miércoles, 18 de marzo de 2015

Capítulo XLVI


Con la mayor tranquilidad del mundo, Pieterf hizo que la camarera liara un envoltorio con los restos de la pizza -no había podido consumir todavía su mayor parte- y se levantó. Dejó la mesa con el paquete bajo el brazo y un gesto de contrariedad: le fastidiaba tener que interrumpir tan sabroso condumio, pero no había más remedio. Se dirigió hacia la ancha mesa que servía de barra, en donde también estaba instalado el ordenador de cobros, con la clara intención de pagar la cuenta antes de abandonar el local.

Acodado en ella, se hallaba el agente secreto. Este, al ver llegar a Pieterf, se volvió de espaldas, en un mal disimulado gesto de indiferencia o despreocupación.

Esa actitud arrancó una sonrisa -una mordaz mueca, más bien- en Pieterf al comprobar la imprudente bisoñez de su enemigo.

-¡Esto no se hace, hombre! -masculló, al tiempo que le propinaba un violento golpe en su desprotegida nuca.

El tipo cayó redondo al suelo, sin sentido. No era extraño: el brutal impacto, dado con el rígido, endurecido y bien adiestrado canto de la mano de Pieterf, podía resultar fatal. Mucho más, aplicado en aquella parte tan sensible y frágil del cuerpo.

La acción de Pieterf fue tan rápida e inesperada que nadie alcanzó a verla. La gente supo que algo raro sucedía al notar la aparatosa caída del hombre y escuchar la voz de Pieterf, que pedía ayuda para "el pobre señor que se había desmayado de repente", mientras se inclinaba sobre él, simulando socorrerle.

Se armó un buen revuelo. Acudieron las dos camareras, los cocineros y varios de los clientes más cercanos.

-¿Hay algún médico en la sala? -voceó uno de ellos.

Pieterf no esperó la llegada del compañero del caído y se introdujo en la zona de trabajo de los cocineros, tras la ancha mesa, aprovechando la confusión. Allí buscó una puerta trasera que le condujo hasta un oscuro patio. Saltó una tapia de no más de dos metros y se perdió entre las sombras de la apenas iluminada Seigel St. Cuatro cuadras más allá, en Cook St, cerca de Bushwick Ave, se hallaba uno de sus refugios. Nadie le buscaría en aquella especie de cubil, situado entre un caótico almacén de instalación y venta de baños, sanitarios y cocinas, y un destartalado parking al aire libre, embarrado en su mayor parte por la reiterada falta de embreado del pavimento.

No tenía llave, pero daba igual: no había cerradura que se le resistiera.

A pesar de la incomodidad del lugar, durmió bien, aunque poco...como de costumbre. A las cinco de la mañana, la mejor hora para transitar sin peligro por la ciudad, fue a encontrarse con sus amigos en Hempstead.

Allí dieron un último repaso al plan. Había que ultimar los detalles de las situaciones más críticas del mismo, porque no se les escapaba que aquel día, además de mostrarse como una peligrosa y movida jornada, debería resultar vital para el esclarecimiento de los delitos provocados por O´Connell. Necesitaban hacer acopio de pruebas que mostraran la inocencia de Pieterf de los falsos cargos que le imputaban, además de conseguir la retirada de la orden de eliminación decretada contra Bob Bryan. Y algo muy importante: lograr la satisfacción de Margaret al obtener la condena del asesino de su marido William y, al mismo tiempo, el cese de aquella sañuda persecución a la que se veía expuesta.

Partió primero Pieterf hacia Grymes Hill, en Staten Island, lugar donde se hallaba la sede del SSD. Conducía un coche facilitado por Bob, con el fusil y varios proyectiles incendiarios bien ocultos en el maletero. Debería enviar un WhatsApp tan pronto llegara sin novedad al apartamento elegido donde emplazar el arma. En ese momento, partirían hacia allí Margaret y Bob, presumiblemente disfrazados de bomberos de la FDNY, aunque en realidad lo harían enfundados en sus equipos de ocultación.

-¡Listos! -comunicó Bob a Pieterf, en cuanto llegaron al punto previsto de observación, desde donde debían vigilar la entrada al edificio del SSD.

-¡OK! -respondió Pieterf, con esta lacónica exclamación.

A continuación disparó la granada incendiaria y lo comunicó a sus amigos:

-Operación en marcha. ¡Suerte!

Todavía tuvieron que esperar casi veinte minutos, hasta que apreciaron las primeras señales de alarma. Poco después, el humo del incendio hizo su aparición en las ventanas superiores del edificio. Al mismo tiempo, observaron la salida de varias personas hasta el pequeño jardín de la entrada, comentando detalles del suceso sin demasiada preocupación.

Pero el incendio debió alcanzar pronto un regular volumen, porque al rato se vio salir precipitadamente a la mayoría del personal. Era el momento que esperaban Margaret y Bob para entrar en el edificio. Al hacerlo pudieron escuchar, lejanas, las estridentes sirenas que anunciaban la llegada de los primeros efectivos de los FDNY.

Ahora tenían que aprovechar el poco tiempo disponible y trabajar con la mayor rapidez. Solo así lograrían el objetivo planeado.

Recorrieron a toda prisa el trayecto que conducía hasta el despacho del general, esquivando a varios agentes de seguridad rezagados, que corrían a situarse en lugar seguro. Sin embargo, en la tercera planta ya no quedaba nadie.

Atravesaron el pasillo anterior al despacho de O´Connell y entraron en él, oliendo a humo. Sin la menor vacilación, se dirigieron a la cámara acorazada. Teclearon la clave, introdujeron la tarjeta magnética en su ranura, aplicaron la reproducción de la huella del general y accionaron la llave, tras sacarla de su secreto escondrijo. Era el momento crucial de la operación.

-¡Bravo! -exclamó Margaret, al comprobar cómo la pesada puerta giraba sobre sus robustos goznes y se abría, dejando ante su vista la valiosa documentación atesorada por el general.

Un primer vistazo sobre el contenido dejó perplejo a Bob. Aquello se asemejaba a la cueva de Alí Babá referida a la información allí depositada. Al lado de un buen número de carpetas repletas de informes, se apilaban los más modernos dispositivos de almacenamiento de datos, junto a anticuadas duplicadoras y torres de grabación, además de una enorme colección de antiguos diskettes, casetes e incluso tarjetas y cintas perforadas. Y todo aquel ingente material se hallaba clasificado con absoluto rigor y en perfecto orden cronológico.

Pero fue un extraño y sofisticado pupitre, repleto de parpadeante luces, lo que hizo soltar una exclamación de estupor al sorprendido Bob.

-¡Será posible! ¡Este tío recibe información de Menwith Hill en este terminal! -y ante el gesto de incomprensión de Margaret, continuó- En ese lugar de Inglaterra existe una base espía de la NSA, la Agencia Nacional de Seguridad, capaz de escuchar todas las comunicaciones del planeta. Es usada también, en parte, por Reino Unido, Canadá, Australia y Nueva Zelanda. El muy canalla dispone información de todo el mundo y hasta puede que tenga las orejas puestas en la mismísima Casa Blanca.

-¡Bueno, venga! -urgió Margaret-. Ya me lo explicarás luego. Hagamos unas fotos de todo esto, cojamos tantas muestras como podamos y salgamos a toda pastilla de aquí.

Se hacía imposible verificar el contenido de todo aquel material. Y menos aun cargar con él, por lo que eligieron al azar unos cuantos elementos de distintas épocas y se dispusieron a abandonar el edificio.

Sin embargo, al tratar de salir al pasillo, lo hallaron ocupado por una densa humareda irrespirable y, algo peor, al fondo se adivinaba el resplandor de las llamas obstruyéndolo. ¡Estaban atrapados en una mortal ratonera!  

viernes, 13 de marzo de 2015

Capítulo XLV

Fachada y puerta de entrada de Roberta´s Pizza en Brooklyn

 
Pieterf abandonó el refugio de Hempstead y se sumergió en el claroscuro ambiente de aquel atardecer tempranero, que el precipitado comienzo de un húmedo otoño amenazaba con entibiarlo, algo más de lo pertinente y deseable.

No era un buen lugar, este de Hempstead, para caminar en solitario. Al renunciar al uso del coche, por seguridad ante los rastreadores del SSD, se obligaba a desafiar a un nuevo peligro: resultaría sospechoso para la primera patrulla de policía que pasara por allí y sus agentes no durarían, ni por un momento, en darle el alto, interrogarle y controlar su documentación.

Por eso, buscó la parada de bus más cercana y montó en el primero que pasó en dirección a Manhattan. No tenía la intención de llegar hasta allí, pues el paso de los puentes era el lugar preferido por los investigadores para identificar a cuantos fugitivos los cruzaran. Había previsto pernoctar esa noche en Brooklyn, donde podría mezclarse sin peligro con la incesante y concurrida población que abarrotaba, día y noche, la mayoría de sus calles y locales públicos. Además, en la zona de antiguos almacenes, conocía un par de lofts abandonados que le servirían de buen refugio para pasar esa noche sin demasiados sobresaltos.

Cambió de autobús en Bellerose. A pesar de que iba caracterizado con su atuendo favorito -el de hombre mayor, desaliñado y vulgar, jubilado de un empleo sin lustre o a punto de serlo- y que había esquivado con habilidad las cámaras camufladas del bus, en su prontuario de experimentado espía había unas normas escritas con gruesas letras: no permanecer mucho tiempo en el mismo lugar, tener ojos en el cogote y no fiarse de nadie.

Ahora viajaba por el Down Queens, territorio declarado en estado de alerta máxima, que estaba siendo peinado por toda clase de agentes de la Ley, dedicados en exclusiva a su captura. Y, aunque acostumbraba a llevar sus orejas de lobo estepario bien tiesas, obligó a mantener sus sentidos en una mayor, persistente y total atención, tan pronto subió a este segundo autobús. Si la suerte no le abandonaba, en menos de una hora se hallaría a salvo en medio del ajetreado cogollo de Brooklyn.

Pero los hados no habían dispuesto que aquel fin de jornada se celebrara en paz y concordia. En la siguiente parada del bus, subieron dos tipos que olían a bofia desde una milla de distancia. Recorrieron el autobús de una punta a otra, escudriñando, con poco disimulo por cierto, el aspecto de los viajeros. Pieterf notó que la mirada de uno de ellos se detenía en él, algo más de lo normal. Desde ese momento sabía que se hallaba en peligro. Lo comprobó al ceder su asiento a una vieja y acercarse a una de las puertas: los dos agentes iniciaron un discreto acercamiento, sin que Pieterf les quitara ojo, ni dejara de empuñar su arma, oculta en el bolsillo del gabán.

Así llegaron hasta Woodhaven. Las puertas del bus se abrieron una vez más, pero Pietref no hizo el menor gesto por descender...hasta que iniciaron su cierre, antes de arrancar y continuar la marcha por su recorrido habitual. En ese momento, Pieterf dio un salto y se lanzó fuera, burlando con agilidad de felino, aunque a duras penas, el apretón de las puertas al cerrarse.

Los policías, pillados por sorpresa, urgieron a gritos al conductor para que abriera las puertas de nuevo, pero cuando lo lograron, Pietref les había sacado una preciosa ventaja. Corrió a todo lo que le daban las piernas en dirección al Evergreen Cementery. Consiguió introducirse en él, cuando ya sonaban a su espalda las detonaciones de las armas de sus perseguidores y los proyectiles zumbaban a su alrededor, como mortales abejorros buscándole el cuerpo.

La persecución continuó por entre tumbas, mausoleos y sepulturas, con abundante intercambio de disparos, pero Pieterf había elegido un escenario ideal para escapar de ella. El enorme cementerio -cuatro millas de los más variados obstáculos y escondrijos- y la densa oscuridad que reinaba ya sobre aquel fúnebre escenario, constituían unos aliados inmejorables.

Pronto los agentes perdieron su pista. Tumbado tras un pequeño panteón y ahogando el resuello para no delatarse, Pieterf les oyó pasar mientras avanzaban por entre las blanquecinas lápidas, jadeantes también y desorientados por completo. Después de un tiempo prudencial, volvió sobre sus pasos y tomó el primer metro que llegó a la estación de Aberdeen St, justo en la entrada del cementerio. Iba en dirección a Williamsburg East, en la parte norte de Brooklyn. No era lo que hubiera deseado, paro le venía bien, pensó.

Dejó el metro en la estación de Morgan St. Sabía que no podía ir mucho más allá. A estas horas, todas la línea estaría en curso de ser investigada y sus estaciones tomadas por agentes. Acertó por segundos. Nada más traspasar la puerta del apeadero, vio llegar dos coches a toda velocidad. Eran vehículos de la policía camuflados.

Caminó a buen paso por la Morgan St. con dirección sur, aunque se vio obligado a abandonar su primera idea de llegar hasta centro de Brooklyn: quedaba demasiado lejos para andar a pie por aquel barrio de industrias abandonadas y en semi ruina, sin levantar sospechas. Por suerte, uno de los lofts disponibles como refugio se hallaba a solo un par de cuadras de allí. Otro día con poca o ninguna cena, se dijo. Y aunque ya estaba acostumbrado a comer cualquier cosa, a horas por demás extrañas, y solía pasar muchos días durmiendo mal y poco, empezaba a odiar aquella aperreada vida y a desear que aquella historia acabara de una vez por todas.

De repente, al llegar a la esquina con Bogart St, se topó con un raro local.

Tenía aspecto de un miserable chamizo, pero al leer el rótulo que lucía sobre la puerta de la extraña fachada principal, Roberta´s, recordó haber oído hablar de las famosas pizzas de Roberta. ¿Sería posible que aquel antro fuera el renombrado y popular lugar de peregrinación de los amantes de este plato y cita obligada para los visitantes internacionales de Brooklyn?

Lo era. Lo supo nada más traspasar la puerta de entrada. Se trataba de una antigua nave industrial reconvertida en restaurante con un perfil desenfadado y hippy. El local estaba abarrotado de gente con los pelajes más variados y pintorescos, entre los que Pieterf, con toda seguridad, podría pasar desapercibido sin ningún problema, Acomodados en largas mesas de madera, los bullangueros clientes consumían los apetitosos platos que tres magos de los fogones cocinaban en presencia de su clientela. Estaban separados de ella por otra espaciosa mesa que cruzaba el ancho de la nave, de lado a lado, y servía de mostrador, mesa de trabajo, barra, ordenador de demandas y caja de cobro.
La Pizza Mágica de Roberta´s

Pieterf dudó qué pedir, ante la solicitud de una de las camareras que, en ropa normal de calle y sin ningún aditamento propio del gremio, se acercó a ofrecer el servicio de la casa. Tras un corto titubeo, y después de pasear la vista por los multicolores carteles con ofertas y sugerencias, la fijó en un ingenioso y atrayente grabado. En él, un mago, revestido con todos los atributos de su oficio, aparecía mostrando una reluciente pizza, con la misma expresión de haberla hecho brotar de la nada. Sea pues, se dijo, comamos esa pizza y veamos si es tan mágica como anuncian.

En eso andaba, cuando un nuevo sobresalto echó por tierra el disfrute de aquel buen momento que el excelente plato le estaba deparando: dos hombres, con un evidente aspecto de policías de paisano, entraron en el local echando miradas a diestro y siniestro.

Mal asunto. A estas horas, todos sus perseguidores  disponían de  su actual descripción. Era cosa de tiempo, y no demasiado, que estos tipos consiguieran descubrirle. La tela de araña tejida por el odioso general O´Connell se estaba cerrando sobre él.

Eso es lo que había. Al poco tiempo, uno de los policías salió a la calle. No se trataba de un movimiento extraño para Pieterf. Era evidente que lo hacía para pedir refuerzos de una manera discreta, sin producir alarma en el sospechoso. Estaba claro que le habían localizado, a pesar de sus esfuerzos por pasar inadvertido. O, al menos, tenían fundadas sospechas de que se había refugiado allí y planeaban realizar un registro en toda regla.

Si pretendía salir de aquel atolladero, debía adelantarse a la llegada de más efectivos de la policía, tomar la iniciativa y deshacerse de estos dos tipos.                              

viernes, 6 de marzo de 2015

Capítulo XLIV


Margaret no las tenía todas consigo. No dejaba de ser curioso que, siendo tan buenos amigos y llevándose ambos tan bien, mostraran tanta diferencia en sus respectivos caracteres: Bob jamás, o en muy raras ocasiones, encontraba dificultades insalvables en las acciones que planeaban, mientras que Margaret, por el contrario, se debatía en un mar de dudas en cada una de ellas.

Pero era esta una circunstancia natural. Bob Bryant había bregado siempre con asuntos tanto o más enrevesados que estos, desde que ingresó como agente secreto del gobierno hasta su reciente jubilación. Y no solo estaba dispuesto a ayudar a Margaret como pago o deber de amistad, sino que gozaba con ello y sentía rejuvenecerse en cuerpo y espíritu.

-No pretenderás que vuelva a representar la comedia de gran dama en The Towers -se quejó Margaret-. De aquella historia todavía guardo algunos moratones en mi cuerpo.

-Tengo la impresión de que no será necesario -respondió Bob-, pero no temas, si tuviéramos que volver por allí, lo haríamos con mayor seguridad y con plena garantía de éxito.

Por suerte, no fue necesario recurrir a más andanzas para conseguir la huella del pulgar de O´Connell, necesaria condición para completar las claves de apertura de su cámara acorazada: el laboratorio de los amigos de Bob había conseguido reproducir la huella del general. Ya solo restaba poner en marcha el operativo que permitiera acceder, cuanto antes, al lugar donde guardaba la documentación secreta de sus fechorías, a fin de mostrarlas a la justicia y hacérselas pagar.

Tras varias horas de conversaciones y alguna que otra discusión, ambos amigos llegaron a un acuerdo en la forma de plantear el acceso a la sede del SSD y a la cámara acorazada del general, situada en su despacho. Como ya había adelantado Bob, en el plan previsto se hacía necesaria la activa colaboración de Pieterf, por lo que se apresuraron a contactar con él y recabar su apoyo al proyecto.

-¡Uf! Me ha costado llegar hasta aquí -dijo al aparecer por el refugio de Hempstead- Ahora mismo, todo Queens está abarrotado de policía. Calculo que en menos de una semana se presentarán por aquí. Resolvemos pronto este negocio o ya podéis empezar a buscaros otro refugio.

-Por eso te hemos llamado -aseguró Bob- La situación se está haciendo insostenible. Y supongo que tú estarás en una posición parecida. Ya no podemos esperar más. Tenemos que entrar en el SSD y sacar las pruebas que incriminen a O´Connell.

-My God! ¡La verdad es que sois bien brutos! -exclamó Pieterf, realmente enfadado- ¿No os he dicho que eso es imposible? Hay que buscar una solución rápida y contundente, porque también el cerco que han tendido sobre mí se va estrechando día a día y no sé durante cuánto tiempo podré seguir evadiéndolo. Pero ha de ser una acción realista, no una quimera como la que pretendéis.

-Escucha a Bob, por favor -intervino Margaret-, luego das tu opinión.

-Dejaos de historias -continuó Pieterf, sin dar su brazo a torcer- He llegado a la conclusión de que va a resultar muy complicado resolver este asunto, a no ser que liquidemos a O´Connell: muerto el perro, muerta la rabia. Y de esto puedo encargarme yo sin ningún problema.

-Te equivocas -replicó Bob- Su muerte, nos vendría bien a Margaret y a mí, pero para ti solo representaría un nuevo cargo que añadir a los que ahora acumulas. Si ya ahora te persiguen como a un perro rabioso y te obligan a una existencia de sobresalto y eterna huida, imagina después.

-O quizás no. Muerto O´Connell se abrirá su cámara acorazada y aparecerá toda la mierda que acumula en ella. Recordad que Homer nos confesó que allí conserva a buen recaudo las grabaciones de todas las conversaciones que ha mantenido, tanto telefónicas como las realizadas a viva voz en su mismo despacho.

-¿Y estás seguro de que esas grabaciones saldrán a la luz, en el supuesto de que el general muera? ¿Quién lo haría? ¿Sus hombres, que están tan involucrados como él en esos delitos? ¿Los peces gordos que aparezcan implicados en ellas? Olvídate. Si no somos capaces de rescatarla, toda esa información quedará enterrada en el más absoluto silencio.

-Bueno, puede ser...aunque todavía nos quedará el testimonio de Homer.

-¡Ni lo sueñes! -rebatió Bob al momento- Homer hablará ante un juez siempre que pueda descargar su responsabilidad sobre otra persona: su jefe. Pero si acabas con O´Connell y no consigues pruebas irrefutables de su culpabilidad, dejas a Homer en la primera fila de la acusación y no le sacarás ni media palabra. Recuerda que en un tribunal no podrás torturarle como has hecho aquí.

-¡Lo que tú digas! -exclamó Pietref, molesto, encarándose a Bob- Si no me propones algo mejor, me cargo al general, a Homer y a quien se me ponga por delante. Me sobran recursos para escapar sin ser detectado de este jodido país. Y, además, cuento con varios lugares, tan secretos como seguros, repartidos en cada uno de los cinco continentes. En ellos podría refocilarme con una plácida jubilación el resto de mis encabronados días.

-Desearía que no llegáramos a ese extremo -intervino Margaret-. Cálmate, por favor, y escucha, por un momento, el plan de Bob.

Todavía hubo de transcurrir un tiempo para que Pieterf se calmara y atendiera el ruego de Margaret. Pero, al fin, Bob pudo exponer su plan.

-Lo haremos Margaret y yo, mañana, a plena luz del día. Durante la noche es absolutamente imposible. En esto tienes razón: la enorme cantidad y variedad de alarmas instaladas lo hacen inviable. En cambio, por el día es otra cosa: los sistemas de alarma deben desconectarse  para permitir el desarrollo normal del trabajo del personal.

-Estoy deseando saber cómo diablos os las arreglaréis para operar dentro de aquel avispero, sin que os den pasaporte para el otro mundo -dijo Pieterf, sin renunciar a su escéptica posición ante aquel absurdo asunto que le proponían.

-Muy sencillo -continuó Bob-. Tú te instalarás en una de las casas de enfrente al edificio del SSD, donde hemos comprobado que hay un apartamento sin habitar. Desde allí, provisto de un rifle con bocacha lanza granadas, dispararás un proyectil incendiario sobre una de las ventanas del edificio que corresponde a un archivo de poco movimiento. La distancia no pasará de 40 metros, así que no puedes fallar el tiro. Dentro de ese cuarto se iniciará un incendio que tardarán en descubrir. Cuando lo hagan ya habrá tomado cuerpo y tendrán que evacuar el edificio. Llegarán los bomberos y entonces entraremos nosotros dos disfrazados con el equipo al completo que ellos utilizan, máscaras incluidas. Nadie sabrá quienes somos.

Margaret y Bob habían vuelto a discutir sobre la oportunidad de revelar su secreto equipo de ocultación, pero, de nuevo, Bob impuso su criterio e inventó el ardid de los bomberos para justificar ante Pieterf la facilidad con qué podían moverse por el interior del edificio.

-No está mal pensado -concedió Pieterf-, aunque os va a resultar bastante difícil lograr abrir la cámara de O´Connell. Tened en cuenta que vais a disponer de muy poco tiempo para esa complicada operación.

-No hay cuidado -contestó Bob-. Tenemos las claves de apertura, aunque no me preguntes cómo las hemos obtenido. Dispongo de muy buenos amigos que nos ayudan, pero no puedo revelar su identidad.

Pieterf tuvo que admitir que aquello que parecía imposible, tenía un cierto margen de posibilidad y que, aunque con bastante riesgo, podría hacerse.

-Quizás fuera bueno que esta noche durmieras aquí con nosotros -sugirió Margaret- Así evitaríamos cualquier contingencia negativa que pudiera complicar la operación.

-Gracias Margaret, pero soy un lobo libre y solitario que goza siéndolo. Y  no te preocupes por mí: sé cuidarme.

miércoles, 25 de febrero de 2015

Capítulo XLIII


Los dos amigos iniciaron una lenta progresión hacia el despacho del general O´Connell. A estas alturas, ambos sabían que sus equipos de ocultación distaban mucho de ser elementos de absoluta invisibilidad. En realidad, no podían ignorar que la esencia del fantástico invento de William no era más que un ingenioso juego de luces, junto a un adelantado y novedoso sistema de transmisión de imágenes. Y, a pesar de la sofisticación del concepto general de los dispositivos y la concienzuda e ingeniosa elaboración de sus componentes, cualquier foco luminoso incontrolado podía delatarles, haciendo visible su presencia.

Habían planificado el método que deberían emplear durante su avance por la intrincada sede del SSD. Era necesario: el más pequeño fallo provocaría la alarma general, el edificio quedaría sellado y ellos se verían atrapados en el siniestro cubil de su encarnizado enemigo.

Por tanto, avanzaban despacio, en absoluto silencio. Se movían con precaución, solo cuando no había nadie que pudiera alarmarse por las fluctuaciones visuales que, aunque débiles, se producían con su movimiento. Tampoco podían abrir puertas en presencia de alguna persona y, sobre todo, debían evitar tropezarse con algo o alguien.

Fue así como accedieron hasta la tercera planta, en la que estaba ubicado el despacho del general. Habían atravesado la planta baja, donde se hallaban los servicios de seguridad, con el puesto de observación permanente de las cámaras, dispuestas a lo largo y ancho de todo el edificio. Superaron el primer piso, ocupado por las oficinas de acopios, administración y documentación, y también el segundo, donde tenían instalada la central de comunicaciones, junto a los servicios de información. Llegados, por fin, a la tercera planta, lograron entrar sin dificultad en el despacho de O´Connell, no sin antes sortear la animada concurrencia de los agentes especiales que componían las distintas secciones de la central de operaciones, alojada en este mismo piso.

Pronto advirtieron la inviabilidad de instalar la cámara espía que llevaban:  era imposible camuflarla en el lugar adecuado, con el enfoque necesario para observar la apertura de la cámara acorazada.

-¡Maldita sea! -susurró Bob al oído de Margaret- Vamos a tener que esperar a la llegada del general y rezar para que se le ocurra abrir pronto la cámara.

-Bueno -replicó Margaret-, habrá que armarse de paciencia.

No tenían otra opción. Puestos a esperar, aprovecharon el tiempo para efectuar un minucioso registro de toda la estancia, aunque no hallaron nada aprovechable. Era evidente que O´Connell era un tipo cuidadoso.

Por suerte, el general apareció pronto, aunque portando un humor de mil diablos. Pieterf no se había presentado a la cita y él estaba convencido de que la operación había fallado a causa de que algún maldito soplón, integrante de su mismo departamento, había alertado a la presa.

-¡He de acabar con ese asqueroso traidor! -mascullaba entre dientes, al tiempo que repartía órdenes a diestro y siniestro, con grandes voces, llenando la estancia de imprecaciones y juramentos.

En realidad, tanto aquella pétrea firmeza suya de siempre, como la despótica determinación que le habían acompañado en todas y cada una de las circunstancias de su larga carrera, se estaban resquebrajando por momentos. La desaparición de Homer, así como los continuos fracasos cosechados en sus intentos de acabar con Pieterf, Margaret y Bryant le tenían entre sorprendido e inquieto. ¡Jamás le había ocurrido cosa igual!

Era como si una mano invisible, negra, opresiva y misteriosa moviera en su contra los hilos motrices de aquellos frustrados acontecimientos, para guiarlos hacia el fracaso. No creía en fantasmas, ni en nada que no se pudiera tocar, pero tantos reveses cobrados en tan poco tiempo, le estaban conduciendo a una situación incomprensible.

Poco a poco fue calmándose. Sacó de un armario un vaso y una botella de coñac francés y se sirvió un largo trago. Hecho esto, fue hacia la cámara y la abrió, para suerte de Margaret y Bob que presenciaban la escena inmóviles, pegados a una de las paredes y en el más riguroso silencio. Temían, y trataban de evitar, que hasta el rumor de su agitada respiración y el rítmico golpeteo de su acelerado corazón, provocados por aquel tenso trance, les delataran.

Pero valía la pena soportar aquel agobio. Gracias a la paciencia y osadía mostrados por ambos amigos, pudieron conocer las claves de apertura de la cámara blindada del general. Consistían en una combinación de letras y números, la introducción de su tarjeta personal en el alojamiento de control y algo más con lo que no contaban: una sofisticada llave que ocultaba en un lugar secreto del despacho y la huella dactilar de su dedo pulgar, colocada sobre un sensor del dispositivo de apertura.

A Margaret se le vino el cielo encima al ver esto último. Todo lo que habían planeado y hecho hasta el momento no había servido de nada. ¡Sin la huella del general, era imposible acceder a la cámara!

Pero Bob anduvo listo y en un momento, mientras el general reunía los documentos que había ido a buscar, se hizo con el vaso usado para su trago de coñac, lo guardó e hizo una seña a Margaret para salir huyendo a toda prisa.

Algo notó O´Connell porque volvió la cabeza y alcanzó a ver cómo la puerta de su despacho se cerraba sola.

-¿Qué demonios...? -masculló.

Sorprendido fue hasta la puerta, la abrió y miró hacia fuera. Pero en el corredor no había nadie y, aunque algo intrigado por la falta de una explicación coherente, retornó a su tarea en el interior de la cámara. Más tarde, se rompería la cabeza para tratar de recordar qué diablos había hecho con el vaso que faltaba y dónde demonios lo habría metido.

La retirada de Margaret y Bob no resultó tan "limpia" como su arribada. A la precipitación lógica por salir cuanto antes de aquella complicada y peligrosa madriguera, se le unió un desagradable defecto en el sistema de ocultación de Margaret: de repente, una de las cámaras dejó de emitir correctamente al producirse intermitencias en la emisión de las imágenes.

-No te preocupes. Pégate a mí -aconsejó Bob a Margaret, cuando ésta solicitó su ayuda, asustada ante aquel imprevisto. Más tarde sabrían que estaba producido por una baja carga de la batería-, aunque noten algo, mi equipo les despistará.

Consiguieron salir de allí con mucha suerte, sin descubrirse y sin que los pequeños percances que se produjeron, debido a los fallos en el equipo de Margaret, dieran lugar a que cundiera la alarma en el edificio.

Como dijo un agente a otro, al comentar alguna de las extrañas visiones que había presenciado:

-Se diría que un fantasma ha pasado por aquí. Pero si le digo esto al general me envía a barrer las cuadras de la policía metropolitana a caballo...en el mejor de los casos y si le pillo con buen humor.

-¡Ya le tenemos cogido! -exclamó Bob, tan pronto se vieron a salvo en su refugio de  Hempstead.

-Bueno, me tendrás que decir cómo vas a resolver el problema de la huella del general. Sin su dedo es imposible abrir la cámara.

-Eso es pan comido para el laboratorio de mis amigos. Si hay suficiente huella dactilar en el vaso que le hemos quitado, como espero, me fabricaran una réplica de silicona sobre un dedil de látex.

-¿Y si no hay suficiente huella -insistió Margaret.

-¡Caray, Margaret! ¡No seas gafe! En ese caso lo volveremos a intentar mañana mismo en The Towers of Waldorf ¿Te parece bien?  

miércoles, 18 de febrero de 2015

Capítulo XLII


Conforme Rodríguez iba recibiendo la información sobre el resultado oficial del enrevesado caso del asesinato de los marqueses de Puente Alto, por boca de su antiguo jefe, el comisario Casado, su interés crecía en intensidad, Al mismo tiempo, sin embargo, podía apreciarse cómo un velo de contrariedad iba cubriendo su ánimo, plasmando en su rostro un claro y marcado ceño de decepción y hasta de disgusto.

-Pero, por fin...¿cómo ha quedado reflejado el asesinato de los marqueses en el informe oficial de la encuesta? -preguntó Rodríguez, muy escamado.

-Ni más, ni menos de como la superioridad ordenó que se hiciera. Como había que tapar todo lo referente a la máscara y sus ladrones, se dispuso una historia medianamente creíble: el sobrino hizo matar a sus tíos, con el propósito de heredarles, mediante la ayuda de unos sicarios. Estos no quedaron satisfechos con el pago, al no ajustarse a lo prometido, y acabaron también con él. Lo importante para nosotros es que la red de contrabando ha sido desmantelada y ya no tenemos que preocuparnos por los asesinos chinos: Los agentes de su Gobierno van tras ellos y...francamente, no doy un ochavo moruno por su piel.

-De todas formas, ¡hay que fastidiarse, jefe! Para dos casos de verdadera importancia que tenemos la suerte de intervenir y resolver, llegan los señorones de arriba y nos los capan. ¡Y con el mismo descaro que si lo hubieran resuelto ellos! ¡Así se escribe la historia!

-Claro, Rodríguez, ¿Qué esperabas? ¿Una medalla, tal vez? ¿Por qué crees que hay más subordinados que jefes? Los que mandan saben muy bien cómo proteger sus intereses y limitar la competencia.

-¡Ah, comisario! Eso me lo sé yo de corrida. Hace poco pude leer las declaraciones de un Premio Nobel a la salida de una reunión de grandes "cerebros", en no sé qué ciudad, de un país que no recuerdo. Venía a decir que habían estado discurriendo sobre la reprobable situación en la  que se halla el mundo, en el que, a pesar de existir tantos gobiernos diferentes, tantas diversas ideologías políticas y teorías económicas, nadie ha podido evitar que haya muchos más pobres que ricos. Trataban de encontrar el motivo, antes de enunciar sus recomendaciones de cara a resolver la situación ¡Pero no lo hallaban! Pensé que sabrían mucho de lo suyo, pero en cosas de la vida real y corriente estaban "pez"

-¡Vaya por Dios, Rodríguez! ¡No me irás a decir que tú sí lo sabes!

-Elemental, querido jefe. No hay que rascarse mucho el cogote para saberlo: Hay más pobres que ricos, por la sencilla razón de que, por lo general, es mucho más fácil ser pobre que rico. Así que aplíquese esta misma regla al motivo por el que hay más subordinados que jefes.

La ocurrente salida de Rodríguez fue acogida por su antiguo jefe con abundantes y sonoras carcajadas, además de alguna que otra chirigota. Dejaron así a un lado los sinsabores propios de la profesión y encaminaron su charla por sendas mucho más animadas y placenteras.

-Por cierto, jefe ¿Qué fue de la orden internacional de búsqueda de la señora Márgara Fuster, alias Muriel Dallamore? -preguntó Rodríguez, al recordar de pronto a la protagonista de su anterior éxito internacional.

-Se anuló, al mismo tiempo que se echaba tierra sobre tu expediente. Ya sabes: había demasiado pez gordo envuelto en él.

En aquel preciso momento, al otro lado del proceloso Océano Atlántico, Margaret Foster, el verdadero nombre de Márgara, y Bob Bryant conversaban en su refugio de Hempstead. Planeaban su próximo movimiento en la batalla planteada para escapar de las temibles garras del general O´Connell.

-No podemos perder más tiempo -aseguró Bob- He recibido el soplo de que los esbirros del general están peinando, casa por casa, todos los barrios de Queens. Tarde o temprano llegarán hasta aquí y tenemos que adelantarnos.

-Lo que tú digas -replicó Margaret- Yo estoy preparada.

-Bien. Haremos que esta misma noche, Pieterf vuelva a interrogar a nuestro prisionero Homer, para confirmar los datos que nos suministró sobre la disposición de las estancias y sistemas de seguridad de la sede de la SSD. Estudiaremos los itinerarios más adecuados y mañana entraremos allí con nuestros equipos de ocultación y los duplicados de los dispositivos de pase y apertura de O´Connell

-¿Sigues con la idea de no revelar nuestro secreto a Pieterf?

-Así es. De momento no lo considero conveniente. Tiempo habrá para hacerlo, si llega el caso. Seguro que sospecha que le ocultamos algo. Es demasiado astuto como para que no se dé cuenta, pero ya se me ocurrirá algo que explique nuestra facilidad para movernos en territorio enemigo. Cuento con él para hacer salir al general de su despacho, citándole en un lugar convenientemente apartado, con el pretexto de arreglar la situación entre ellos. O´Connell irá, seguro, acompañado por una fuerte escolta, con la intención de eliminarle. Así podremos acceder al despacho del general y, al mismo tiempo, movernos por el edificio con mayor facilidad, al faltar el personal movilizado para su encuentro con Pieterf.

-De acuerdo -concedió Margaret- me parece que es un buen plan. Solo necesitaremos que haya un poco de suerte y consigamos encontrar un lugar adecuado donde colocar nuestra cámara espía.

A media mañana del día siguiente, Margaret y Bob se hallaban en las inmediaciones de la entrada a la sede del SSD. Esperaban el aviso de Pietref en el interior del potente automóvil de Bob, enfundados ya en sus equipos de ocultación y dispuestos a poner en práctica el plan que habían estudiado, hasta el último detalle, el día anterior. El objetivo era muy claro: conseguir las claves de apertura de la cámara acorazada del general. Cualquier otro resultado sería un rotundo fracaso difícil de enmendar, pero estaban decididos a que esto no sucediera, aun en el peor de los supuestos.

Unos minutos más tarde, recibieron la comunicación de Pietref: la acción se había puesto en marcha.

Casi de inmediato, los dos amigos observaron un agitado movimiento de coches y personas en la entrada del SSD. Era su turno, pensaron. Pieterf había llamado al general desde el punto de encuentro solicitado y, en su diálogo con O´Connell, concedió justo el tiempo necesario para su localización. De ese modo, reforzaba su imagen de sincera disposición para llegar a un acuerdo conciliatorio con el general, que solventara sus diferencias.

Margaret y Bob pudieron observar como cuatro coches, repletos de agentes, salían disparados en dirección a Bayonne Bridge. Desde ese momento disponían de una hora, como mínimo, para completar la operación, pero la tenían que aprovechar hasta el último segundo.

-¡Rápido, apresúrate! ¡Tenemos que entrar antes de que vuelvan a cerrar la verja de entrada! -urgió Bob a Margaret.

Aunque disponían del dispositivo de apertura, estimaba Bob que no era conveniente usarlo en un principio. De hacerlo, podrían levantar las sospechas de los guardias de la entrada, al ver abrirse la verja sin su intervención, con el consiguiente riesgo de que, inquietos ante ese extraño hecho, pusieran el edificio en estado de alerta.

-¡Espera Bob! ¡Algo no funciona! ¡Ahora mismo te estoy viendo! -exclamó Margaret, alarmada.

-¡Tranquila, Margaret! Yo también, pero no te preocupes -trató de calmarla Bob-, estamos al aire libre y los reflejos del sol producen esos raros efectos en las cámaras. Pero esas difusas imágenes son suficientes para permitirnos pasar desapercibidos. Pégate a la pared y así el impacto visual será menor.

A pesar de este inconveniente, los dos amigos lograron introducirse en la guarida de su encarnizado enemigo sin más complicaciones.

   

jueves, 5 de febrero de 2015

Capítulo XLI

Sudario de jade del emperador Zhao Mo


 
Rodríguez torció el gesto tras la esquiva respuesta del magnate chino a sus preguntas. Aquel tipo era un auténtico hueso y daba la impresión de que no iba a resultar nada fácil sacarle algo útil.

-Mire, sabemos muy bien cómo funciona esto y no vamos a pedirle que nos diga nada que afecte a su seguridad personal, pero necesitamos de Vd. alguna información de carácter general que nos permita avanzar en nuestra investigación -aseguró el comisario Casado- ¿Qué nos puede decir del tráfico de droga desde China Continental a España?

-Muy poco. El comercio ilegal del opio con Occidente acabó hace años y en la actualidad se puede decir que es inexistente. Vds., mejor que nadie, saben que en su país confluyen las dos vías más importantes de penetración de la droga en Europa: la africana y la americana.

Los dos detectives se miraron un tanto decepcionados por la respuesta de su interlocutor, pero Rodríguez no estaba dispuesto a abandonar su teoría al primer tropiezo e insistió.

-Sabemos, sin ningún género de duda, que existe un comercio ilegal con China y Vd. debe estar al corriente de esta realidad, dada su destacada posición en el trafico de importaciones y exportaciones entre China y España.

-Estoy seguro de que han investigado mis negocios antes de venir a verme y de que habrán comprobado que todos ellos se realizan bajo la más estricta legalidad. Por tanto, no voy a considerar sus palabras como la sombra de una duda a mi honorabilidad -advirtió con gran ceremonia aquel hombre singular, de rasgados ojos y sonrisa esculpida en un rostro azafranado e impenetrable.

Durante un momento observó los inmediatos gestos, tanto de negación como de disculpa, de los dos investigadores y, en seguida, reanudó su discurso con la misma digna parsimonia oriental que hasta entonces.

-Esto es solo una hipótesis: Si yo quisiera dedicarme a realizar un tráfico ilegal de alguna mercancía valiosa, elegiría los diamantes. El consumo de estas piedras preciosas se incrementa año tras año en China y la cifra de importación en mi país ya ha superado a la de Japón, para colocarse en el segundo puesto del ranking mundial, tras los EEUU. Se espera que en el año 2016, China le superará para alcanzar el primer lugar. Este floreciente negocio ha generado un constante alza de precios, con gran regocijo de las compañías que, como De Beers, dominan el comercio mundial. Pero al mismo tiempo, esta situación ha dado lugar a un próspero negocio de tráfico ilegal. Gemas procedentes de robos o depósitos incontrolados entran y se venden ilegalmente en China con pingües beneficios.

-Y, siguiendo con esas suposiciones -se apresuró a intervenir Rodríguez con renovado interés, ante el nuevo cariz que tomaba el asunto tras las palabras del potentado chino-, ¿cómo procedería Vd. para llevar a cabo ese comercio?

-¡Bien! Si yo fuera un comerciante ilegal de diamantes, ¡Kŏngzǐ -traducido Maestro Kong o Confucio- no lo permita!, reuniría en España, quizás en Madrid, las vías de tráfico provenientes de las extracciones ilegales de África y también de las ocasionadas por "extravíos" en los depósitos europeos, sobre todo de los Países Bajos. En España hay una importante colonia china, que goza de unas leyes bastante permisivas y pueden camuflar la valiosa mercancía entre el comercio de menudeo, cada vez más intenso aquí. La ruta de entrada ilegal de los diamantes en China es conocida por todas las autoridades: Entran por Hong Kong para llegar a Cantón con absoluta facilidad. Desde allí, se distribuyen por toda China.

-Naturalmente, Vd. no tiene ni la más remota idea de quién realiza este tráfico en España -dejó caer Rodríguez la frase, como quien no está demasiado interesado en recibir una respuesta precisa.

-¡Ah, señores! Por nada del mundo les privaría del placer de averiguarlo por Vds. mismos -dijo el astuto chino con la mejor de sus sonrisas.

"Menudo cabronazo está hecho el chino este" pensaba Rodríguez mientras se despedían de él con la mayor cordialidad del mundo. Sin embargo, la reunión no podía haber sido más fructífera. Gracias a las explicaciones del comerciante, ahora ya disponían de una pista consistente.

-¡Claro! Ahora me explico la variedad de razas y aspecto de los visitantes de la casa. Unos, los blancos, traían la mercancía y otros, los chinos, la trasladaban a su país -aseguró Rodríguez- Por eso, el mayordomo nunca pudo observar movimiento de paquetes: una bolsa de diamantes se lleva en cualquier bolsillo -y añadió- Jefe, tenemos que volver a la casa. Allí tiene que haber, por fuerza, un buen escondite para las piedras.

-De acuerdo -aceptó el comisario Casado-, pero tengo que hacerme con otro mandamiento. Sin él, lo que hallemos allí no servirá como prueba.

Así lo hicieron. De nuevo les recibió el mayordomo, a pesar de que ya estaba haciendo las maletas, preparándose para abandonar la casa. Los herederos habían rescindido su contrato, con la intención de encargar el cuidado de la finca a una agencia.

-No se le ocurra dejar la ciudad hasta que la encuesta esté terminada por completo -se apresuró a advertir el comisario, al tiempo que anotaba su nueva dirección- Ahora necesitamos que nos diga el lugar donde el marqués guardaba sus efectos más reservados.

-Hasta donde yo sé, el Sr. Marqués guardaba sus papeles en la caja fuerte. Si buscan algo concreto, lo podrán ver en la lista del contenido que hizo el notario al proceder a su apertura.

-No, no. Nos referimos a algún lugar secreto, capaz de ocultar productos o documentos de excepcional importancia, que no quisiera dar a conocer ni a su misma familia -precisó Rodríguez.

-Si tenía algo así, lo desconozco, la verdad. Pero...sí, algo sorprendente había en aquellas extrañas visitas. En cada ocasión, tras despedir a los visitantes, el Sr. Marqués se encerraba con llave en la biblioteca y no permitía que nadie le molestara. Ahora pienso que si disponía de algún sitio oculto y desconocido para el resto de la familia, tenía que ser allí, en la biblioteca.

-¡Tiene razón, jefe! ¡Es allí donde encontramos la nota china! -exclamó Rodríguez.

Llegado a este punto, los dos hombres se aprestaron a realizar un minucioso registro de la habitación. Indagaron con ahínco por muebles, suelos, techos y paredes. Sin embargo, a pesar del entusiasmo y esfuerzo con que ambos se emplearon en la búsqueda, esta se mostró baldía, aun después de más de tres horas de ininterrumpido trabajo.

Desanimados por el fracaso, estaban ya dispuestos a tirar la toalla y abandonar la investigación, cuando a Rodríguez se le ocurrió llamar a su compañera Helen. Fue un acierto. En cuanto ella llegó y se puso al corriente de la actuación de los dos hombres, tomó una cinta métrica y fue anotando medidas de la biblioteca y de las salas contiguas. Pronto descubrió que detrás de una enorme estantería repleta de libros de todo tipo, había un desfase de más de medio metro. Allí estaba el escondrijo.

Pero había que encontrar el sistema de apertura, porque ya los dos hombres habían sospechado esa posibilidad y tenían  escudriñada hasta la más mínima rendija, sin hallarlo.

-¡Nada, hay que hacer astillas este mueble! -exclamó decidido Rodríguez.

-No seas bárbaro, hombre -replicó el comisario- Este mueble debe costar un ojo de la cara. No podemos hacer eso: los herederos se nos iban a echar encima. Y con razón.

Al final tuvieron que hacer algún destrozo parcial en el mueble, ya que, por más intentos que hicieron, les fue imposible dar con el sistema de apertura del secreto hueco. Mereció la pena el esfuerzo: allí, en aquella oculta cavidad, encontraron dos bolsas con unos trescientos diamantes, además de un raro objeto, dentro de un delicado envoltorio de terciopelo.

Se trataba de una hermosa máscara hecha con brillantes piezas de jade multicolor, unidas entre sí mediante un grueso hilo de oro. La relumbrante finura de la primorosa pieza hizo proferir una cadena de exclamaciones de admiración y sorpresa al bueno de Rodríguez:

-¡Madre mía! ¡Qué maravilla! ¿Se da cuenta, jefe, del descubrimiento que hemos hecho? Ahora mismo tiene que llamar al comerciante chino para que nos proporcione un experto en piezas antiguas de su país.

Tal como lo pensaron se hizo. Al día siguiente se presentó en la comisaría de Chamberí el dicho comerciante, acompañado por un anciano compatriota. Este, tan pronto vio la máscara, lanzó un gemido de angustia, dio dos pasos atrás, mientras extendía sus brazos como si tratara de defenderse de un terrible mal, al tiempo que un torrente de voces, totalmente ininteligibles para los dos detectives, se escapaba de su boca.

-¡Coño! ¡Qué leches dice este tío! -exclamó, sorprendido, Rodríguez.

El comerciante estuvo dialogando durante un tiempo con el aterrado anciano y después se avino a traducir sus palabras con un marcado tono de preocupación.

-Dice que esta máscara, que tiene un valor incalculable, es parte del sudario de jade del emperador Zhao Mo que murió 211 a. C. Su tumba fue descubierta en el año 1983. Junto a él se enterraron a 15 servidores vivos para que le cuidaran, ya que existía la creencia de que el sudario de jade aseguraba la inmortalidad. Al mismo tiempo se propagó la existencia de una terrible maldición, que aseguraba una horrible muerte para quien profanara la tumba, como también para quienes tuvieran en su poder alguna de las piezas despojadas. Hace tres años, se produjo el robo de la máscara en el mausoleo de Nanyue en Guangzhou y, desde entonces, agentes del Gobierno Chino la están buscando por todo el mundo. Asegura que deben desprenderse cuanto antes de la máscara, si no quieren sufrir los terribles daños de la maldición. En cualquier caso, no desea estar aquí por más tiempo y ruega que se le deje marchar de inmediato, pues quiere evitar que la maldición le alcance también a él.

En cuanto los dos chinos abandonaron la comisaría, el comisario Casado se apresuró a tomar las medidas pertinentes a la gravedad del asunto.

-Bueno Rodríguez, esto se escapa de nuestra competencia. Ahora mismo me voy a la Dirección General con la dichosa pieza y una buena escolta. Ya te diré en qué queda todo este lío.

-Macanudo, jefe. Lléveles la máscara a los jefazos, a ver si la maldición "cuaja" a unos cuantos de ellos -insinuó Rodríguez con tono socarrón, provocando en Casado un resignado meneo de cabeza, como reprimenda.

Unos días más tarde, el comisario pudo relatar a su fiel ex agente el final de la historia.

-Por fortuna, el caso ha quedado resuelto. La más alta instancia de la policía ha ordenado su cierre y mantener todas las diligencias dentro del más estricto secreto, para evitar posibles conflictos diplomáticos. El gobierno chino había guardado en el mayor secreto el robo de la máscara y hacerlo público ahora sería considerado como un acto hostil a la República Popular. La valiosa pieza se entregó a la Embajada de la República Popular China, con enorme satisfacción por su parte. Gracias a la colaboración de sus agentes, pudimos conocer la historia completa: La máscara fue robada por los contrabandistas chinos  de diamantes. Estos la trajeron a España y entraron en tratos con Roberto, el sobrino de los Marqueses de Puente Cerro, socio y mano derecha de su tío en el negocio ilegal de los diamantes, sin su conocimiento. El marqués, que no tenía un pelo de tonto, lo supo y envió a un par de sicarios para apoderarse de la valiosa pieza. Cuando los contrabandistas exigieron a Roberto el dinero acordado, este les confesó que le habían robado la máscara y que, por tanto, la operación quedaba anulada.

-No siga, jefe. Los "pájaros" se cabrearon y le dieron matarile, después de hacerle cantar sobre la identidad de la persona que le había robado. Hecho esto, fueron a casa de los marqueses y se los cargaron. Pero...oiga jefe. ¿Por qué no pusieron la casa patas arriba, en busca de la máscara?

-Muy fácil. Los agentes del gobierno chino les seguían los pasos. Llegaron poco después de haber liquidado a los marqueses, pero los asesinos les vieron llegar y salieron huyendo a toda prisa, sin tiempo para nada.