaración no es suficiente -aseguró Bob- Deberemos encontrar pruebas que confirmen su testimonio. Sin ellas es inútil presentarlo a la fiscalía, pero una vez que las obtengamos no le quedará más remedio que declarar contra su jefe. Será su única oportunidad de salvar la piel.

-Sin duda -asintió Pieterf-. Lo malo es que esas pruebas se encuentran en la sede del SSD en Grymes Hill. Para hacernos con ellas tendríamos que asaltar sus oficinas y eso no es asunto fácil. La anticuada apariencia del edificio envuelve y oculta a un moderno y sofisticado complejo de estancias, corredores, elevadores y despachos, fuertemente protegidos con las últimas técnicas de vigilancia.

-Pero tú conoces bien todo eso -insinuó Margaret-, algo se te ocurrirá para poder entrar allí.

-No sé...Lo ideal sería acudir de noche y reducir a los vigilantes, pero aun así no dispondríamos de las claves de entrada a los departamentos y despachos. Las de Homer no sirven. Habrán sido desactivadas al hallarse desaparecido y de las mías para qué contaros. Además, por lo que yo sé y  Homer ha confirmado, la información sensible o clasificada se encuentra en la cámara acorazada instalada en el despacho de O´Connell y recuerdo que éste se ufanaba de que no había hombre en la tierra capaz de abrir su caja fuerte.

-¿Y no habría modo de desconectar los módulos de apertura y cierre de comunicación interior? -preguntó Bob, al que no le eran extrañas situaciones como estas, debido a  sus muchos años de intenso servicio  como agente especial del gobierno.

-¡Uff! -resopló Pieterf- La seguridad en las puertas de los departamentos, ascensores y despachos está establecida mediante la combinación de teclados, tarjetas magnéticas y lectores de huellas digitales en uno o los cinco dedos, según los distintos niveles de protección requeridos. Todo esto está complementado con varios sistemas de alarma operados por sensores térmicos, de movimiento, electrónicos contra la manipulación de los aparatos, cámaras y rayos laser.

-¡Vamos, dilo de una vez! -exclamó Margaret- Es imposible entrar allí ¿no?

-No diré tanto. Imposible es una palabra que no me gusta, aunque hay que reconocer que es una misión muy complicada. Sin embargo, tenemos que idear la forma de hacerlo. Sin conseguir pruebas sólidas que incriminen al general y a sus poderosos compinches, de nada nos sirve este animal de Homer. Dejadme unos días para pensar en algo viable. Luego hablamos.

En cuanto Pieterf abandonó la casa de Bob, este no perdió tiempo en comunicar a Margaret las negativas sensaciones que había  percibido durante la  anterior conversación. En realidad, seguía manteniendo un cierto resquemor o desconfianza hacia él, alimentado más por los celos que le producía la impresión personal de un presunto y progresivo acercamiento afectivo entre Margaret y Pieterf, que por cualquier otra causa real

-Sospecho que Pieterf no está por la labor de asaltar la sede de la SSD.

-¿Por qué dices eso? -replicó Margaret, sorprendida- No me parece que sea el tipo de hombre que se arrugue ante cualquier dificultad.

-Llámalo intuición, si quieres, pero esa fue la impresión que saqué al oírle acumular tantas trabas y dificultades en la descripción que hizo de las oficinas del SSD.

-Mira Bob, conozco a los hombres mejor que nadie y te aseguro que si no asaltamos el cubil de O'Connell, será porque tiene un plan mejor, no porque no se atreva. Así que esperaremos sus propuestas tal como hemos acordado.

-Como quieras, pero ya verás como ese trabajo acabaremos por tener que hacerlo tú y yo -termino así la discusión Bob, que no estaba dispuesto a dar su brazo a torcer.

Al día siguiente, las noticias de la mañana en la NYC TV daban cuenta de un enfrentamiento armado entre dos bandas rivales en el Distrito 5º. Tres muertos y cuatro heridos de diversa gravedad había sido el resultado de la pelea.

Informaciones posteriores obtenidas por Bob Bryan entre sus amplios  contactos, tanto en la policía como en los bajos fondos, les dieron a conocer los detalles de la refriega.

Varios pistoleros de Danny Grosseto habían tendido una emboscada a un transporte de dinero sucio, cuando se dirigía al cuartel general de Franky Rossano en Little Italia. Tanto los muertos, como los heridos, eran gente de Rossano. Los hombres de Grosseto habían desaparecido tras apoderarse del botín, sin que se conocieran sus bajas, en el caso de que las hubieran tenido.

-Nuestro trabajo comienza a dar sus frutos. ¡Ojala no quede ni rastro de esa gentuza en la ciudad! -exclamó complacido Bob, al tiempo que, a su lado, Margaret asentía.      

martes, 19 de agosto de 2014

Capítulo XXVII


Los hombres de Grosseto huyeron del Red Lion como alma que lleva el diablo, celebrando la suerte de haberlo conseguido con solo pequeños rasguños y convencidos, al mismo tiempo, de haber sido objeto de una traicionera trampa urdida por el capo Rossano.

A Tony Capello, uno de los lugartenientes de Grosseto y encargado de sus negocios en New York, le faltó tiempo para comunicar los hechos a su jefe, que se encontraba en la sede central de la banda, en Philadelphia.

-¿Cómo ha ido la reunión? -preguntó Grosseto, en cuanto recibió la llamada de Tony.

Desde que recibió la invitación de Rossano para hablar de negocios, a través de un sospechoso e-mail, en el que precisaba lugar, día y hora, Danny se hallaba expectante, con sus orejas de lobo estepario bien tiesas, cavilando sobre la proposición de su rival y las verdaderas intenciones que le habían movido a organizar aquel encuentro. A última hora, decidió enviar a Tony Capello en su lugar, protegido por cuatro de sus hombres, en previsión de alguna desagradable sorpresa.

-Era una trampa, jefe, y hemos salido de ella de puro milagro. Tenía razón cuando nos advirtió que tuviéramos cuidado.

-Bueno, esto tenía que llegar. Rossano ha decidido declararnos la guerra y la va a tener como no imagina. Él es más fuerte allí, pero también está más expuesto, debido a su mayor volumen de negocio. Es hora de estar vigilantes. Debemos replegarnos y hacernos fuertes en los lugares de mejor defensa para estudiar sus puntos débiles. Le daremos fuerte en donde produzcamos más daño. El próximo golpe corre de nuestra cuenta.

Grosseto dominaba el delito organizado en varios Estados del centro de EE. UU, aunque sus negocios más rentables se hallaban en Pensilvania, distribuidos entre su capital, Harrisburg, y Philadelphia. En el South Philly de esta última ciudad, donde habitaba el mayor núcleo de población italiana de la nación, después de N. Y., reinaba Grosseto, sin competencia ni nadie que osara hacerle frente.

Había modernizado sus estructuras, al estilo de la Camorra napolitana, y se servía de una tupida red de colaboradores, muchos de ellos sin sospechar que trabajaban para la mafia, en todos los estamentos del Estado. Esta estrategia le permitía licitar con ventaja en los proyectos de construcción, obras públicas, transportes, basuras y residuos tóxicos.

Sin embargo, desde la llegada de la profunda crisis económica de 2008, el transporte, la construcción y las obras públicas habían sufrido una notable reducción en su volumen de negocio, por lo que el astuto capo trataba de intervenir con nuevos negocios en otros Estados de la Unión.

Como el norte, con Chicago y Detroit, y el sur, con Nueva Orleans y Miami eran territorios prohibidos al estar ocupados por bandas de excepcional poderío, Grosseto decidió intervenir en la cercana ciudad de N. Y. con la esperanza de que la enorme dimensión de la urbe enmascarara su labor, hasta lograr un asentamiento potente y consolidado.

Además necesitaba hacerse con urgencia de lavanderías -así llamados los lugares donde se blanqueaba el dinero negro- en un lugar mayor y menos expuesto que Philadelphia. A tal fin, había ido adquiriendo algunos bares, heladerías, pequeños restaurantes y hoteles, estratégicamente asentados en la periferia de la Gran Manzana, tras situar su central de operaciones en un modesto Night-club, el Black Pearl, en Mamaroneck Ave. En aquel lugar, Grosseto había colocado a Tony Capello al frente de su nuevo tinglado.

Pero Rossano ya había detectado la intrusa actividad de los hombres de Grosseto y los tenía bajo estrecha vigilancia, dentro del punto de mira de sus armas. El desconcertante e inesperado asalto y robo del Red Lion había provocado en el todo poderoso capo toda clase de sensaciones, desde alarma y recelo, hasta rabia e incontenibles deseos de venganza.

Al mismo tiempo, también en Macdonall St. de Hempstead se estaba produciendo una animada y esclarecedora conversación sobre los sucesos acaecidos en el Red Lion.

-¡Ja, ja, ja! -reía con ganas Margaret- Esta vez nos hemos divertido a lo grande ¿eh Bob?

-Apuesta todo tu dinero al sí -asintió Bryant- En toda mi puñetera vida de agente especial, jamás había intervenido en algo tan cómico, desbaratado y esperpéntico. ¡Qué gozada! Fue un desconcierto total: nadie sabía lo que estaba ocurriendo y, menos aun, de dónde venían los tiros. Desde luego, estos equipos de ocultación de William son una maravilla. ¡Vaya logro! Lástima que no le dieran tiempo para utilizarlos.

-Nosotros lo haremos por él -afirmó decidida Margaret, aunque en seguida continuó su charla con un tono de voz algo menos rotundo- El caso es que, en cuanto entré en el despacho del encargado del local, tuve la impresión de que me veía. Giró su mirada hacia mí y puso unos ojos como platos. Fue como si viera llegar a un fantasma.

-No, no te pudo ver. Él notó esa ligera distorsión de la imagen que se produce en el holograma con nuestro movimiento. Sobre todo a tan corta distancia. Pero seguro que todavía se está preguntando qué es lo que vio. Y...¡oye! me acabas de dar una idea genial: con lo supersticiosos que son estos latinos y un poco de arte, bien podríamos pasar por fantasmas.

-¿Estás de broma? ¡Vaya ocurrencia! Tengo la impresión de que la juerga de tiros de hoy han despertado en ti algún escondido y olvidado deseo de diversión. Recuerda que estamos metidos en un asunto muy serio y nos enfrentamos a gente muy peligrosa, que no suele andarse con bromas a la hora de resolver sus problemas por la vía rápida.

-Todo eso es cierto, pero ahora mismo gozamos de una posición estratégica envidiable. La jugada de enfrentar a los dos clanes nos ha salido perfecta y así hemos logrado encender la mecha de una dura y explosiva guerra de desgaste que nos evita cargar con el penoso trabajo de hacer sangre. Sin embargo, necesitaremos seguir interviniendo para mantener el actual desconcierto y, al mismo tiempo, debemos evitar que puedan identificarnos.

-¿Y pretendes que ese papel lo asuma tu "fantasma"?

-¡Correcto! -afirmó Bob Bryant, rotundo- Te repito que esta gente es capaz de creer en cualquier cosa. Son tan supersticiosos e imaginativos que cuanto más extraño sea un suceso, más inclinados están en creer en su origen sobrenatural. Te lo aseguro: con nuestros equipos y un poco de teatro por nuestra parte, podemos llevar a cabo nuestro plan de castigo a Rossano a la perfección y, de paso, divertirnos como nadie.

-Me acabas de convencer -concedió Margaret, dando fin a la discusión.

Durante el resto del día, ambos amigos emplearon su tiempo en planear el próximo paso en su lucha contra el sanguinario capo, responsable del infame asesinato del hijo de Margaret, Joe Foster, más conocido como Christopher Keane y, también, como Joan Cockoyster.

Era tarde ya, cuando sonó la alarma instalada en el sótano donde tenían recluido a Homer, el siniestro sicario del general O´Connell.

-¡Vaya, el pájaro ha decidido cantar! -exclamo Bob- Avisa a Pieterf.              

   

miércoles, 9 de julio de 2014

Capítulo XXVI


En el Red Lion, un lujoso antro nocturno donde se consumía alcohol, sexo y droga a partes iguales, el ambiente se hallaba en pleno apogeo, animado por el estridente sonar de una machacona música rítmica, el resplandor de las innumerables luces que iluminaban el local, el brillo de los reflectantes y multicolores decorados, y la circense exhibición de una variada gama de sensuales danzas, realizadas por strippers de prodigiosa anatomía. Se completaba la lujuriosa escenografía con el servicio de unas hermosas y bien dotadas camareras en topless, que serpenteaban por entre las abarrotadas mesas con ágil contorneo, moviendo sonrientes y desinhibidas su singular anatomía, ante la admiración y requiebros de la eufórica y alumbrada clientela.

Era éste uno de los ocho clubes nocturnos que Franky Rossano mantenía estratégicamente situados en la ciudad de N. Y. y el más rentable. Estaba ubicado en el Bronx, junto a Melrose, donde el malvado capo almacenaba el producto de todos sus negocios sucios en aquel distrito, usándolo como eventual depósito bancario.

Estos cuantiosos fondos eran enviados con regularidad hasta su cuartel general en Little Italy mediante correos fuertemente protegidos por miembros de la banda, armados hasta los dientes con un auténtico arsenal. Desde este siniestro cubil, una potente e inexpugnable fortaleza, defendida por un ejército de pistoleros y una tupida red de informadores, Rossano movía los hilos del crimen organizado en la mayor parte de la gran ciudad y ejercía su canallesca labor en otras muchas, situadas a lo largo de la Costa Este de los Estados Unidos. Al mismo tiempo, el fruto de sus fechorías afluía hasta aquel maligno lugar, de manera imparable, en forma de caudalosos ríos de dinero.

De repente, el tableteo ensordecedor de una ráfaga de metralleta barrió la acristalada barra del bar y acabó con la mayoría de las botellas que allí había, haciéndolas saltar en mil pedazos. El caos se apoderó del Red Lion y, en un instante, aquel bullicioso y despreocupado ambiente festivo se convirtió en un terrorífico tumulto de caídas, gritos y carreras.

Nuevas ráfagas de proyectiles, disparadas desde lugares desconocidos para los aterrorizados clientes, sobrevolaron sus cabezas, provocando que el desconcierto inicial se convirtiera en un auténtico maremágnum de agitación y pánico. Mientras tanto, los pistoleros del local intentaban desesperadamente imponerse a la confusión general, arma en mano, tratando de averiguar el origen del asalto para repelerlo.

Varios disparos fueron a impactar sobre la mesa que ocupaban cinco malencarados sujetos, que se apresuraron a buscar refugio entre las mesas y sofás más cercanos, mientras empuñaban sus armas y las apuntaban en todas direcciones, aprestándose a la defensa.

Pero en aquel tremendo desbarajuste, tampoco ellos conseguían apreciar de donde venían los disparos.

-¡Maldita sea! -grito uno de ellos- ¡Esto es una trampa de Rossano! ¡Tenemos que abrirnos paso a tiros hasta la salida!

Desde ese momento, se estableció un vivo intercambio de disparos entre los hombres del Red Lion y los pistoleros de la mesa atacada, produciéndose una nueva y formidable ensalada de tiros.

De pronto, cuando la situación comenzaba a tomar tintes de tragedia, todas las luces se apagaron. A pesar de que las detonaciones fueron espaciándose hasta llegar a cesar por completo, los gritos de la gente que, aterrada, buscaba desesperadamente la salida o era atropellada y pisoteada durante su alocada estampida, aumentó en intensidad y frecuencia hasta formar un ambiente infernal.

Cuando por fin, los hombres de Rossano lograron normalizar la situación del Red Lion, pleno de animado resplandor poco antes del ataque, un escenario desolador se presentó ante ellos. Mesas, sillas, platos, botellas y copas, junto a las más variadas prendas de los clientes, llenaban los suelos, esparcidos en completo desorden. Todavía algunos heridos yacían semiinconscientes sobre los damasquinados divanes o trataban de incorporarse del enmoquetado piso, aturdidos aun por los golpes y pateos recibidos en el tumulto.

-¡Cómo que habéis tenido un asalto! -gritó Rossano, a través del teléfono, al escuchar la noticia de lo sucedido en su club más querido por boca de uno de sus sicarios- ¡No, no! ¡No me digáis nada ahora! Marko va para allá con refuerzos. Explicadle lo que ha sucedido y limpiad bien todo aquello antes de que llegue la policía y encuentre lo que no debe.

Marko, uno de los lugartenientes de Rossano y el más siniestro y sanguinario de todos, entro en el Red Lion como una tromba, seguido por cuatro secuaces más.

-¡Qué demonios ha pasado aquí! -masculló el enviado de Rossano, encarándose a los hombres del Red Lion,

-Aun nos lo estamos preguntando -respondieron los matones del club, todavía desorientados-, pero algo ha tenido que ver en esto el capo Danny Grosseto. Cinco de sus hombres se hallaban en el local y, tan pronto sonaron las primeras detonaciones, se liaron a tiros con nosotros.

-Ese hijo de perra lleva tiempo tratando de meter su hocico en alguno de nuestros negocios. Estoy harto de decirle al jefe que debe cuidarse de este buey... Aunque esta vez se la ha buscado y lo pagará con creces.

-¿Pero, qué está haciendo Oscar? ¿Por dónde anda? -preguntó Marko, extrañado de que el encargado del club no se hubiera presentado ante él para darle a conocer los detalles del ataque.

-Lo siento Marko, pero Oscar ha desaparecido -respondió el sicario que parecía llevar la voz cantante- Poco antes de que comenzaran los tiros, subió al despacho y ya no lo volvimos a ver.

-¡Diablos! ¿Habéis mirado bien? No estará entre los heridos ¿eh?

Ante la negativa del hombre, subieron al despacho de Oscar. No había nadie. Una silla caída en el suelo, junto a varios papeles y carpetas, además de cierto desorden sobre la mesa, indicaban que allí había tenido lugar algún tipo de altercado.

Marko ordenó registrar el club de arriba abajo, hasta el último rincón del edificio. En un pequeño cuarto, destinado a archivo, apareció por fin el encargado, amordazado y atado de pies y manos como el arco de una morcilla calabresa. En su frente lucía un enorme chichón azulado del que manaba un hilillo de fluido sanguinolento que recorría su cara resbalando por su enrojecida nariz.

-¡Por todos los demonios! ¿Quién te ha hecho esto? -Exclamó Marko.

-Nadie -contestó abatido Oscar.

-¡Cómo que nadie! ¡Qué joder está pasando aquí! ¿Se te ha ido la bola o qué? -gritó Marko exasperado- ¡Explícate de una jodida vez!

-Te digo que nadie. Estaba preparando el envío de fondos de la semana cuando empezaron a ocurrir cosas muy raras. No había nadie en el despacho y, de pronto, esa pared de allí enfrente se movió. Me levanté asustado y, al mismo tiempo que esta silla caía al suelo, recibí un golpe en la frente que me dejó semiinconsciente. Casi sin conocimiento, noté que me ataban, pero allí seguía sin haber nadie.

-¡Me cago en tu alma, Oscar! ¿Qué historia me estás contando?

-Te juro por Nuestra Señora de la Falconara, que todo sucedió tal como te lo estoy diciendo. Y te digo más: lo que ha pasado me lo estaba temiendo desde que mandasteis al otro mundo a aquel soplón, en este mismo lugar, por meter la mano donde no debía. No se puede vivir en sitios donde has matado. Te arriesgas a sufrir la venganza de su espíritu errante. ¡Mirad, la caja está vacía y falta todo el dinero! ¡Esa es su venganza!

-¡Joder, joder, joder! ¿Te imaginas qué va a decir Rossano cuando le cuentes esta historia? ¡La madre que te parió! No va a quedar títere con cabeza. ¿Has oído hablar de algún fantasma que ate a la gente y se lleve la pasta?

domingo, 29 de junio de 2014

Capítulo XXV


Bob Bryan debatía en su interior la conveniencia de aceptar los métodos de Pieterf o de mantener firme su recta conciencia rechazándolos. En cierto modo, el ex-agente tenía razón: No había en el plan de Pietref acciones activas de tortura y era bien cierto que el cese de la incomodidad del detenido dependía de su propia voluntad. Sin embargo, algo en su interior le obligaba a permanecer siempre con una cierta reserva ante Pieterf y sus acciones.

-Me gustaría saber qué pretendes con todo esto -dijo Bob, encarándose al ex-agente.

-Mira, no te voy a engañar. En primer lugar quiero librarme de la acusación de asesinato del uniformado. No puedo estar huyendo toda la vida de la Policía. Necesito que este pájaro cante para reunir pruebas exculpatorias.

-¿Y estás seguro de que este hombre está al corriente del asunto?

-Absolutamente. Aparece en el reportaje realizado en el lugar del crimen. Si no fue él quien realizó los disparos, fueron sus hombres. No hay duda.

-Además -continuó Pieterf-, este hombre conoce todos los entresijos delictivos del SSD. A través de él podremos conocer quién mato a William y también, con toda seguridad, quién ordenó su muerte y por qué.

-Bien, esto está hecho y ya no hay vuelta atrás -terció Margaret- Pero, ¿estás dispuesto a dejarle morir de inanición si no habla?

-No te preocupes, hablará mucho antes de que eso suceda. No ha de pasar una semana sin que me aviséis de que ha decidido hablar. Seguro que habría aguantado el dolor de una tortura, por violenta que fuera, solo por orgullo y tozudez, pero ahora está a solas con su pensamiento que le está machacando la voluntad, introduciendo en él, minuto a minuto y hora tras hora, la duda de si merece la pena ceder su vida a cambio de mantenerse fiel a un jefe, que quizás aborrezca.

Con pocas palabras más, se cerró el debate abierto por Bob. Pieterf se despidió y al estrechar la mano con Margaret, sucedió algo singular. Ésta sintió una especie de escalofrío o estremecimiento que recorrió todo su cuerpo. Era la primera vez que se daban la mano y su contacto le había traído sensaciones que no había sentido desde la muerte de William.

Algo especial notó Bob en el cálido saludo y, sobre todo, en el rubor que encendió las mejillas de Margaret, porque, en cuanto salió Pieterf, musitó:

-Hay algo que no me gusta en este hombre.

-Pero, Bob ¿todavía sigues desconfiando de él?

-Llámame agua fiestas si quieres, pero te digo que esta clase de gente no es de fiar. Quién te asegura que Pieterf no esté jugando con nosotros, para usarnos, en un momento dado, como moneda de cambio ante sus antiguos y canallescos jefes, y conseguir así su dispensa.

-No puedo creer que pienses eso en serio...No estarás celoso ¿eh?

-¡Dios mío! ¡Estás celoso! -exclamó con alegre sorpresa Margaret, al ver el gesto evasivo de Bob, que no pudo evitar desviar la mirada ante su trivial pregunta, hecha sin el menor asomo de malicia. En seguida, fue hacia él y le rodeó con sus brazos, en un cariñoso gesto, tratando de mostrarle el mucho afecto que le tenía.

-Pero hombre Bob, tu sabes que eres mi amigo del alma. Nada ni nadie podrá con nuestra amistad. Vamos, alegra esa cara y prepárate un trago, que te voy a cocinar la mejor cena que hayas probado en muchos días.

Con una agradable velada entre los dos amigos, terminó aquel convulso día.

En España, la vida se le complicaba a Rodríguez. Había recibido una llamada urgente del comisario Casado y en ella le adelantó que había problemas con el informe de su actuación en Estados Unidos.

-¡Pero qué leches pasa con mi informe, jefe! -exclamó Rodríguez, bastante alterado, tan pronto llegó al despacho del comisario- Todo estaba bien documentado, con muchos papeles originales y copias de asientos, órdenes de pago y movimientos de cuentas. Vd. lo vio, comisario: había allí tela marinera.

-Parece, por lo poco que me han dicho, que en la Fiscalía General quieren saber cómo se obtuvieron esos datos y necesitan el testimonio de la señora Fuster y la autentificación de algunos otros documentos por la Fiscalía americana o, al menos, por la Policía de Nueva York.

-¡Me cagüen la leche! ¿De dónde sacan a esa mujer? Yo le prometí que quedaría al margen y ni siquiera la he nombrado en el informe. Además, ¿qué coños hay que autentificar? Están allí bien puestos los nombres de los Bancos, agentes y oficinas de negocio, además de nombres, firmas y direcciones. Solo tienen que verificar los datos de la documentación.

-No te hagas mala sangre Rodríguez. Esto es algo que se veía venir. En esos papeles aparecen nombres de aforados, financieros de renombre y gente con mucho poder económico y político. El caso es que he recibido una citación de la Fiscalía General para que vayas allí, mañana mismo, a declarar. Dedica todo el día de hoy a revisar tu declaración y a estudiar bien las respuestas que debes dar a los puntos más delicados.

Rodríguez pasó un día de perros. En su cabeza bullía un torbellino de ideas encontradas. Todo el orgullo y ufana satisfacción obtenidos en la brillante resolución de lo que él calificaba como el caso de su vida, estaba en vías de esfumarse y, en su lugar, aparecía el fantasma del descrédito y de la reprobación. Seguro que aquella condenada llamada de la Fiscalía General no auguraba cosa buena.

Así fue. Al día siguiente, Rodríguez regresó de la sesión declaratoria  herido en lo más hondo de su amor propio y, sobre todo, en su orgullo profesional.

-¿Cómo ha ido la cosa? -preguntó el comisario inquieto, al ver llegar a su agente con muy mala cara.

-Muy mal, jefe. Me han tratado como al peor de los delincuentes. El Teniente Fiscal Inspector y tres de sus secuaces me han acribillado a preguntas de lo más estúpido e impertinente. Se diría que les importaba un pito la materia delictiva de la documentación y que solo les interesaba saber cómo la había obtenido. Al cabo de un par de horas de continuo interrogatorio me han pillado en un par de renuncios, que les ha servido para insinuar que todo aquello era un complot urdido por algún grupo político, en el que yo tenía arte y parte.

-¡No me lo puedo creer! -exclamó el comisario, indignado.

-Pues créalo, jefe. Mucho me temo que van a considerar ilegal la obtención de las pruebas. Como mucho investigarán aquellos casos que no les den quebraderos de cabeza para cubrir el expediente. De hecho, han emitido una orden internacional de búsqueda de la Sra. Márgara Fuster. Claro que van listos si esperan encontrarla.

-Y a ti, qué te han dicho.

-Ah, sobre mí han dicho que ya tendré noticias. Pero les va a salir un grano. Esta gente no me vuelve a tocar las pelotas. Aquí tiene mi credencial, la placa, el arma y mi renuncia escrita. Me voy.

-¡Pero hombre, Rodríguez, cálmese y no tome una decisión en caliente de la que pueda arrepentirse más tarde! Yo hablaré con la Dirección General y seguro que encontraremos el modo de protegerle de cualquier intento de implicación.

-Que no, coño, que no aguanto yo esta desvergüenza. Y lo siento por Vd. que me cae muy bien, de verdad, pero me han destrozado un trabajo excelente y no voy a tolerar que esto se vuelva a repetir.

Fue así como Rodríguez, un peculiar pero valioso agente, dejó el cuerpo.  

viernes, 27 de junio de 2014

Capítulo XXIV


Tenía la mirada fija en la puerta del Candy y, como siempre que se hallaba al acecho de alguna captura, nada ni nadie lograría evitar que la apartara de ella. Ni siquiera sus propios pensamientos, que trabajaban a toda máquina, calculando los pasos que debería dar tras echar mano a su presa. El general le había ordenado eliminar a Bryan, pero él había imaginado otro plan mucho más práctico y conveniente. Acabaría con él, sí, pero después de obligarle a cantar dónde se ocultaba la tal Margaret.

Más que nunca, deseaba Homer ejecutar aquella misión de un modo impecable, sin dejar ningún hilo suelto ni daño colateral alguno, que pudieran ocasionar cualquier clase de complicación posterior. Así podría arrojárselo a la cara del general y demostrarle aquello que, al parecer, tanto le costaba advertir: que era él, Homer, su mejor hombre en el departamento.

Con toda su atención puesta en el frecuente movimiento de entrada o salida de los clientes en el pequeño restaurante, no pudo reparar en la llegada de un viejo que se acercó hasta la parte posterior de su coche, caminando con cierta dificultad. Cuando alcanzó a verle era ya demasiado tarde: estaba sentado en uno de los asientos traseros y mantenía una pistola apretada contra su cuello. En un instante, el aparente achacoso anciano había abierto la puerta trasera del automóvil, se había colado dentro y le encañonaba con una potente arma automática.

-¡Qué diablos...! -fue lo único que acertó a decir el desorientado Homer.

-Tranquilo. Calma. Ni pestañees si quieres seguir vivo. -aconsejó el hombre.

-Me parece que no sabes en donde te estás metiendo -advirtió a su vez Homer que había logrado ya reponer el control de sus acerados nervios.

-Sí, querido Homer, lo sé: en un nido de víboras. Pero a ti se te acabó el veneno. Ordena cancelar de inmediato el operativo.

-¿Y si me niego?

-¡Qué tontería! -respondió su captor con una carcajada- Te mato y aquí te quedas. ¡Venga, no perdamos tiempo y acaba con esta historia!

Convencido de que la cosa iba en serio, Homer tomó el micro y ordenó a sus hombres que abandonaran sus posiciones y regresaran a la base, justificando la nueva disposición por un cambio de órdenes del mando. Él continuaría con la vigilancia del objetivo y reportaría más tarde.

-Bien, ahora arranca y conduce despacio, sin intentar tonterías ni cometer la más mínima infracción de tráfico. Te va la vida en ello.

El falso anciano obligó a Homer a conducir hasta una zona apartada de Ward Island y allí, después de cerciorarse de que ningún testigo podía presenciar la escena, ató y amordazó a su cautivo y le forzó a introducirse en el maletero.

Hecho esto, hizo una llamada desde una cabina cercana.

-Hola Margaret, soy Pieterf.

-Sí, mira: tengo un prisionero y necesito un lugar seguro donde pueda interrogarle -dijo Pieterf, y a continuación le refirió lo sucedido con Homer y sus hombres.

-Sí, sí, perfecto. Habla con Bryan y os espero aquí, en la explanada del Icahn Stadium, junto al río.

Una hora escasa más tarde, se presentó Margaret al volante de un potente 4+4 europeo. Había tenido que vencer la firme negativa de Bob para permitir el traslado de Pieterf y su prisionero hasta su refugio actual. Hubo una larga discusión entre ambos, pero por fin, Bryan tuvo que ceder  ante la tenaz defensa que Margaret hizo de Pietref.

-No me cabe la menor duda -argumentó Margaret-, Pieterf está con nosotros. Si hubiera querido perjudicarnos ya lo habría hecho. Tiempo, lugar y ocasiones ha tenido de sobra. Además, si todavía no estás convencido, recuerda que me salvó la vida y se lo debo.

Así pues, trasladaron a Homer hasta el maletero del otro coche y se dirigieron hacia el formidable refugio de Bryan en Hempstead. Ya en el garaje, colocaron una capucha cubriendo la cabeza de Homer y se encaminaron a una pequeña estancia blindada en la bodega de la casa.

Todo sucedió con la inesperada celeridad de un relámpago. Abría el silencioso cortejo Margaret y, detrás de ella, caminaba el encapuchado Homer guiado por Pieterf. De pronto, al iniciar la bajada de una escalera, Homer agarró a Pieterf y lo lanzó hacia delante contra Margaret mediante una perfecta maniobra Ippon de judo. Ambos amigos rodaron por la escalera hasta quedar maltrechos al final de ella. Se había producido un exceso de confianza impropio del ex-agente al no comprobar las ataduras de su cautivo. Este había conseguido desatarse durante el traslado y había simulado continuar maniatado a la espera del momento más adecuado para realizar su ataque.

Homer se vio libre. Se quitó la capucha y corrió por la estancia en busca de la salida. Poco duró su intento. Apenas llegaba a la mitad de aquella habitación cuando sintió como si chocara contra un invisible muro. Algo golpeó con fuerza su pecho. Otro golpe en la cabeza le dejó sin sentido.

Cuando Margaret y Pieterf lograron reponerse y corrieron tras el fugitivo, pistola en mano, lo hallaron tendido en el centro de la habitación, con una herida sangrante en la frente, sin conocimiento y nadie más en ella.

-¡My God! -exclamó Pietref desorientado-. ¿Qué diablos ha pasado aquí?

Margaret intuyó de inmediato lo sucedido y preguntó en voz alta:

-¿Eres tú, Bob?

Una voz cercana contestó:

-Sí, soy yo. En un momento me reúno con vosotros.

No hacía falta más explicación para Margaret: Bob les había seguido desde que entraron en la casa. Vigiló sus movimientos enfundado en el equipo de ocultación y, cuando escapó Homer, le interceptó con dos fuertes golpes, impidiendo así su fuga.

Bajaron al prisionero hasta un pequeño cuarto, anexo a la zona de supervivencia, todavía sin sentido. Después de reanimarle y practicarle una somera cura, Pieterf decidió atarle las muñecas a una viga del techo, de manera que estuviera obligado a mantenerse siempre de pie.

-Si creéis que dándome tortura vais a sacarme alguna información, estáis completamente equivocados. No lo conseguiréis -advirtió Homer, cuyo rostro se había hecho pétreo y su mirada fría como el hielo-. Estamos entrenados para resistir cualquier tipo de maltrato.

-No, querido, no. Nadie te va a tocar -se apresuró a contradecirle Pieterf- Te vas a quedar aquí, tal como estás, sin luz, comida ni bebida, hasta que decidas colaborar. ¡Ah! Y lo que tengas que hacer tendrás que hacértelo encima.  Nosotros no tenemos ninguna prisa, veamos cuanta tienes tú.

-¡Cabrones, hijos de perra! ¡No os atreveréis! -gritó Homer.

-Pronto lo vas a ver -replicó Pieterf-. Aquí, a tu lado, dejo este dispositivo. Es un emisor sin cable. En cuanto lo pises sabremos que estas dispuesto a contestar nuestras preguntas. Solo acudiremos si recibimos tu señal, así que ten cuidado de no apartarlo fuera del alcance de tus pies, pues ya no nos volverías a ver. Tiene batería para un mes, tiempo suficiente para que tomes una decisión. Más no necesitas: estarás muerto antes.

-Creo que estás siendo demasiado cruel -aseguró Margaret, tan pronto dejaron solo a Homer en su encierro.

-Este tipo no se merece miramiento alguno. No puedes ni imaginar las barbaridades que haría con nosotros si estuviera en nuestro lugar. Él, al menos, puede elegir el momento de acabar con sus problemas.