miércoles, 9 de julio de 2014

Capítulo XXVI


En el Red Lion, un lujoso antro nocturno donde se consumía alcohol, sexo y droga a partes iguales, el ambiente se hallaba en pleno apogeo, animado por el estridente sonar de una machacona música rítmica, el resplandor de las innumerables luces que iluminaban el local, el brillo de los reflectantes y multicolores decorados, y la circense exhibición de una variada gama de sensuales danzas, realizadas por strippers de prodigiosa anatomía. Se completaba la lujuriosa escenografía con el servicio de unas hermosas y bien dotadas camareras en topless, que serpenteaban por entre las abarrotadas mesas con ágil contorneo, moviendo sonrientes y desinhibidas su singular anatomía, ante la admiración y requiebros de la eufórica y alumbrada clientela.

Era éste uno de los ocho clubes nocturnos que Franky Rossano mantenía estratégicamente situados en la ciudad de N. Y. y el más rentable. Estaba ubicado en el Bronx, junto a Melrose, donde el malvado capo almacenaba el producto de todos sus negocios sucios en aquel distrito, usándolo como eventual depósito bancario.

Estos cuantiosos fondos eran enviados con regularidad hasta su cuartel general en Little Italy mediante correos fuertemente protegidos por miembros de la banda, armados hasta los dientes con un auténtico arsenal. Desde este siniestro cubil, una potente e inexpugnable fortaleza, defendida por un ejército de pistoleros y una tupida red de informadores, Rossano movía los hilos del crimen organizado en la mayor parte de la gran ciudad y ejercía su canallesca labor en otras muchas, situadas a lo largo de la Costa Este de los Estados Unidos. Al mismo tiempo, el fruto de sus fechorías afluía hasta aquel maligno lugar, de manera imparable, en forma de caudalosos ríos de dinero.

De repente, el tableteo ensordecedor de una ráfaga de metralleta barrió la acristalada barra del bar y acabó con la mayoría de las botellas que allí había, haciéndolas saltar en mil pedazos. El caos se apoderó del Red Lion y, en un instante, aquel bullicioso y despreocupado ambiente festivo se convirtió en un terrorífico tumulto de caídas, gritos y carreras.

Nuevas ráfagas de proyectiles, disparadas desde lugares desconocidos para los aterrorizados clientes, sobrevolaron sus cabezas, provocando que el desconcierto inicial se convirtiera en un auténtico maremágnum de agitación y pánico. Mientras tanto, los pistoleros del local intentaban desesperadamente imponerse a la confusión general, arma en mano, tratando de averiguar el origen del asalto para repelerlo.

Varios disparos fueron a impactar sobre la mesa que ocupaban cinco malencarados sujetos, que se apresuraron a buscar refugio entre las mesas y sofás más cercanos, mientras empuñaban sus armas y las apuntaban en todas direcciones, aprestándose a la defensa.

Pero en aquel tremendo desbarajuste, tampoco ellos conseguían apreciar de donde venían los disparos.

-¡Maldita sea! -grito uno de ellos- ¡Esto es una trampa de Rossano! ¡Tenemos que abrirnos paso a tiros hasta la salida!

Desde ese momento, se estableció un vivo intercambio de disparos entre los hombres del Red Lion y los pistoleros de la mesa atacada, produciéndose una nueva y formidable ensalada de tiros.

De pronto, cuando la situación comenzaba a tomar tintes de tragedia, todas las luces se apagaron. A pesar de que las detonaciones fueron espaciándose hasta llegar a cesar por completo, los gritos de la gente que, aterrada, buscaba desesperadamente la salida o era atropellada y pisoteada durante su alocada estampida, aumentó en intensidad y frecuencia hasta formar un ambiente infernal.

Cuando por fin, los hombres de Rossano lograron normalizar la situación del Red Lion, pleno de animado resplandor poco antes del ataque, un escenario desolador se presentó ante ellos. Mesas, sillas, platos, botellas y copas, junto a las más variadas prendas de los clientes, llenaban los suelos, esparcidos en completo desorden. Todavía algunos heridos yacían semiinconscientes sobre los damasquinados divanes o trataban de incorporarse del enmoquetado piso, aturdidos aun por los golpes y pateos recibidos en el tumulto.

-¡Cómo que habéis tenido un asalto! -gritó Rossano, a través del teléfono, al escuchar la noticia de lo sucedido en su club más querido por boca de uno de sus sicarios- ¡No, no! ¡No me digáis nada ahora! Marko va para allá con refuerzos. Explicadle lo que ha sucedido y limpiad bien todo aquello antes de que llegue la policía y encuentre lo que no debe.

Marko, uno de los lugartenientes de Rossano y el más siniestro y sanguinario de todos, entro en el Red Lion como una tromba, seguido por cuatro secuaces más.

-¡Qué demonios ha pasado aquí! -masculló el enviado de Rossano, encarándose a los hombres del Red Lion,

-Aun nos lo estamos preguntando -respondieron los matones del club, todavía desorientados-, pero algo ha tenido que ver en esto el capo Danny Grosseto. Cinco de sus hombres se hallaban en el local y, tan pronto sonaron las primeras detonaciones, se liaron a tiros con nosotros.

-Ese hijo de perra lleva tiempo tratando de meter su hocico en alguno de nuestros negocios. Estoy harto de decirle al jefe que debe cuidarse de este buey... Aunque esta vez se la ha buscado y lo pagará con creces.

-¿Pero, qué está haciendo Oscar? ¿Por dónde anda? -preguntó Marko, extrañado de que el encargado del club no se hubiera presentado ante él para darle a conocer los detalles del ataque.

-Lo siento Marko, pero Oscar ha desaparecido -respondió el sicario que parecía llevar la voz cantante- Poco antes de que comenzaran los tiros, subió al despacho y ya no lo volvimos a ver.

-¡Diablos! ¿Habéis mirado bien? No estará entre los heridos ¿eh?

Ante la negativa del hombre, subieron al despacho de Oscar. No había nadie. Una silla caída en el suelo, junto a varios papeles y carpetas, además de cierto desorden sobre la mesa, indicaban que allí había tenido lugar algún tipo de altercado.

Marko ordenó registrar el club de arriba abajo, hasta el último rincón del edificio. En un pequeño cuarto, destinado a archivo, apareció por fin el encargado, amordazado y atado de pies y manos como el arco de una morcilla calabresa. En su frente lucía un enorme chichón azulado del que manaba un hilillo de fluido sanguinolento que recorría su cara resbalando por su enrojecida nariz.

-¡Por todos los demonios! ¿Quién te ha hecho esto? -Exclamó Marko.

-Nadie -contestó abatido Oscar.

-¡Cómo que nadie! ¡Qué joder está pasando aquí! ¿Se te ha ido la bola o qué? -gritó Marko exasperado- ¡Explícate de una jodida vez!

-Te digo que nadie. Estaba preparando el envío de fondos de la semana cuando empezaron a ocurrir cosas muy raras. No había nadie en el despacho y, de pronto, esa pared de allí enfrente se movió. Me levanté asustado y, al mismo tiempo que esta silla caía al suelo, recibí un golpe en la frente que me dejó semiinconsciente. Casi sin conocimiento, noté que me ataban, pero allí seguía sin haber nadie.

-¡Me cago en tu alma, Oscar! ¿Qué historia me estás contando?

-Te juro por Nuestra Señora de la Falconara, que todo sucedió tal como te lo estoy diciendo. Y te digo más: lo que ha pasado me lo estaba temiendo desde que mandasteis al otro mundo a aquel soplón, en este mismo lugar, por meter la mano donde no debía. No se puede vivir en sitios donde has matado. Te arriesgas a sufrir la venganza de su espíritu errante. ¡Mirad, la caja está vacía y falta todo el dinero! ¡Esa es su venganza!

-¡Joder, joder, joder! ¿Te imaginas qué va a decir Rossano cuando le cuentes esta historia? ¡La madre que te parió! No va a quedar títere con cabeza. ¿Has oído hablar de algún fantasma que ate a la gente y se lleve la pasta?

domingo, 29 de junio de 2014

Capítulo XXV


Bob Bryan debatía en su interior la conveniencia de aceptar los métodos de Pieterf o de mantener firme su recta conciencia rechazándolos. En cierto modo, el ex-agente tenía razón: No había en el plan de Pietref acciones activas de tortura y era bien cierto que el cese de la incomodidad del detenido dependía de su propia voluntad. Sin embargo, algo en su interior le obligaba a permanecer siempre con una cierta reserva ante Pieterf y sus acciones.

-Me gustaría saber qué pretendes con todo esto -dijo Bob, encarándose al ex-agente.

-Mira, no te voy a engañar. En primer lugar quiero librarme de la acusación de asesinato del uniformado. No puedo estar huyendo toda la vida de la Policía. Necesito que este pájaro cante para reunir pruebas exculpatorias.

-¿Y estás seguro de que este hombre está al corriente del asunto?

-Absolutamente. Aparece en el reportaje realizado en el lugar del crimen. Si no fue él quien realizó los disparos, fueron sus hombres. No hay duda.

-Además -continuó Pieterf-, este hombre conoce todos los entresijos delictivos del SSD. A través de él podremos conocer quién mato a William y también, con toda seguridad, quién ordenó su muerte y por qué.

-Bien, esto está hecho y ya no hay vuelta atrás -terció Margaret- Pero, ¿estás dispuesto a dejarle morir de inanición si no habla?

-No te preocupes, hablará mucho antes de que eso suceda. No ha de pasar una semana sin que me aviséis de que ha decidido hablar. Seguro que habría aguantado el dolor de una tortura, por violenta que fuera, solo por orgullo y tozudez, pero ahora está a solas con su pensamiento que le está machacando la voluntad, introduciendo en él, minuto a minuto y hora tras hora, la duda de si merece la pena ceder su vida a cambio de mantenerse fiel a un jefe, que quizás aborrezca.

Con pocas palabras más, se cerró el debate abierto por Bob. Pieterf se despidió y al estrechar la mano con Margaret, sucedió algo singular. Ésta sintió una especie de escalofrío o estremecimiento que recorrió todo su cuerpo. Era la primera vez que se daban la mano y su contacto le había traído sensaciones que no había sentido desde la muerte de William.

Algo especial notó Bob en el cálido saludo y, sobre todo, en el rubor que encendió las mejillas de Margaret, porque, en cuanto salió Pieterf, musitó:

-Hay algo que no me gusta en este hombre.

-Pero, Bob ¿todavía sigues desconfiando de él?

-Llámame agua fiestas si quieres, pero te digo que esta clase de gente no es de fiar. Quién te asegura que Pieterf no esté jugando con nosotros, para usarnos, en un momento dado, como moneda de cambio ante sus antiguos y canallescos jefes, y conseguir así su dispensa.

-No puedo creer que pienses eso en serio...No estarás celoso ¿eh?

-¡Dios mío! ¡Estás celoso! -exclamó con alegre sorpresa Margaret, al ver el gesto evasivo de Bob, que no pudo evitar desviar la mirada ante su trivial pregunta, hecha sin el menor asomo de malicia. En seguida, fue hacia él y le rodeó con sus brazos, en un cariñoso gesto, tratando de mostrarle el mucho afecto que le tenía.

-Pero hombre Bob, tu sabes que eres mi amigo del alma. Nada ni nadie podrá con nuestra amistad. Vamos, alegra esa cara y prepárate un trago, que te voy a cocinar la mejor cena que hayas probado en muchos días.

Con una agradable velada entre los dos amigos, terminó aquel convulso día.

En España, la vida se le complicaba a Rodríguez. Había recibido una llamada urgente del comisario Casado y en ella le adelantó que había problemas con el informe de su actuación en Estados Unidos.

-¡Pero qué leches pasa con mi informe, jefe! -exclamó Rodríguez, bastante alterado, tan pronto llegó al despacho del comisario- Todo estaba bien documentado, con muchos papeles originales y copias de asientos, órdenes de pago y movimientos de cuentas. Vd. lo vio, comisario: había allí tela marinera.

-Parece, por lo poco que me han dicho, que en la Fiscalía General quieren saber cómo se obtuvieron esos datos y necesitan el testimonio de la señora Fuster y la autentificación de algunos otros documentos por la Fiscalía americana o, al menos, por la Policía de Nueva York.

-¡Me cagüen la leche! ¿De dónde sacan a esa mujer? Yo le prometí que quedaría al margen y ni siquiera la he nombrado en el informe. Además, ¿qué coños hay que autentificar? Están allí bien puestos los nombres de los Bancos, agentes y oficinas de negocio, además de nombres, firmas y direcciones. Solo tienen que verificar los datos de la documentación.

-No te hagas mala sangre Rodríguez. Esto es algo que se veía venir. En esos papeles aparecen nombres de aforados, financieros de renombre y gente con mucho poder económico y político. El caso es que he recibido una citación de la Fiscalía General para que vayas allí, mañana mismo, a declarar. Dedica todo el día de hoy a revisar tu declaración y a estudiar bien las respuestas que debes dar a los puntos más delicados.

Rodríguez pasó un día de perros. En su cabeza bullía un torbellino de ideas encontradas. Todo el orgullo y ufana satisfacción obtenidos en la brillante resolución de lo que él calificaba como el caso de su vida, estaba en vías de esfumarse y, en su lugar, aparecía el fantasma del descrédito y de la reprobación. Seguro que aquella condenada llamada de la Fiscalía General no auguraba cosa buena.

Así fue. Al día siguiente, Rodríguez regresó de la sesión declaratoria  herido en lo más hondo de su amor propio y, sobre todo, en su orgullo profesional.

-¿Cómo ha ido la cosa? -preguntó el comisario inquieto, al ver llegar a su agente con muy mala cara.

-Muy mal, jefe. Me han tratado como al peor de los delincuentes. El Teniente Fiscal Inspector y tres de sus secuaces me han acribillado a preguntas de lo más estúpido e impertinente. Se diría que les importaba un pito la materia delictiva de la documentación y que solo les interesaba saber cómo la había obtenido. Al cabo de un par de horas de continuo interrogatorio me han pillado en un par de renuncios, que les ha servido para insinuar que todo aquello era un complot urdido por algún grupo político, en el que yo tenía arte y parte.

-¡No me lo puedo creer! -exclamó el comisario, indignado.

-Pues créalo, jefe. Mucho me temo que van a considerar ilegal la obtención de las pruebas. Como mucho investigarán aquellos casos que no les den quebraderos de cabeza para cubrir el expediente. De hecho, han emitido una orden internacional de búsqueda de la Sra. Márgara Fuster. Claro que van listos si esperan encontrarla.

-Y a ti, qué te han dicho.

-Ah, sobre mí han dicho que ya tendré noticias. Pero les va a salir un grano. Esta gente no me vuelve a tocar las pelotas. Aquí tiene mi credencial, la placa, el arma y mi renuncia escrita. Me voy.

-¡Pero hombre, Rodríguez, cálmese y no tome una decisión en caliente de la que pueda arrepentirse más tarde! Yo hablaré con la Dirección General y seguro que encontraremos el modo de protegerle de cualquier intento de implicación.

-Que no, coño, que no aguanto yo esta desvergüenza. Y lo siento por Vd. que me cae muy bien, de verdad, pero me han destrozado un trabajo excelente y no voy a tolerar que esto se vuelva a repetir.

Fue así como Rodríguez, un peculiar pero valioso agente, dejó el cuerpo.  

viernes, 27 de junio de 2014

Capítulo XXIV


Tenía la mirada fija en la puerta del Candy y, como siempre que se hallaba al acecho de alguna captura, nada ni nadie lograría evitar que la apartara de ella. Ni siquiera sus propios pensamientos, que trabajaban a toda máquina, calculando los pasos que debería dar tras echar mano a su presa. El general le había ordenado eliminar a Bryan, pero él había imaginado otro plan mucho más práctico y conveniente. Acabaría con él, sí, pero después de obligarle a cantar dónde se ocultaba la tal Margaret.

Más que nunca, deseaba Homer ejecutar aquella misión de un modo impecable, sin dejar ningún hilo suelto ni daño colateral alguno, que pudieran ocasionar cualquier clase de complicación posterior. Así podría arrojárselo a la cara del general y demostrarle aquello que, al parecer, tanto le costaba advertir: que era él, Homer, su mejor hombre en el departamento.

Con toda su atención puesta en el frecuente movimiento de entrada o salida de los clientes en el pequeño restaurante, no pudo reparar en la llegada de un viejo que se acercó hasta la parte posterior de su coche, caminando con cierta dificultad. Cuando alcanzó a verle era ya demasiado tarde: estaba sentado en uno de los asientos traseros y mantenía una pistola apretada contra su cuello. En un instante, el aparente achacoso anciano había abierto la puerta trasera del automóvil, se había colado dentro y le encañonaba con una potente arma automática.

-¡Qué diablos...! -fue lo único que acertó a decir el desorientado Homer.

-Tranquilo. Calma. Ni pestañees si quieres seguir vivo. -aconsejó el hombre.

-Me parece que no sabes en donde te estás metiendo -advirtió a su vez Homer que había logrado ya reponer el control de sus acerados nervios.

-Sí, querido Homer, lo sé: en un nido de víboras. Pero a ti se te acabó el veneno. Ordena cancelar de inmediato el operativo.

-¿Y si me niego?

-¡Qué tontería! -respondió su captor con una carcajada- Te mato y aquí te quedas. ¡Venga, no perdamos tiempo y acaba con esta historia!

Convencido de que la cosa iba en serio, Homer tomó el micro y ordenó a sus hombres que abandonaran sus posiciones y regresaran a la base, justificando la nueva disposición por un cambio de órdenes del mando. Él continuaría con la vigilancia del objetivo y reportaría más tarde.

-Bien, ahora arranca y conduce despacio, sin intentar tonterías ni cometer la más mínima infracción de tráfico. Te va la vida en ello.

El falso anciano obligó a Homer a conducir hasta una zona apartada de Ward Island y allí, después de cerciorarse de que ningún testigo podía presenciar la escena, ató y amordazó a su cautivo y le forzó a introducirse en el maletero.

Hecho esto, hizo una llamada desde una cabina cercana.

-Hola Margaret, soy Pieterf.

-Sí, mira: tengo un prisionero y necesito un lugar seguro donde pueda interrogarle -dijo Pieterf, y a continuación le refirió lo sucedido con Homer y sus hombres.

-Sí, sí, perfecto. Habla con Bryan y os espero aquí, en la explanada del Icahn Stadium, junto al río.

Una hora escasa más tarde, se presentó Margaret al volante de un potente 4+4 europeo. Había tenido que vencer la firme negativa de Bob para permitir el traslado de Pieterf y su prisionero hasta su refugio actual. Hubo una larga discusión entre ambos, pero por fin, Bryan tuvo que ceder  ante la tenaz defensa que Margaret hizo de Pietref.

-No me cabe la menor duda -argumentó Margaret-, Pieterf está con nosotros. Si hubiera querido perjudicarnos ya lo habría hecho. Tiempo, lugar y ocasiones ha tenido de sobra. Además, si todavía no estás convencido, recuerda que me salvó la vida y se lo debo.

Así pues, trasladaron a Homer hasta el maletero del otro coche y se dirigieron hacia el formidable refugio de Bryan en Hempstead. Ya en el garaje, colocaron una capucha cubriendo la cabeza de Homer y se encaminaron a una pequeña estancia blindada en la bodega de la casa.

Todo sucedió con la inesperada celeridad de un relámpago. Abría el silencioso cortejo Margaret y, detrás de ella, caminaba el encapuchado Homer guiado por Pieterf. De pronto, al iniciar la bajada de una escalera, Homer agarró a Pieterf y lo lanzó hacia delante contra Margaret mediante una perfecta maniobra Ippon de judo. Ambos amigos rodaron por la escalera hasta quedar maltrechos al final de ella. Se había producido un exceso de confianza impropio del ex-agente al no comprobar las ataduras de su cautivo. Este había conseguido desatarse durante el traslado y había simulado continuar maniatado a la espera del momento más adecuado para realizar su ataque.

Homer se vio libre. Se quitó la capucha y corrió por la estancia en busca de la salida. Poco duró su intento. Apenas llegaba a la mitad de aquella habitación cuando sintió como si chocara contra un invisible muro. Algo golpeó con fuerza su pecho. Otro golpe en la cabeza le dejó sin sentido.

Cuando Margaret y Pieterf lograron reponerse y corrieron tras el fugitivo, pistola en mano, lo hallaron tendido en el centro de la habitación, con una herida sangrante en la frente, sin conocimiento y nadie más en ella.

-¡My God! -exclamó Pietref desorientado-. ¿Qué diablos ha pasado aquí?

Margaret intuyó de inmediato lo sucedido y preguntó en voz alta:

-¿Eres tú, Bob?

Una voz cercana contestó:

-Sí, soy yo. En un momento me reúno con vosotros.

No hacía falta más explicación para Margaret: Bob les había seguido desde que entraron en la casa. Vigiló sus movimientos enfundado en el equipo de ocultación y, cuando escapó Homer, le interceptó con dos fuertes golpes, impidiendo así su fuga.

Bajaron al prisionero hasta un pequeño cuarto, anexo a la zona de supervivencia, todavía sin sentido. Después de reanimarle y practicarle una somera cura, Pieterf decidió atarle las muñecas a una viga del techo, de manera que estuviera obligado a mantenerse siempre de pie.

-Si creéis que dándome tortura vais a sacarme alguna información, estáis completamente equivocados. No lo conseguiréis -advirtió Homer, cuyo rostro se había hecho pétreo y su mirada fría como el hielo-. Estamos entrenados para resistir cualquier tipo de maltrato.

-No, querido, no. Nadie te va a tocar -se apresuró a contradecirle Pieterf- Te vas a quedar aquí, tal como estás, sin luz, comida ni bebida, hasta que decidas colaborar. ¡Ah! Y lo que tengas que hacer tendrás que hacértelo encima.  Nosotros no tenemos ninguna prisa, veamos cuanta tienes tú.

-¡Cabrones, hijos de perra! ¡No os atreveréis! -gritó Homer.

-Pronto lo vas a ver -replicó Pieterf-. Aquí, a tu lado, dejo este dispositivo. Es un emisor sin cable. En cuanto lo pises sabremos que estas dispuesto a contestar nuestras preguntas. Solo acudiremos si recibimos tu señal, así que ten cuidado de no apartarlo fuera del alcance de tus pies, pues ya no nos volverías a ver. Tiene batería para un mes, tiempo suficiente para que tomes una decisión. Más no necesitas: estarás muerto antes.

-Creo que estás siendo demasiado cruel -aseguró Margaret, tan pronto dejaron solo a Homer en su encierro.

-Este tipo no se merece miramiento alguno. No puedes ni imaginar las barbaridades que haría con nosotros si estuviera en nuestro lugar. Él, al menos, puede elegir el momento de acabar con sus problemas.

martes, 3 de junio de 2014

Capítulo XXIII


El general O´Connell caminaba a grandes pasos a lo largo de su amplio despacho de la sede neoyorquina del SSD, situada en un antiguo edificio de Grymes Hill en Staten Island. Se hallaba tan enfurecido que cualquier testigo que contemplara la escena no dudaría en comparar su actitud con la de una fiera enjaulada.

Sin embargo, Homer le miraba con indiferencia y, seguramente, con un cierto desprecio, aunque ninguna emoción dejaba traslucir su pétreo e impenetrable rostro No podía comprender cómo, su jefe inmediato, un hombre de su categoría y posición de mando, podía perder los estribos de una manera tan escandalosa y notoria. No había razón ni motivo.

-Mire general -trató de calmarle Homer, hablándole con su habitual tono frío e inexpresivo-, la trampa sobre Pieterf está tendida. Toda la policía del Estado va tras sus huellas con ánimo de vengar la muerte de uno de los suyos. Solo nos queda esperar hasta que caiga en ella y nos sirvan su cadáver en bandeja. En cuanto al asunto de la Foster, no tiene por qué preocuparse. Sabemos que Bob Bryan se mueve, con demasiada frecuencia, por Long Island. Esto nos indica que ella no debe andar muy lejos. El cerco se va estrechando y no ha de tardar demasiado en caer en nuestras manos.

-¡Qué no tengo que preocuparme! -gritó O´Connell, al que la sangre fría del imperturbable Homer tenía la virtud de crisparle los nervios- ¡Qué no me preocupe, dice! Qué mierda de cerco es ese, que cuando descubrimos el refugio de esa mujer y vamos a eliminarla, lo hallamos vacío y con  evidentes señales de haber sido abandonado precipitadamente. ¿No se da cuenta, insensato, que tenemos un topo en el departamento?

Homer no dijo nada. Concedió un mínimo gesto en su cara y hombros, más por la invectiva, que no estaba acostumbrado a tolerar, que por el acalorado discurso del general. Bien poco le importaba. Así que esperó en silencio y sin pestañear el ruidoso desahogo de su jefe.

-Desde este momento, todo el personal del departamento está bajo sospecha. Ponga en marcha el protocolo de investigación interna y ocúpese de inmediato de eliminar a Bryan.

-Disculpe general, pero creo que no es buena idea acabar con Bryan. Necesitamos mantenerle con vida hasta que nos conduzca al paradero de la Foster.

-¡No, joder, no! ¡Lo que necesitamos es aislar a la jodida viuda! -voceó O´Connell fuera de sí- ¿No se da cuenta de que sin Bryan y sus contactos, esta mujer no es nadie? ¿Pero no ve que tuvo que ser él quien recibió el soplo de nuestro topo  ¡Haga lo que le ordeno y hágalo cuanto antes!

Homer dejó el despacho del general de muy mal humor. Había servido siempre a su jefe con la fidelidad de un perro guardián, cubriéndole las espaldas y librándole de enemigos, inconveniencias y conflictos. ¿Y qué había recibido a cambio? Nada. Apenas el ser tratado como un auténtico perro. ¿A cuántos había despachado hacia el otro barrio para cumplir las órdenes de O´Connell? Hace tiempo que había perdido la cuenta. Sin embargo, el general recibía ascensos y laureles, mientras él solo migajas y un trato de siervo. De algún modo, esta situación tenía que cambiar.

Ensimismado en estos pensamientos, Homer traspasó la enrejada puerta de la verja que rodeaba a la sede del SSD, al tiempo que encendía un cigarrillo. Como casi todos los antiguos edificios de aquella parte de la isla no disponía de garaje en el sótano y había que aparcar los coches fuera, en la calle, salvo tres plazas, habilitadas sobre el estrecho recinto ajardinado, reservadas para los jefazos y otras dos más para las visitas.

Se disponía a ir en busca de su coche, cuando un agente llegó a la carrera y se situó ante él.

-¡Las cámaras del Carey Tunnel han localizado a Bryan cruzándolo con dirección a Manhattan!

-¡Rápido, vamos a por él! ¿De cuantos hombres disponemos? -preguntó Homer- ¿Quién le sigue?

-Un helicóptero vigila los movimientos de su vehículo y nos indica su posición en todo momento. Además, un coche con tres hombres ya han salido tras él y le siguen a distancia -indicó el agente.

-Bien. Ya es nuestro. Vamos tú y yo a sumarnos a la fiesta.

Ninguno de los dos hombres había reparado en un viejo que vendía hot-dogs en un pequeño puesto portátil, a unos pocos metros de donde ellos  urdían el plan de acoso a Bryan. Hicieron mal, porque en cuanto los agentes montaron en el coche de Homer, aquel viejo de frágil aspecto cerró el chiringuito con calma pero sin desperdiciar un segundo y saltó sobre una potente motocicleta. Con la misma aparente parsimonia, arrancó la máquina y tomó la dirección que había seguido Homer. Nadie diría que había salido en su persecución.  

Homer y el otro agente partieron a toda velocidad en el coche del primero, en dirección al puente Verrazano-Narrows por el que llegar a Brooklyn. Encaraban ya el túnel Hugh Carey que conduce a Manhattan, cuando la emisora de radio comenzó a gruñir transmitiendo las ásperas y agitadas voces de los agentes del otro automóvil, que daban detalles sobre la situación del vehículo de Bryan.

-Nos comunica el helicóptero que el objetivo ha hecho varias maniobras de diversión por Little Italy, Flatiron y Garment. Ahora mismo está atravesando Central Park por la 97th. Hacia allí nos dirigimos.

-Está bien -aprobó Homer-, nosotros os seguimos. Tened cuidado y no os dejéis ver. Pero, sobre todo, advertid al helicóptero que no lo pierda y que vuele con precaución para no descubrirse.

-Este no se nos escapa -masculló entre dientes el siniestro Homer.

Al poco tiempo, la radio volvió a sonar tras un breve carraspeo:

-Atención Homer. El objetivo ha estacionado su vehículo en la E83rd Street y ha entrado en un café-restaurante situado en la esquina con Lexington Avenue.

Sin percatarse de lo que se tramaba a su alrededor, Bryan, tras asegurarse de que no era seguido mediante las preceptivas maniobras contra vigilancia, se disponía a consumir, confiado,  un breve almuerzo en Lexington Candy Shop, un pequeño, modesto pero histórico restaurante de cocina tradicional americana, en el Upper East Side.

Solía Bryan frecuentar este simpático establecimiento, que su propietario Rob dirigía con acierto, calidad de servicio, amena charla y precios ajustados. Tomó asiento en su habitual mesa, situada bajo un gran reloj rojo, anuncio de Coca Cola, con un retrato de Dona Red y otro de Woody Allen a su izquierda. En realidad, las paredes estaban cubiertas por completo con fotos de clientes famosos, estampas neoyorquinas, algunos posters y otras variadas curiosidades.

Mientras esperaba su acostumbrado menú, una ensalada de frutas y un Hamburguer Platter, junto a un exquisito Jerk como bebida, todo ello especialidad de Rob, Bryan paladeaba un Ricky de lima y gin, al tiempo que se distraía revisando el pequeño local y vigilaba su entrada situada frente a él. Poco había que revisar: diez taburetes giratorios en la alargada barra, cinco mesas enfrente de ella, adosadas en la pared, y cuatro más, formando una ele, en donde se hallaba sentado Bryan.

En la calle, Homer y su gente habían tomado posiciones en las dos calles que formaban la dos fachadas del Candy.

-Haréis la detención en cuanto salga del local. Yo acercaré el coche y lo meteremos dentro. Todo debe hacerse con la mayor rapidez -dijo Homer.

Desde el interior de su automóvil, aparcado a unos 30 metros de la entrada de Candy, situada ésta justo en la esquina de Lexington Av. con E83rd St, Homer acechaba la salida de Bryan como el jaguar vigila a su presa.    

miércoles, 23 de abril de 2014

Capítulo XXII


-No te asustes, soy yo -dijo Pieterf, ante el gesto alarmado de Margaret.

-¡Dios mío! -exclamó Margaret- ¿Eres tú Pieterf? ¡Madre mía! Ni la tuya propia te reconocería.

-Me alegra oírtelo decir. Pero, por favor, hazle un gesto a Bryan, que me está apuntando con su arma desde aquella tumba. No vaya a disparar.

Margaret siguió las instrucciones de Pieterf y Bob se reunió con ellos.

-Hemos visto las noticias en el canal 27 -informó Bob- Esos canallas te han montado una buena, pero no te preocupes, no te vamos a dejar en la estacada. Te vamos a cubrir y juntos acabaremos con ellos.

-Cierto -añadió Margaret- Bob ya tiene preparado un buen refugio para ti. Por mucho que busquen no te encontrarán.

-¡Ja, ja, ja! -rio con ganas Pieterf- Gracias por vuestro ofrecimiento pero no me preocupa esa pandilla de idiotas. Si serán burros, que uno de los falsos testigos que aparecen en el reportaje de TV era Homer, la mano derecha del Coronel O´Connell. Tengo buenos refugios donde ocultarme. Además  me sobra  habilidad para disfrazarme y la suficiente astucia como para moverme sin ser detectado. Lo que han hecho, en realidad, es aumentar la deuda que tienen conmigo.

-Y conmigo -asintió Margaret- Y te aseguro que no descansaré hasta cobrármela. Pero entonces...¿en qué podemos ayudarte?

-Sí, veréis. Necesito que me prestéis algún dinero. Mis reservas se están agotando y no puedo acercarme a ningún banco.

-Hecho -afirmó Margaret- En eso no hay problema. Ahora dinos qué podemos hacer y qué planes tienes para dar la batalla a esos miserables.

-Durante la semana próxima no me volveréis a ver. Voy a actualizar mis datos sobre la agencia, hablar con alguno de mis antiguos contactos y a planear nuestras primeras operaciones...aunque debo advertiros que estoy acostumbrado a trabajar solo. De cualquier forma, yo os llamaré desde un teléfono seguro.

-Siempre hay ocasiones en las que tres son mejor que uno -aseguró Bob- No lo olvides.

Después de esta conversación, los tres, ahora ya amigos, se despidieron, dejando el lugar de la cita con distintos rumbos y propósitos.

Mientras, en Madrid, Rodríguez hacía su entrada triunfal en la comisaría de Fuencarral, en la calle El  Mirador de la Reina. Conforme avanzaba por sus pasillos, en dirección al despacho del comisario Casado, iba aceptando los saludos de sus colegas, hinchado como un pavo.

-¡Coño, esto es dinamita pura! -Exclamo el comisario, tras revisar la documentación aportada por Rodríguez y una vez agotados los saludos y las interminables anécdotas del viaje de su locuaz agente- ¡Excelente servicio!

-Ya se lo dije, jefe -confirmó, feliz, Rodríguez y añadió entusiasmado- Aquí hay tela marinera. ¡Venga, comisario, que ya podemos empezar a enchiquerar gente a toda leche!

-Despacio, Rodríguez. Calma que hay mucho trabajo por hacer. De momento, se me va a sentar en su mesa y no va a levantar el trasero hasta que no termine su informe. Y lo quiero con pelos y señales. Después añadiré el mío y juntos irán a la Dirección General, porque la gravedad del asunto, al estar implicados varios mandamases de la política, así lo exige. De allí, el caso pasará a la fiscalía anticorrupción y más tarde al juez instructor que procederá como deba. Así que, ni tu ni yo vamos a enchiquerar a nadie.

-¡Coño, claro! Así ocurre que, con tanta leche, cuando vamos, por fin, a trincar a los golfantes, la mitad de ellos, se han escabullido. En América son unos cansos en la investigación, pero en cuanto consiguen pruebas, no pierden ni un segundo: agarran a los tíos y los meten en la trena. Luego, ya tranquilos, dejan que la máquina ruede todo lo lenta que quiera.      

España flotaba aquel sábado en un perezoso vacío informativo. Culminaba la Semana Santa y buena parte del país y todos sus políticos se habían zambullido con entusiasmo en cuatro días de “dolce far niente”. Cataluña, también de vacaciones, había reducido a cero sus decibelios soberanistas y la prensa había dado suelta temporal a sus periodistas significados, dejando el relleno de sus ahora menguadas páginas en manos becarias. Los grifos de las agencias apenas goteaban noticias de una Ucrania en prolongado equilibrio inestable y ante la escasez informativa focalizaban su atención en las palabras y gestos diarios del Papa Francisco.  Los redactores de guardia removían una  y otra vez el chocolate Gabriel García Márquez, buscando en Internet, con desesperanzada desgana, algún rincón de su vida que aun nadie hubiera comentado, una misión imposible.

Con tal calma chicha no es de extrañar que Televisión Española, que también andaba buscando un pelo verde en la pulida cabeza de un calvo, se hiciera eco de una noticia intrascendente y dedicara más de un minuto del telediario del mediodía a comentar la truculenta muerte en Nueva York de un policía y dos destacados mafiosos, a manos de un misterioso y turbio personaje del que proyectaron varias imágenes de archivo. La noticia no tenía interés en España y no digamos en los pueblos perdidos entre las altos picos del Altoaragón pero, como bisutería de relleno, valía.

En la parte más alta de Laspuña, existe un pequeño bar; un modesto salón, pintado de blanco, una barra y media docena de mesas componen su interior. Fuera tiene una grata terraza , también blanca, protegida por el verde de una frondosa parra que oculta cuatro mesas y sus sillas. Buen sitio para tomar algo bien frío en los mediodías caniculares del corto verano y hablar a la fresca cuando anochece. El salón interior se presta tanto a la partida de mus invernal como a las largas parrafadas de improvisadas tertulias. Hay una tele siempre encendida que nadie mira.

Hay una excepción. A las tres de la tarde rara vez hay clientes –es la hora de comer- y Matilde, la dueña, una mujer joven, acodada detrás de la barra, sí mira la televisión con el mismo solitario aburrimiento de un gato deslumbrado por los faros de un automóvil en la noche.

Y es en esa penumbra de las tres, donde Pietref se asoma a la pantalla Samsung, despertando de golpe a Matilde y protagonizando su retorno digital a Laspuña.

-¡Lo he visto!. ¡Es él, segurísimo que es él! –Matilde casi grita de lo excitada que está- ¡Y es un asesino, un mafioso de película! ¿Cuánto hace que no está en el Hostal?

“La Sidora” con motivo de la Semana Santa tiene el restaurante lleno y Cristina se ve en la necesidad de atajar la histeria verbal de Matilde.

-Mati, tenemos hoy mucha gente y te tengo que dejar. Te llamaré a las cinco. Lo que dices resulta increíble. Tranquilízate.

Y, con prisa, sigue atendiendo a los clientes pero con la cabeza puesta en aquel hombre que dicen llamarse Pietref.

A las cuatro y media ya está recogido el comedor. Sale fuera, se sitúa tras una elevada barra en desuso y se acomoda en su taburete preferido. Con habilidad consulta en su IPad las grabaciones de los Noticiarios de RTVE y no tarda en tropezar con lo que busca. Repite varias veces su proyección, aunque sabe ya que no es necesario. No hay duda, ¡es su buen y simpático cliente holandés, heer Van Dijten!

A las 10 de la noche las ondas concéntricas del boca-oído han llegado ya al último rincón de Laspuña. Después de la cena en cada casa confeccionan una novela diferente.

 

jueves, 17 de abril de 2014

Capítulo XXI


-¡Señor, hemos encontrado un rastro de Margaret Foster! -un agitado agente irrumpió en el despacho del general O´Connell, Director en jefe del SSD, Departamento de Servicios Especiales de la defensa.

-¿Qué se sabe? -preguntó el general

-Hemos localizado su refugio en Long Island.

-Bien, enviad dos equipos allí -ordenó el general- Quiero un trabajo limpio: Una explosión de gas o un incendio con ella dentro. Deben asegurarse de que no queda ni la más mínima traza de esta mujer. Hay que evitar que sus restos puedan utilizarse en un análisis de ADN.

El agente salió del despacho con la misma precipitación con la que entró. Inmediatamente después, el coronel tomó uno de los teléfonos que había sobre su voluminosa, aunque austera, mesa escritorio y marcó un número.

-O´Connell al habla. Preséntese de inmediato en mi despacho -ordenó el coronel con voz imperiosa y seca, sin ningún interés por disimular el enfado que le embargaba.

-Dígame ¿Qué hay de Pieterf? -espetó O´Connell a su subordinado, tan pronto cruzó la puerta de su despacho- ¡Cómo es posible que, después de una semana de búsqueda, no hayan sido capaces de encontrar ningún rastro de ese hombre!

-Lo siento, señor. No es tarea fácil -contestó el interpelado, un hombre de aspecto duro, incapaz, al menos en apariencia, de amilanarse delante de su jefe ni de nadie- Pieterf ha sido uno de nuestros agentes más hábiles y los años le han proporcionado una gran experiencia. Además, no puedo contar con todo el personal, sin exponer la misión a fisuras en las comunicaciones. Sus muchos años de servicio en la organización le han grajeado bastante simpatía, amistad e incluso admiración, en especial, entre los agentes más antiguos.

-No quiero excusas sino resultados. Explíqueme la situación actual de la misión y las acciones que tiene previstas realizar para finalizarla.

-Todos los medios de detección están operativos en estaciones de ferrocarril, autobuses, autopistas, gasolineras, aeropuertos y puertos marítimos -contestó impasible el agente Homer, sin que la exigencia de su jefe le hiciera mover el menor músculo de su pétrea cara. Además se analizan las rutinas habituales en hoteles, alquileres de coches, bancos, metro y restaurantes. Pieterf no va a poder abandonar New York sin nuestro conocimiento y tarde o temprano caerá en nuestras manos.

-¡No es suficiente! -casi gritó O´Connell, crispado por la flema de su agente- Este hombre pertenece todavía a la nómina de la Agencia. Hay que cargarle un muerto antes de acabar con él. Lo más adecuado sería un policía metropolitano...o un hampón. O, por qué no, los dos. Así se vería acosado por todos lados. Ocúpese de organizarlo de inmediato.

Cuando el agente Homer dejó el despacho, O´Connell quedó pensativo. Aquel hijo de perra de Pieterf podía hacerle mucho daño, tanto de forma directa, enviándole a la cárcel, como indirecta, si sus socios en las altas esferas llegaban a saber que todavía quedaba este hilo suelto.

-¡Maldito despojo! -pensó- Pero no, no lo va a conseguir. No he llegado hasta aquí, para que un mierda cualquiera eche por tierra una obra de tantos años. Acabaré con él, del mismo modo que lo hice con tantos otros, que tuvieron la estupidez de interponerse en mi camino.

Solo dos días después, Margaret y Bob escucharon una alarmante noticia, trasmitida por una de las emisoras locales de radio.

-¡No es posible! -exclamó Bob- ¡Rápido, pon el canal 27 que estarán a punto de dar el telediario con la actualidad de New York!

Pocos minutos más tarde, los dos amigos recibían, a través del televisor, la ampliación de la noticia, comentada por el presentador del programa y los reporteros desplazados hasta el lugar de los hechos, que se había llenado de cámaras.

En ese lugar, situado entre el SoHo y Little Italy, se había producido un tiroteo, con el resultado de un capo de la droga muerto, junto a uno de sus guardaespaldas. En la refriega, también había fallecido un policía uniformado, mientras que su compañero había quedado herido. Ambos, que hacían su ronda callejera por el barrio, habían acudido al lugar del enfrentamiento, atraídos por el estruendo de los disparos.

Varios testigos habían identificado al presunto asesino, señalando a un antiguo agente, metido al parecer en asuntos de drogas. Su fotografía y nombre, Ferdinand Pieterf, aparecía llenando la pantalla. Un portavoz de la policía indicaba que se trataba de un individuo muy peligroso, que iba fuertemente armado. Reclamaba prudencia, solicitaba la colaboración ciudadana, daba varios teléfonos de contacto e indicaba que la fotografía del sospechoso había sido profusamente distribuida por toda la ciudad.

-¡No es posible! -exclamó Margaret.

-Por desgracia, lo es. -afirmó Bob- Le han tendido una trampa. Seguro.  No me queda la menor duda de que en esto está latente la mano negra del SSD. Estos canallas han puesto a Pieterf en una situación desesperada.

-Tenemos que ayudarle -se apresuró a sugerir Margaret- Le daremos cobijo aquí hasta que el asunto pierda actualidad.

-No, no podemos. Este ha de ser nuestro cuartel general y solo tú y yo debemos conocerlo. Pero no te preocupes, yo le encontraré un buen refugio hasta que pase la polvareda que ha levantado el caso y pueda moverse sin peligro -replicó de nuevo Bob- ¿Cómo quedasteis para conectaros?

-Acordamos que él llamaría desde un teléfono seguro. ¿Pero qué pega hay en que Pieterf venga a esta casa? ¿No es nuestro aliado? Si vamos a tener que trabajar unidos, no es lógico y hasta conveniente que estemos aquí juntos.

-No, Margaret, no puede ser -contestó rotundo Bob- Esta casa, con aspecto de simple vivienda de cualquier trabajador de mediano sueldo, es un auténtico fortín, en realidad. Todos los cristales de la casa son blindados, y las paredes y puertas están reforzadas con placas de acero, de modo que nadie sería capaz de atravesarlos ni con el empleo de un bazooka. La bodega está equipada para resistir durante más de tres semanas, aunque la casa se venga abajo o quede reducida a cenizas. Debemos traer aquí los equipos de ocultación, porque no hay otro lugar más seguro y porque, desde aquí, deberíamos iniciar cada una de nuestras operaciones. Por eso, solo tú y yo podemos conocerlo.
Cementerio de Woodlawn en el Bronx. Panteón de Clerence Day

 
Margaret aceptó las razones de Bob, pero antes de poder manifestárselo, sonó el teléfono. Era Pieterf.

-Sí, lo hemos visto en televisión -contestó Margaret- Sí, sí, debemos vernos...De acuerdo, en tres horas...hasta entonces. Cuídate.

-He quedado con Pieterf en el cementerio de Woodlawn en el Bronx, junto al panteón de Clerence Day, dentro de tres horas.

-Muy bien, vamos para allá -asintió Bob- Yo te seguiré a distancia, por si se produce algún inconveniente.

Condujeron los dos amigos, en coches separados, hasta el lugar del encuentro. No hubo dificultad en hallar el lugar elegido por Pieterf, a pesar de la extensa dimensión del cementerio, ya que en la entrada  facilitaban una guía con la distribución de los enterramientos y la reseña de los más célebres.

Margaret llegó ante el panteón a la hora acordada, pero no había nadie. Dio varios paseos a su alrededor, cuando, de pronto, un hombre extraño apareció ante ella, como surgido de la nada.

 

lunes, 14 de abril de 2014

Capítulo XX


En cuanto Pieterf abandonó la casa, Margaret llamó a Bob Bryant y le puso al corriente de todo lo que había sucedido minutos antes.

-Ese hombre tiene razón -aseguró Bob- Debes abandonar esa casa ahora mismo. Recoge lo más preciso y prepárate para salir volando, que en media hora estoy allí. Por suerte dispongo de otro refugio limpio de cualquier señal o rastro que pueda relacionarnos.

En algo menos de dos horas, los dos amigos se hallaban en el nuevo refugio, comentando las inquietantes incidencias de aquel agitado día. La nueva casa era otra discreta vivienda de dos plantas, también sobre Long Island, en MacDonald St de Hempstead, no muy lejos de Queens.

-¿Cómo la has encontrado tan pronto? -preguntó Margaret asombrada.

-Este es mi refugio preferido. Me hice con él hace más de diez años y lo preparé de tal modo que nadie pudiera seguir mi pista en caso de tener que esconderme en él. Todo agente secreto debe tener uno así.

-Pero dime: ¿Qué te parece ese tal Pieterf? ¿Crees que nos podemos fiar de él? -preguntó Margaret.

-No debemos fiarnos de nadie -contestó rotundo Bob- Sin embargo, este hombre nos puede resultar muy útil. Conoce las entrañas de la SSD y los detalles operativos de esta organización, que, hoy por hoy, representa nuestro mayor y más peligroso enemigo. De cualquier modo, no se te ocurra hablarle del invento de William.

-Por supuesto. Ese es un secreto que ha de quedar entre tú y yo.

Se habían cumplido ya las tres de la madrugada y decidieron acostarse, para continuar la conversación tras el amanecer del nuevo día. En esta ocasión, no hubo lugar para las bromas de Bob: la casa contaba con dos habitaciones que ambos amigos se repartieron amistosamente.

Aquella mañana, Rodríguez se levantó antes de lo que acostumbraba. Estaba exultante. En la noche anterior, había estado revisando, durante más de tres horas, la documentación que le entregó la Sra. Márgara y no podía estar más satisfecho de su contenido. Allí había material suficiente como para meter en cintura a los mandamases de ServiPiX y a unos cuantos gerifaltes más de la Administración y de la Banca.

Como todas las mañanas, llamó al comisario Casado en Madrid. Le informó de las buenas nuevas y confirmó su salida de N. Y. en el primer vuelo del siguiente día. Después, más contento que unas pascuas, esperó la llegada de Helen, su agente de enlace. Esta no se hizo esperar y, como cualquier otro día, ambos se dirigieron a su comisaría en Manhattan.

Pronto noto Helen que, aquella mañana, su compañero se hallaba más alegre que de costumbre. No era difícil de adivinar. Allí, a su lado, Rodríguez canturreaba una coplilla, mientras ella conducía atravesando el puente de Brooklyn.

-Muy contento estás hoy. ¿Pasaste ayer buen día? ¿Hiciste todas las compras que habías planeado?

-Ayer fue un día fantástico -contestó Rodríguez, sonriente y feliz- Tan provechoso que mañana regresaré a España con todo lo que había venido a buscar.

Helen le miró un momento, desconcertada, pero en seguida reaccionó y le interpeló con tono de reproche.

-Eres un demonio. Tú me has ocultado algo y no me lo merezco. Olvidas que me he jugado un par de veces mi carrera por ayudarte.

-No, no lo olvido. De verdad, créetelo. Siempre estaré agradecido por lo que hiciste. Sin tu ayuda, jamás hubiera podido cumplir la misión que me trajo aquí. Pero no he querido comprometerte más. Y no es que no quiera informarte, es que no puedo.

-Sí, ya sabía yo que los españoles sois todos unos machistas, mentirosos y fulleros. Cómo se me ocurriría confiar en ti.

-¡Ja, ja, ja! -soltó Rodríguez una alegre carcajada- ¡Qué bien nos conoces! Venga, Helen, esta noche te invito a cenar donde tú elijas. Fumaremos la pipa de la paz y celebraremos mi despedida.

Rodríguez consumió el día en el papeleo de la comisaría y en comprar algunos regalos para su familia, sin olvidarse del comisario Casado que, aunque se hacía el duro, le agradaba que sus subordinados le hicieran un poco la pelota y se acordaran de él en sus viajes, llevándole algún regalito. En especial, algún nuevo ejemplar para su colección de modelos de coches antiguos.

Helen se vengó y eligió para la cena el Russian Samovar, el afamado restaurante ruso del Midtown.

Tan pronto Rodríguez entró en aquel elegante comedor, iluminado con lámparas que parecían rescatadas de algún palacio imperial de la Santa Rusia y amenizado con una tropa de músicos cíngaros, supo que dejaría allí el sueldo del mes. Pero...¡qué coño! -se dijo- un día es un día. Y se dispuso a gozar de aquel inesperado e infrecuente festín de ricachón.

Mereció la pena. Los deliciosos entrantes de caviar, salmón y chatka dieron paso a un suave lenguado del Báltico y a un soberbio cordero Kief.

Una inacabable selección de dulce repostería y el riego de todo el condumio con las bebidas más selectas, de las que no se libró el Champagne francés, complementaron la feliz experiencia.

Fue una cena espléndida, no solo por la exquisitez de los bocados consumidos, si no, sobre todo, por la placentera armonía que envolvió a la pareja, gracias a las vibraciones, casi mágicas, emanadas de aquel luminoso entorno, que les impulsaron a mantener una feliz, animada y placentera conversación, a lo largo de todo el festejo.

Tarde ya, Helen llevó a Rodríguez hasta su hotel. Jamás podrá éste explicar cómo sucedió, pero en menos tiempo del necesario para contarlo, ambos se hallaban abrazados en su habitación. Y entonces Rodríguez contempló, asombrado, cómo el témpano de hielo que aparentaba su compañera se transformaba en una ardiente valkiria, y cabalgaba con desenfrenado galope, conduciéndose por la senda del más apasionado frenesí.

No estaba acostumbrado Rodríguez a estos ardientes extremos, así que cuando acabó el encuentro y se despidieron, con la promesa de volver a verse pronto, quedó con la misma sensación de haberle pasado por encima un tren de mercancías. Resopló y se dijo: ¡Ostras Pedrín! Esto no me lo va a creer nadie. Mejor no lo cuento.

Para Margaret y Bob, aquel fue un día de intenso trabajo. Debían terminar con la revisión de los documentos de Joe, aplazada por el hallazgo de los dispositivos de ocultación de Williams, el difunto marido de ella. Además se hacía necesario establecer planes que condujeran a cumplir los objetivos que habían llevado a Margaret desde España hasta New York.

Revisaron, con especial detalle, todo lo referente a los asuntos de Franky Rossano y encontraron importantes desfases en los asientos de entregas de dinero en efectivo. Aquello confirmaba el dato aportado por el agente español, Rodríguez, sobre la autoría del asesinato de Joe.

Al revisar las cuentas de éste, quedaron asombrados de la cuantía de los saldos, que, sumados a la cifra del dinero negro que rescataron de las cajas de seguridad, representaban un importante capital.

-Mira -advirtió Margaret- Aquí figura una compra de 3.000 bitcoins, a dólar la unidad.

-¡Dios mío! -exclamó Bob- Hoy están a 338 dólares el bitcoin.