domingo, 7 de diciembre de 2014

Capítulo XXXIII


Era noche cerrada. Pieterf alzó las solapas de su raido gabán, parte del habitual disfraz que usaba para representar a un tipo anodino y vulgar. Argucia esta que le permitía pasar inadvertido en la mayoría de los ambientes urbanos de la ciudad. Hacía frío. El húmedo aliento del Hudson le obligó a arrebujarse entre la gruesa ropa que vestía, mientras aceleraba el paso, intentando paliar los continuos escalofríos que le asaltaban.

En realidad, se hallaba completamente aterido de frío. Había permanecido varias horas vigilando la sede del SSD y ahora regresaba a pie hacia uno de sus refugios, después de haber dejado Staten Island en el último ferry.

Caminaba pensativo por Whitehall St. Por más vueltas que le daba al asunto, no lograba hallar las claves necesarias para elaborar un plan medianamente viable, que le permitiera llegar hasta el despacho del general O´Connell. Eran demasiados los obstáculos que había que superar en aquel edificio, convertido en un auténtico fortín inexpugnable.

Decidió cruzar por Stone St. y entrar en la Taberna de Murphy, con la intención de templar un tanto su entumecido cuerpo, con la ayuda de unos cuantos tragos de Whisky. Fue un acierto. El caldeado ambiente de su interior no tardó en reconfortar tanto su cuerpo, como su decaída moral.

Tras un par de vasos bien cumplidos del ardiente licor, reparó que su vecino de banqueta, un enorme negro, tan ancho como alto, se afanaba en devorar un hermoso pollo asado, bien servido con una abundante guarnición de magnífico aspecto.

Aquella visión le hizo sentir un profundo hueco en sus tripas y recordó, entonces, que durante todo el día, solo un perrito caliente, tomado con prisa al mediodía, había entrado en su estómago. Echó un vistazo a la pizarra donde estaba escrito a mano el menú de la casa y comprobó lo poco que había allí para elegir: Chicken cocinado de tres maneras distintas, Cheese and Vegetable Soup, Grilled Steak o Fish and Chips.

Decidió imitar a su vecino y pidió el pollo asado. Aquello tenía una pinta inmejorable y no era sensato arriesgarse a fallar con alguno de los demás platos.

Mientras consumía la sabrosa ave con buen apetito, no dejaba de pensar en el arduo problema que atormentaba su mente. Sabía que entrar en el despacho de O'Connell era indispensable para obtener las pruebas incriminatorias que necesitaba, a fin de acusar al general de los delitos que le había endosado a él. Solo así podría librarse de la persecución de todas las policías del Estado. Por fortuna, la extraña muerte del capo Rossano le había liberado de la amenaza que pendía sobre su cabeza, desde la muerte de dos de sus pistoleros, en el tiroteo provocado por los hombres de Homer, el esbirro de O´Connell, a buen recaudo en el refugio de Bob.

Pero...¿Cómo hacerlo? Tenía que descartar un ataque frontal a la sede del SSD. No contaban con el personal preciso, pues se necesitaría no menos de un par de docenas de hombres bien entrenados para intentarlo. La otra opción, realizar el asalto durante la noche, era más factible, pero ¿cómo evitar los numerosos controles dispuestos hasta llegar al despacho de O´Connell, aun contando con la forzada colaboración de Homer? Y una vez allí ¿quién abriría su infranqueable cámara acorazada?    

Imposible raptar al general como lo había hecho con Homer: Jamás salía a la calle sin una fuerte escolta y su coche era indestructible, al estar provisto de un poderoso blindaje. Por otro lado, su casa se había construido, también, como un bastión impenetrable.

Podía matarle, claro, pero eso, que quizás contara con la aprobación y el agradecimiento de Margaret, tampoco resolvía su problema personal. Cada vez estaba más convencido de que jamás encontraría una solución acertada trabajando por ese lado. Quizás fuera necesario replantear de nuevo el asunto y atacar por otro flanco menos protegido, investigando a sus compinches en las altas esferas del poder.

Tan enfrascado estaba en sus pensamientos, que se sorprendió al ver el plato vacío y advertir de que, casi sin enterarse, había dado buena cuenta de la comida. Pagó y salió a la calle.

De no estar tan absorto por todas aquellas reflexiones, quizás se hubiera percatado de que dos tipos de aspecto sospechoso no dejaban de observarle. Tan pronto Pieterf dejó la taberna, ellos salieron tras él.

Pieterf, que mantenía ese sexto sentido de superviviente aun en los momentos de mayor relax, se dio cuenta de que era seguido, tan pronto dobló la esquina de Stone con Broad St. Siguió por esta calle en dirección a Beaver St., importunado al comprobar que parte de ella se hallaba deficientemente iluminada, debido a varias obras que se estaban realizando en algunos edificios de sus dos aceras. Era evidente que iban tras él con la intención de asaltarle,  aprovechando la oscuridad y la soledad que envolvían la calle. Quizás eran solo una pareja de rateros que habían estimado tarea fácil atracar a aquel insignificante hombrecillo.

Se volvió al sentir la cercanía de los dos hombres tras él.

-¿Qué quieren? -dijo Pieterf con voz temblorosa.

-¡Venga viejo, la pasta! ¡Rápido! -exclamó uno de ellos, empuñando un largo cuchillo.

-¡No, por favor! ¡No me hagan daño! ¡Les daré lo que quieran! -La voz de Pieterf sonó impregnada de angustia y temor, mientras retrocedía un par de pasos.

El tipo del cuchillo insistió en su demanda, al tiempo que adelantaba el brazo que portaba el arma, acercándola al cuello de su víctima.

En ese instante, Pieterf agarró por la muñeca el brazo en el que su agresor portaba el cuchillo y dando un veloz giro lo volteó sobre su hombro. El codo del asaltante emitió un siniestro crujido, acompañado por el grito de dolor de su dueño.

-¡Ay, ay, ay! -se quejaba a grandes gritos, mientras se agarraba el antebrazo convertido en un colgajo- ¡Este cabrón me ha roto el brazo!

El otro agresor, tras unos segundos de vacilación, avanzó hacia Pieterf blandiendo una porra, con ánimo de terminar la faena que su compañero no había logrado ni siquiera empezar.

Una fuerte patada de Pietref, diestramente dirigida a los tobillos del segundo asaltante, le hizo caer al suelo. Otra, enviada a sus costillas con aun más violencia, le rompió varias. A continuación, un violento pisotón sobre una de sus rodillas le hizo revolcase por el pavimento, incapaz de soportar el castigo recibido. Sus gritos de dolor se unieron a los gemidos de su compañero.

-Qué, amiguitos ¿necesitáis más pasta? -preguntó Pieterf burlón- Si os apetece continuamos la sesión.

Pocas ganas tenían ambos de pelea. Pieterf ayudó a levantarse al caído y después contempló cómo se alejaban renqueantes.

-Esos se lo pensaran mucho antes de volver a intentar desbalijar a otro anciano -se dijo, esbozando una amplia sonrisa.

Caminó una milla más hasta su refugio en Chinatown, aunque lo hizo a través de calles algo más transitadas para evitar otro desagradable encuentro. No era problema. Manhattan es una de esas zonas de Nueva York de la que se dice que nunca duerme. Salvo unas pocas travesías, la mayor parte de las avenidas están concurridas por gentes que van o vienen a distintas ocupaciones unos, y a los más diversos y festivos entretenimientos otros. Las infinitas luces de sus edificios, siempre encendidas, lo confirman.

Pero no por eso dejó de cavilar sobre aquel tremendo problema que martirizaba su mente. Al día siguiente debía hablar con Margaret y Bob Bryan, pero aun no sabía qué decirles.  

lunes, 1 de diciembre de 2014

Capítulo XXXII


Cuando uno de los secuaces de Rossano entró en el despacho de su despótico jefe, un par de horas más tarde, una inmensa sorpresa le aguardaba. Gritó, alarmado, pidiendo ayuda, al ver a su jefe caído en el suelo y tieso más que un palo, pero nada pudo hacer el resto de pistoleros que acudieron a sus voces, salvo solicitar la ayuda de las asistencias.

Los médicos del Emergency Response diagnosticaron muerte natural, aunque condicionaron su dictamen al resultado de la reglamentaria autopsia, ante las extrañas circunstancias que rodeaban la muerte del capo. En efecto, nadie podía explicar el desorden que imperaba en la estancia, ni el origen de las pintadas que aparecían en la pared. Mucho menos, el motivo por el cual, el cadáver aparecía rebozado de pintura roja. Sobre todo, tras la declaración de varios testigos, asegurando que nadie había entrado en la habitación. En esto no cabía duda alguna, ya que la entrada, y todos los accesos posibles hasta llegar a la estancia, habían estado fuertemente vigilados durante todo el tiempo.

Nadie podía sospechar que hubiera alguien, como Bob y Margaret, capaces de entrar y salir de allí, sin ser vistos, con la mayor tranquilidad del mundo, gracias a los sofisticados equipos de ocultación que poseían.

La muerte de Rossano supuso un periodo confuso en el hampa de NY. agravado por la intervención de las autoridades de la City, que se vieron obligadas a tomar drásticas medidas en contra de la mafia, espoleadas por la prensa y la opinión pública, tras la escabechina en el Black Pearl,

Pero no duró mucho esa situación. Pronto los negocios mafiosos volvieron a su criminal normalidad, a pesar de que, tanto el alcalde, como el gobernador del Estado, trataron de impedir su actividad, aplicando en su acción todos los medios policiales y jurídicos a su alcance.

En efecto, la desaparición de Rossano encumbró a varios otros jefecillos que, tan pronto los luctuosos sucesos acaecidos en la ciudad perdieron actualidad, se repartieron más o menos amigablemente el negocio, al beneficiarse de que las redes de distribución y acopio de droga, así como las demás infraestructuras del crimen, se mantuvieron casi intactas.

El mismo Grosseto apenas se vio importunado por sus sangrientas maniobras. Cuando la policía llegó al Black Pearl, solo encontró muertos y moribundos de Rossano. Toda su gente había desaparecido, incluidos tres empleados que, aun sin conocer, ni tener nada que ver con los manejos ilegales de su patrón, salieron huyendo de allí y no se les ocurrió aparecer por aquel barrio en su vida, al no saber bien a quién temer más, si a los pistoleros del local, a sus enemigos o a la propia policía. Así, Grosseto halló vía libre para la expansión de sus negocios ilícitos en NY.

Fue, sin duda, el mayor beneficiado por la muerte de Rossano. La ciudad se hallaba "virgen" en el campo de algunos negocios ilegales, tales como el amaño de presupuestos en toda clase de obra pública, su adjudicación fraudulenta, el tratamiento ficticio y doloso de las basuras y residuos industriales, la coacción y fraude en los transportes, el blanqueo de dinero y otras muchas actividades económicas, situadas a caballo de la fina e imprecisa frontera que separa lo legal de lo ilegal, donde Grosseto se movía con admirable soltura y destreza.

Hasta entonces, esta peculiar labor venía siendo realizada por políticos   venales o poco escrupulosos, comisionistas, promotores y hombres de negocios dedicados a la especulación, todos ellos de forma limitada e inconexa y sin la conciencia de estar cometiendo un delito y sí un pingüe negocio, lógica consecuencia de su estimable habilidad y perspicacia.

Cuando Grosseto aterrizó en New York con toda su "tropa" y se vio libre de molestas rivalidades, le costó muy poco hacerse con el control de todos estos negocios. Creó una tupida red de colaboradores, al estilo de la que había organizado en Philadelphia, copiada de los nuevos sistemas impuestos por la camorra napolitana en sus ilegales trapicheos, y se apartó de las acciones violentas y criminales, tales como la extorsión, la droga, el juego y la prostitución, el violento campo de acción de Rossano. No es que le repugnara la violencia, solo que consideraba que debía aplicarse únicamente en casos muy concretos e inevitables.

Contaba con una gran experiencia y un buen entrenamiento en el manejo de toda clase de negocios ilícitos y clandestinos, al haberlos introducido, con buen éxito y durante años, en el Estado de Pensilvania. Era por esto, por lo que poco le apuró la resistencia inicial que halló en algunos "peces gordos" de NY. para cederle sus irregulares ganancias. Sabía muy bien cómo hacer frente a esas contingencias y de qué manera había que tratar esos casos y a esas personas.

-¿Qué noticias me traes de la Big Apple? -Grosseto estaba de muy buen humor cuando recibió la visita de Tony Capelo, su hombre de confianza en NY City, y no se recató un ápice en demostrarlo con efusión, mediante una amplia sonrisa, un alegre tono de voz y un afectuoso abrazo.

-Todas buenas. O casi todas. Seguimos avanzando en la implantación de nuestros intereses en la ciudad a un ritmo muy satisfactorio y, poco a poco, se va consolidando nuestra posición allí. Sin embargo, no todo rueda como deseamos. Hemos hallado alguna resistencia en ciertos estamentos de la administración municipal y estatal.

-Bueno, es natural. No esperaba otra cosa. Sin embargo, con la muerte de Rossano se fue nuestro mayor obstáculo. Cuéntame lo que haya.

-Hay un concejal del Borough de Brooklyn que nos esquiva y presiona a nuestros hombres del Council para que voten en contra de nuestros presupuestos. He probado a "entrarle" de varios modos sin éxito y ya no sé qué hacer.

-¡Ay Tony, Tony! ¡Cuánto tienes que aprender todavía! Atiende: Vas a enviarle un buen regalo. Pero un buen regalo de verdad ¿eh? Uno que no baje de 100.000 $. Si lo acepta ya es tuyo. Pero si lo rechaza, olvídate de él y busca aliados entre sus subordinados. ¿Está claro?

-Sí, sí, jefe. Pero así hice con un Senador y el fulano se quedó con el regalo y sigue sin favorecernos.

-¡Ojo! ¿Ese Senador es del Estado o Federal?

-¡Cielos, no! Pertenece al Senado del Estado de NY. Tengo muy presente que Vd. no quiere que nos metamos en asuntos federales.

-Bueno, no te preocupes. Ese tío es un cabrón ambicioso incapaz de mantener la palabra dada. No es de fiar y hay que neutralizarlo. Investiga sus puntos débiles, que seguro los habrá. Pero si no los encuentras, no hay cuidado, los fabricaremos hasta conseguir su descrédito. ¿Qué más?

-Tengo a dos asambleístas en el bolsillo, aunque poco negocio hemos conseguido a través de ellos.

-Y seguirás sin obtenerlo. Esos pájaros pintan poco. Céntrate en el Council de la ciudad. El presupuesto de la Alcaldía ronda los 78 mil millones de dólares y de ellos tenemos que llenar nuestro saco. Pero no te olvides de aquello que no dejo de repetiros. No queráis llevaros todas las ganancias. Dejad lo suficiente para que nuestros colaboradores estén satisfechos. La excesiva ambición acaba por resultar un mal negocio.

Con este paternal talante, continuó Grosseto aleccionando a su pupilo. Nadie diría que estaban tratando asuntos fuera de la ley. Muy al contrario, el orondo capo, dueño de una beatífica imagen, más propia de un experto y honrado repostero, daba la impresión de estar instruyendo a uno de sus allegados más queridos en los principios del buen transitar por el recto sendero de la vida.

-¿Y qué tal con la nueva sede? -acabó por preguntar a Tony Capelo.

-Muy bien. Fue una magnífica idea continuar en White Plains. A nadie se le ocurrirá buscarnos a tres cuadras del Black Pearl. El edificio es mucho mejor y las comunicaciones siguen tan apropiadas como antes.    

sábado, 8 de noviembre de 2014

Capítulo XXXI


Bob Bryan regresó a toda prisa al refugio de Hempstead, donde esperaba Margaret. Tan pronto llegó a la casa, ella le apremió para que detallara su propuesta de intervenir contra Rossano.

-¡Por fin! Estaba deseando entrar en acción de nuevo. Pero dime: ¿Qué propones?

-Vamos a dar un buen susto a ese bestia de Rossano. Es el momento ideal para aprovechar su merma de efectivos y sacar partido a su desastre en el Black Pearl. Hoy es nuestro día. Nunca será más vulnerable

-De acuerdo -asintió Margaret- ¿Cuándo vamos a por él?

-Ahora mismo, antes de que se reponga del descalabro de esta mañana. Revisamos a fondo los equipos de ocultación y nos largamos para allá a continuación.

Rossano se hallaba en una amplia, aunque algo destartalada, estancia de su cubil en Little Italy, en la que tenía instalado algo parecido a un despacho, uso que compartía con alguna que otra inconfesable actividad. A pesar de que disponía de una gran mansión en Sands Point, cerca de Port Washington, en Long Island, lugar donde residía gran parte de la gente con mayor fortuna de N.Y., era allí, en aquel abigarrado barrio, donde se sentía más a gusto y seguro.

Era su barrio, el lugar donde nació, protagonizó sus primeras pillerías y donde creció hasta llegar a reinar, con absoluto dominio, sobre las vidas y haciendas de sus habitantes. Gozaba con el ejercicio de aquel ilimitado poderío que le permitía experimentar una sensación tan intensamente embriagadora, como ninguna otra. No era mucho menor el placer que sentía al manejar con mano dura sus criminales negocios, empleándose con la misma férrea determinación del capitán de barco que dirige su arbolado navío, desafiando huracanes, bajíos, escollos y encalmadas, sin trabas que le frenaran, ni arredro por el daños sin cuento que ocasionaba.

Caminaba a grandes pasos por la habitación, nervioso y sofocado, hablando por teléfono a grandes voces, adornadas  con  gruesos improperios y airados aspavientos. La fallida expedición de castigo contra Grosseto le había dejado sin sus mejores hombres y trataba de reclutar nuevos pistoleros entre las "sucursales" de la Costa Este. Debía reforzar su tropa en la ciudad, a la mayor brevedad, antes de que aquel gordo del demonio intentara  golpearle de nuevo, aprovechando su actual debilidad.

De vez en cuando, empleaba el corto tiempo entre llamada y llamada para secarse el sudor de su frente y cuello, mediante bruscos y apresurados gestos, con el inmaculado pañuelo asomado al bolsillo superior del impecable traje que vestía, demasiado ajustado para resultar elegante .

Justo en el preciso momento, en el que Rossano alzaba, acalorado, sus voces más gruesas y una catarata de improperios caía sobre su interlocutor telefónico, tal vez por haberle contrapuesto algún "pero" a su demanda, algo muy extraño sucedió en aquella habitación.

De improviso, la base del inalámbrico que estaba usando salió disparado de la mesa en la que se asentaba y fue a estrellarse contra la pared de enfrente. La comunicación se interrumpió al hacerse añicos el aparato en cuestión.

-¡Pero que jo...! -el desconcierto impidió a Rossano concluir la frase.

Se acercó, indeciso, hasta donde habían quedado los restos de su flamante artefacto -el más caro que había en el mercado- y quedó allí, durante unos segundos, contemplándolos sin entender nada de lo que había sucedido.

En esa actitud se hallaba, cuando algo parecido a un velo le rozó el cogote. Se volvió, sobresaltado, pero allí no había nada ni nadie.

Su corazón, que ya había alterado su ritmo a causa de las anteriores broncas, comenzó a latir fuerte en sus sienes. Se dirigió hacia la mesa escritorio e, instintivamente, abrió el cajón donde guardaba una reluciente pistola automática. La empuñó, pero volvió a dejarla en el cajón. ¡Qué podía hacer con ella, si no había nadie en la estancia!

De pronto, unos toscos trazos de pintura roja, que asemejaba sangre, fueron apareciendo misteriosamente en la pared que había frente a él, hasta componer la palabra MURDERER.

Ahora sí. Aterrado, echó mano a la pistola y dio un salto atrás, haciendo caer la silla al suelo, mientras apuntaba su arma en todas direcciones. Duró poco en su mano. Un fuerte golpe en ella le obligó a soltarla, arrancándole, a su vez, un grito de dolor.

-¡Maldita sea! ¡Quién eres y qué diablos quieres de mí! -exclamó Rossano, al sospechar que aquellos misteriosos hechos estaban provocados por un mismo extraño ser, de índole sobrenatural y quizás de otro mundo.

En la misma pared, con idénticos trazos e igual pintura, fue apareciendo, letra a letra, este otro mensaje: REMEMBER CHRISTOPHER KEANE

Era ese el falso nombre que Joe Foster, el asesinado hijo de Margaret, usaba en New York.

Difícil recordar en ese momento a uno de los muchos tipos que había hecho matar, además de tantos otros que él mismo envió al otro barrio, pero una inmediata y copiosa corriente de adrenalina le ayudó a evocar la ejecución de aquel jovenzuelo que se pasó de listo y trató de engañarle.

No había duda. Se trataba de la misma ánima errante que presintió Oscar, el encargado del Red Lion. Ahora venía a por él con la intención de vengar su muerte.

Pero ¿por qué? -su cerebro trabajaba a la máxima presión y actividad- Sí, le había hecho matar, pero él se hizo merecedor de aquel castigo por su deslealtad y exceso de ambición. Además había sido una muerte rápida, sin causarle el más mínimo sufrimiento. ¿Qué podía tener este hombre contra él, para que quisiera vengarse, cuando no lo habían hecho ninguna de sus otras muchas víctimas?

Estos pensamientos le ocuparon apenas un par de segundos, porque, de repente, un chorro de pintura roja, la misma con la que se escribieron los dos rótulos y con su mismo aspecto de sangre humana, cayó sobre su pecho. Apareció de ningún sitio, de la nada, como por una aparente generación espontanea. Cubrió por completo la pechera de su traje, le salpicó el rostro y fue escurriéndose hasta caer goteando al suelo.

Horrorizado, trató de pedir auxilio a grandes voces, pero estas se quebraban en su garganta, atenazada por el terror que sentía, y no pudieron ser oídas por sus hombres. Y si las escucharon no hicieron caso. No era extraño. Durante toda la tarde, Rossano había estado dando gritos por teléfono y sus sicarios sabían muy bien que, cuando su jefe levantaba la voz de aquella manera, la prudencia aconsejaba guardar la mayor distancia posible con él.

Intentaba dirigirse hacia la puerta del despacho para huir por ella, cuando sintió como si un acerado puño le estrujara el pecho y un vivísimo e insoportable dolor se instaló en él. El espanto se adueñó de su rostro. Sus ojos se agrandaron hasta alcanzar un desmesurado tamaño y abrió su boca tanto como pudo, en un desesperado intento de aspirar el aire que faltaba en sus pulmones. Todavía trastabilló unos pasos en dirección a la puerta. Por fin, tras producir un ronco estertor de moribundo, dobló sus rodillas y cayó al suelo fulminado.

-¡Oye, este tío se ha muerto! -la voz de Margaret, que se mantenía por completo invisible, sonó en la estancia, revelando la identidad humana de aquella fantasmal ánima vengadora.

-Sí, sí -asintió Bob, poseído con  la misma invisibilidad que Margaret, después de un breve reconocimiento del cadáver- Está frito del todo. Parece que ha sufrido un infarto agudo de miocardio y ha palmado.

-Bien -concluyó Margaret- Su muerte ha evitado manchar mis manos con la sangre de este asesino. De cualquier forma, Joe, mi querido hijo, ha sido vengado.        

miércoles, 29 de octubre de 2014

Capítulo XXX


Cuatro potentes y veloces automóviles partieron de Little Italy y enfilaron la FDR Drive. Estaban ocupados por los doce pistoleros más fieros y sanguinarios del capo Rossano, además de los cuatro conductores y su lugarteniente Marko al mando.

Llegados al Bronx, tomaron la Bronx River Pkwy que habría de conducirles, directamente, hasta White Plains, donde Grosseto había instalado su central neoyorkina de negocios: el Night-club The Black Pearl, en el 107 de Mamaroneck.

El astuto Danny Grosseto no había elegido este local al azar. Muy al contrario, lo había seleccionado en una zona muy próxima a los límites de los Estados de New Yersey y de Connecticut. Esta situación le proporcionaba un buen escape, en caso de necesidad, además de una aceptable conexión con Philadelphia, a través de la Interestatal 95, una ruta segura, rápida y discreta.

Era temprano, las siete de la mañana, cuando la tropa de Marko llegó a las inmediaciones del Black Pearl. Era una buena hora para sorprender a los sicarios de Capelo, uno de los lugartenientes de Grosseto y el encargado de sus negocios en la ciudad de los rascacielos. En aquel momento las puertas de servicio se abrirían al personal de limpieza, mientras que los pistoleros de guardia estarían desperezándose. El resto continuaría durmiendo aun, arrullados por el exceso de alcohol en su cuerpo, debido a los reiterados tragos ingeridos durante su bronca labor de vigilancia y mantenimiento del orden, en las locas noches del Night-club. Además, habría que añadir, sin duda, el probable sueño perdido en atender los favores de una o varias de las golfas que revoloteaban por el local.

El Pearl disponía de un amplio parquin en una plazoleta interior, pero su entrada y salida se realizaban por un mismo estrecho callejón lateral, muy fácil de bloquear, por lo que decidieron dejar los coches aparcados en las dos calles trasversales anteriores al club, por seguridad y para no llamar la atención: dos en Martine Ave. y otros dos en Michel Pl.

Hecho esto, los trece hombres se fueron acercando al local enemigo en grupos de dos o tres individuos, con precaución y sigilo, tratando de pasar inadvertidos, tanto a los hombres del club como a los transeúntes. Aunque estos, en aquella hora y dado lo alejado del lugar, con muy pocas casas de vecinos, eran escasos o inexistentes en la práctica.

Dos de los asaltantes se colaron con rapidez por una estrecha puerta de servicio que permanecía abierta del todo. No tardaron en aparecer para indicar que habían encontrado vía libre y, en cuanto vieron la señal,  los restantes miembros de la banda descubrieron sus armas y se introdujeron en el edificio con la ferocidad y virulencia de fieras sedientas de sangre.

Aquella entrada conducía a tres puertas, a través de un estrecho pasillo. Dos de ellas estaban cerradas y daban acceso a la bodega y a la cocina, lugares donde la actividad comenzaría mucho más tarde. Con toda seguridad, no antes del mediodía. La tercera comunicaba con un amplio y alargado hall, donde estaba situado el guardarropa y un pequeño puesto para la venta de tabaco, algunos complementos para fumadores y unos cuantos objetos variados para recuerdo de turistas. En él se hallaba la puerta principal, adornada con abundante neón multicolor, que en ese preciso momento se encontraba cerrada y con sus llamativas luces apagadas. Al fondo, otra amplia puerta de batientes daba paso al salón principal.

Ya en el salón, una escalera descendía hacia el sótano, donde se hallaba instalada una discoteca con pista de baile, bar, algunas mesas y varios reservados. Otra escalera ascendía hasta la planta superior. En ella se encontraba la dirección del local y las habitaciones de los empleados, además de algunas otras estancias destinadas a distintos usos para el mantenimiento y adecuado funcionamiento del local.

Rossano había enviado varios hombres a espiar el Black Pearl la noche anterior, con el fin de conocer con detalle la distribución del local. Había que pillar desprevenidos a aquellos hijos de perra, condición primordial para conseguir dar el escarmiento que merecía el traidor y descarado  Grosseto y frenar su atrevimiento, de manera tal, que nunca jamás lo pudiera olvidar.

Sus secuaces, con Marko a la cabeza, se deslizaron con sigilo por el hall. Dos de ellos quedaron guardando la pequeña puerta de entrada, mientras otros dos se apostaron en la puerta de batientes que conducía al salón principal. Los nueve restantes se fueron introduciendo en él, portando  potentes linternas con las que alumbrarse, en busca de los previsibles pistoleros de guardia, para neutralizarlos y acceder, sin ruido, a la planta superior donde acabar con el resto de la banda.

Avanzaban despacio, silenciosos y con extrema cautela por entre unas cuantas mesas que rodeaban a un escenario lateral, cuidando de no tropezar con ningún obstáculo que pudiera alarmar a sus contrincantes.

Se hallaban ya en el centro de la extensa sala, cuando, de pronto, varios potentes focos se encendieron a la vez, convergiendo sus deslumbrantes luces sobre los asaltantes. Al mismo tiempo, una nube de proyectiles cayó sobre ellos, provocando un infernal estruendo con el estampido de sus detonaciones, portadoras de un aterrador mensaje de muerte.

Con la primera descarga, 4 ó 5 intrusos cayeron al suelo muertos o heridos de gravedad. El resto trató de hallar, con frenética desesperación, algún cobijo que les protegiera de aquella implacable ensalada de tiros.

Pero no era tarea fácil. Tony Capelo, tan astuto o más que su jefe Grosseto, sabía que los hombres de Rossano vendrían a por él y tenía preparado el lugar del encuentro con esmerado detalle. Había permitido la llegada de los asaltantes hasta el lugar dispuesto para la encerrona y allí, en el salón, instaló cuatro potentes focos para cegarles, mientras sus hombres, parapetados, les esperaban con sus armas automáticas listas. Además, había ordenado retirar la mayor parte del mobiliario, dejando solo el imprescindible para no levantar sospechas entre los asaltantes.

-¡Disparad a los focos! -ordenó Marko a sus hombres, con un potente grito.

Poco caso pudieron hacerle. Los disparos llegaban desde todas direcciones y, aquellos que habían logrado parapetarse detrás de alguna mesa, notaban tan cerca el roce de las balas, que estaban obligados a pegarse al suelo como lapas y agachar la cabeza contra él, al tiempo que trataban de protegerla con sus brazos.

Era un esfuerzo inútil. Uno a uno fueron cayendo muertos o malheridos. Solo Marko quiso vender cara su vida. Dio un salto fuera de la somera protección donde había hallado refugio y, dando un poderoso rugido, se lanzó a ciegas contra los pistoleros que tenía en frente. Disparaba como enloquecido su metralleta, mientras avanzaba con el ímpetu y la fiereza de un toro de lidia. Consiguió llegar hasta escasos metros de donde estaban parapetados sus enemigos, pero allí cayó acribillado a balazos.

Los cuatro pistoleros que habían quedado protegiendo la retirada de los suyos en las puertas fueron atacados por varios hombres de Capelo, surgidos de improviso por las otras dos puertas que habían hallado cerradas. Solo uno de ellos pudo eludir la agresión. A pesar de estar herido, corrió hacia los coches aparcados en Michel Pl., perseguido por dos contrarios. Estos llegaron antes de que pudieran escapar y acabaron a tiros con el herido y los dos chóferes.

Los dos conductores que esperaban en Martine Ave., al oír los disparos tan cerca y no ver aparecer a ninguno de los suyos, pusieron los coches en marcha y salieron de aquel lugar a todo el gas que daban sus máquinas. Rossano supo por ellos del nefasto resultado de aquella malograda incursión. En ella había perdido a sus mejores hombres.

Bob conoció la terrible contienda y el luctuoso resultado al finalizar la mañana de ese mismo día y le faltó tiempo para llamar a Margaret.

-Ha llegado el momento de que intervengamos también nosotros -dijo Bob, después de informar a Margaret con el mayor detalle que pudo.

lunes, 20 de octubre de 2014

Capítulo XXIX


El comisario Casado revisaba, aburrido, expediente tras expediente con tediosa parsimonia. Desde que Rodríguez abandonó el cuerpo, aquella comisaría ya no era la misma. Le faltaba la sal y pimienta que su buen subalterno imprimía en el cotidiano desempeño detectivesco, sin que nunca faltaran en sus acciones el desenfado, la gracia y el acierto que le caracterizaban. Echaba en falta, sobre todo, su inagotable y contagioso  buen humor, cualidad escasa en aquellas severas y adustas estancias de la comisaría

No era extraño, por consiguiente, que el comisario recibiera con agrado el anuncio de la visita de Rodríguez.

-¡Coño Rodríguez, dichosos los ojos! -exclamó, al tiempo que estrechaba su mano con verdadera efusión y afecto-  Pero, siéntese hombre y dígame: ¿Qué es de su vida?

-Pues por allí andamos, jefe -para él, el comisario Casado sería siempre su jefe-, haciendo lo que se puede -contestó, alargando un brazo para dejar al alcance del comisario una tarjeta de visita.

El comisario la tomó y pudo leer:

Agencia Rohen

Luis Rodríguez y Helen MacAdden

Detectives privados

(Direcciones y teléfonos)

 

-¡Estupendo! ¡Cuánto me alegro! Pero oye, esta tal Helen...no será tu enlace en Nueva York ¿eh?

-En efecto, jefe: la misma que viste y calza. Vino de vacaciones a verme y le gustó tanto España que decidió quedarse...Entre nosotros, y sin presunción por mi parte, le diré que también yo algo tuve que ver en su decisión.

-¡Ja, Ja! -rió de buena gana el comisario- de eso tampoco yo tengo la menor duda. Pero, cuéntame cómo fue que montasteis este negocio y qué tal os va.

-Pues todo vino rodado. Helen es una excelente detective y yo...¡pa qué decirle! Ya me conoce. El caso es que hablamos, discutimos y después de pensarlo mucho, nos establecimos. Sopesamos  las opciones de hacerlo en los EE.UU o en España y por fin decidimos abrir la agencia en Madrid. De momento el negocio nos va bien aquí. No sé...quizás más adelante hagamos una prueba en América, pero por el momento estamos contentos de cómo se va desarrollando el negocio en España.

-Muy bien, Rodríguez, aunque tendrás que advertir a tu socia que aquí las cosas de la profesión son bastante diferentes a las de su país. Por cierto, noto que vas armado. Ten mucho cuidado con soltar un tiro porque te puedes meter en un lío enorme.

-¡Qué me va a contar, jefe! En este puñetero país las armas solo están bien vistas en las manos de los bandidos. Y la gente decente que se fastidie y quede a su merced. Pero no se preocupe: tengo licencia de armas, aunque ésta -dijo mostrándola- es simulada, solo para impresionar

-Haces bien. Pero dime ¿qué clase de clientes tienes?

-De todo un poco. Trabajamos mucho con las compañías de seguros, bancos, laborales, e informes personales. Nada importante. Pero escuche jefe, si Vd. tiene algún caso que le trae de coronilla, llámeme que yo se lo resuelvo.

-¡Ay Rodríguez! Si mis jefes se enteran que he dado un caso a una agencia privada, me echan de aquí a patadas. Dirían: ¡Privatizar un servicio público como este! ¡A dónde vamos a parar!

-¡Ah, no! Eso sería entre Vd. y yo. A los demás les pueden dar mucho por donde Vd. ya sabe. No, no. Mire, de verdad, con toda confianza, en cuanto tenga un caso que le escueza, me llama que yo le ayudo a resolverlo.

-Bueno, bueno. agradezco tu ofrecimiento. Lo que me extraña que no te hayas decidido a marchar a Nueva York, con lo bien que te lo pasaste allí.

-Pues mire jefe, tentaciones no faltaron, pero la verdad es que como en España no se vive en ningún sitio, a pesar de que haya tantos hijos de mala madre que traten de estropearla. Esta mañana, sin ir más lejos, pasaba por delante de "El Brillante" de Atocha y se me ha ocurrido entrar. Me he arreado un bocata de calamares que no se lo salta un gitano ¡Divino, oiga: una gozada! ¡Cosas como estas, de verdad, no las hay en el mundo entero! Y no le cuento el gustazo que se dio Helen, hace poco, ante el maravilloso espectáculo de un monumental cocido de tres vuelcos en "La Taberna". Se puso como el hijo del esquilador de mi pueblo.

Rodríguez y su antiguo jefe continuaron con su animada charla durante una hora, bien cumplida, antes de afrontar la inevitable despedida. Lo hicieron con la misma efusión e idéntico afecto con que se saludaron en su reencuentro. Quizás el caprichoso destino les obligue a unirse de nuevo en algún futuro episodio, atrapados ambos en el misterio de un enrevesado y peligroso lance. ¿Quién sabe...?

Mientras, New York ardía a causa de una cruenta guerra entre clanes del crimen organizado.

Franky Rossano se hallaba a punto de reventar de ira, tras recibir la noticia del asalto a su transporte de dinero. Era el segundo ataque directo que recibía, antes de darle tiempo a dar adecuada respuesta al primero, y algo así no le había sucedido nunca en su larga vida de matón. Franky se había encumbrado en el oscuro mundo de la prostitución, la droga y el juego, apoyándose en la fuerza bruta, la represión más sanguinaria y el crimen,  mucho más que en otras cualidades más sutiles, como la astucia o la inteligencia, habilidades de las que andaba bastante escaso.

Su fiel compinche y lugarteniente Marko no le iba a la zaga, en cuanto a crueldad y salvajismo.

-Jefe, no podemos dejar sin castigo este nuevo ataque de los hombres de Grosseto. Y tenemos que hacerlo ya, sin pérdida de tiempo, si queremos que se nos respete.

-¡Maldita sea tu estampa, Marko! ¡Solo me faltas tú para encenderme aun más! -gritó Rossano- ¡Pero estás seguro de que todo esto es obra de Grosseto!

-¿Quién si no? Aquí ya no queda nadie más que pueda hacernos sombra.

-¡Joder, joder! ¡No, joder! En el Red Lion, la mayor parte de los disparos partieron de los balconcillos de arriba y los hombres de Grosseto se hallaban en las mesas de abajo. ¡Te dije que investigaras ese asunto del fantasma que vio Oscar!

-Mire jefe, hay que dejarse de historias. Estoy seguro que todo esto es cosa de Grosseto. Lo primero es acabar con estos hijos de perra y luego ya se verá.

A Marko le costó muy poco convencer a Franky para organizar una expedición de castigo al cubil de Grosseto en New York: el Night-club The Black Pearl, en Mamaroneck, regentado por Tony Capelo.

Sin embargo, en este caso, la fuerza bruta no iba a ser suficiente. La oronda figura de Grosseto -era poseedor de una hermosa panza que hacía buen honor a su nombre- enmascaraba a una personalidad colmada de astucia, viveza e ingenio, que le habían conducido a moverse con soltura por entre las intrincadas sendas de los negocios al margen de la ley, o en su frontera, hasta llegar a dominarlos. Y su acólito Capelo era un alumno muy aventajado.  

viernes, 17 de octubre de 2014

Capítulo XXVIII


-¡Bueno, bueno, amiguito! Por fin te has decidido a cantar. Me alegro, has tomado una sabia decisión -rompió así Pieterf el silencio que inundaba el lóbrego recinto, donde un Homer, semi desfallecido, hambriento, cercano a la deshidratación, enflaquecido, maloliente y mostrando un aspecto general lamentable, había resistido una semana entera, colgado de un gancho del techo por las muñecas, con un mínimo apoyo de sus pies en el suelo.

Ante el prisionero se hallaba Pieterf, a cara descubierta y despojado del disfraz -uno de los mejores entre los muchos que poseía, por cierto- con el que había dado caza a Homer. A su lado, presenciaban la escena Bob y Margaret, encapuchados ambos por recomendación de Pieterf.

-¡Eres tú, hijo de la gran zorra! -gritó Homer al reconocer a Pieterf.

-¡Claro! ¿Qué esperabas? ¿Pensabas que era fácil librarte de mí? Deberías haber echado una ojeada a mi expediente antes de intentar acabar conmigo. Lo que me extraña es que el cerdo de tu jefe no te haya informado del peligro que encierra acosarme. Eso me pone de muy mal humor y cuando yo me enfado mis enemigos corren el riesgo de acabar muy mal.

-Yo solo era un mandado que debía cumplir las órdenes del general -se justificó Homer, algo más amansado.

-Bien, pues ahora vas a cumplir las mías. Cuéntame todos los planes de O´Connell y las acciones delictivas que haya ordenado, y tú conozcas, desde la A a la Z.

-Sí, claro ¿Y qué voy a ganar yo con eso? -preguntó Homer, mostrando un último rasgo de su perdida arrogancia.

-Tu asqueroso pellejo -contestó Pieterf, escupiendo sus palabras, para hacer bien patente el desprecio que sentía por aquel mal bicho- Mira, de la cárcel no te salva nadie, pero si colaboras puede que hagamos la vista gorda en alguno de tus delitos y te libres de la perpetua. Pero, allá tú. Ya has conocido en esta semana lo qué te espera si te niegas.

Convencido Homer de haber perdido aquella partida, sin ninguna carta más que jugar, ni esperanza de recibir ayuda exterior, rindió por entero su voluntad a sus captores y durante dos largas horas estuvo vomitando los oscuros e inmundos tejemanejes de su infame jefe. Hecho esto, permitieron que se adecentara algo y, tras proporcionarle comida y bebida, consintieron que se acostara en un sencillo catre, bien amarrado a él por seguros grilletes y fuertes cadenas

Más tarde, Pieterf, Margaret y Bob discutían los resultados de la sesión.

-¿Estáis seguros de que este bestia estará de acuerdo en ir a la Corte para declarar? -preguntó Margaret.

-Su declaración no es suficiente -aseguró Bob- Deberemos encontrar pruebas que confirmen su testimonio. Sin ellas es inútil presentarlo a la fiscalía, pero una vez que las obtengamos no le quedará más remedio que declarar contra su jefe. Será su única oportunidad de salvar la piel.

-Sin duda -asintió Pieterf-. Lo malo es que esas pruebas se encuentran en la sede del SSD en Grymes Hill. Para hacernos con ellas tendríamos que asaltar sus oficinas y eso no es asunto fácil. La anticuada apariencia del edificio envuelve y oculta a un moderno y sofisticado complejo de estancias, corredores, elevadores y despachos, fuertemente protegidos con las últimas técnicas de vigilancia.

-Pero tú conoces bien todo eso -insinuó Margaret-, algo se te ocurrirá para poder entrar allí.

-No sé...Lo ideal sería acudir de noche y reducir a los vigilantes, pero aun así no dispondríamos de las claves de entrada a los departamentos y despachos. Las de Homer no sirven. Habrán sido desactivadas al hallarse desaparecido y de las mías para qué contaros. Además, por lo que yo sé y  Homer ha confirmado, la información sensible o clasificada se encuentra en la cámara acorazada instalada en el despacho de O´Connell y recuerdo que éste se ufanaba de que no había hombre en la tierra capaz de abrir su caja fuerte.

-¿Y no habría modo de desconectar los módulos de apertura y cierre de comunicación interior? -preguntó Bob, al que no le eran extrañas situaciones como estas, debido a  sus muchos años de intenso servicio  como agente especial del gobierno.

-¡Uff! -resopló Pieterf- La seguridad en las puertas de los departamentos, ascensores y despachos está establecida mediante la combinación de teclados, tarjetas magnéticas y lectores de huellas digitales en uno o los cinco dedos, según los distintos niveles de protección requeridos. Todo esto está complementado con varios sistemas de alarma operados por sensores térmicos, de movimiento, electrónicos contra la manipulación de los aparatos, cámaras y rayos laser.

-¡Vamos, dilo de una vez! -exclamó Margaret- Es imposible entrar allí ¿no?

-No diré tanto. Imposible es una palabra que no me gusta, aunque hay que reconocer que es una misión muy complicada. Sin embargo, tenemos que idear la forma de hacerlo. Sin conseguir pruebas sólidas que incriminen al general y a sus poderosos compinches, de nada nos sirve este animal de Homer. Dejadme unos días para pensar en algo viable. Luego hablamos.

En cuanto Pieterf abandonó la casa de Bob, este no perdió tiempo en comunicar a Margaret las negativas sensaciones que había  percibido durante la  anterior conversación. En realidad, seguía manteniendo un cierto resquemor o desconfianza hacia él, alimentado más por los celos que le producía la impresión personal de un presunto y progresivo acercamiento afectivo entre Margaret y Pieterf, que por cualquier otra causa real

-Sospecho que Pieterf no está por la labor de asaltar la sede de la SSD.

-¿Por qué dices eso? -replicó Margaret, sorprendida- No me parece que sea el tipo de hombre que se arrugue ante cualquier dificultad.

-Llámalo intuición, si quieres, pero esa fue la impresión que saqué al oírle acumular tantas trabas y dificultades en la descripción que hizo de las oficinas del SSD.

-Mira Bob, conozco a los hombres mejor que nadie y te aseguro que si no asaltamos el cubil de O'Connell, será porque tiene un plan mejor, no porque no se atreva. Así que esperaremos sus propuestas tal como hemos acordado.

-Como quieras, pero ya verás como ese trabajo acabaremos por tener que hacerlo tú y yo -termino así la discusión Bob, que no estaba dispuesto a dar su brazo a torcer.

Al día siguiente, las noticias de la mañana en la NYC TV daban cuenta de un enfrentamiento armado entre dos bandas rivales en el Distrito 5º. Tres muertos y cuatro heridos de diversa gravedad había sido el resultado de la pelea.

Informaciones posteriores obtenidas por Bob Bryan entre sus amplios  contactos, tanto en la policía como en los bajos fondos, les dieron a conocer los detalles de la refriega.

Varios pistoleros de Danny Grosseto habían tendido una emboscada a un transporte de dinero sucio, cuando se dirigía al cuartel general de Franky Rossano en Little Italia. Tanto los muertos, como los heridos, eran gente de Rossano. Los hombres de Grosseto habían desaparecido tras apoderarse del botín, sin que se conocieran sus bajas, en el caso de que las hubieran tenido.

-Nuestro trabajo comienza a dar sus frutos. ¡Ojala no quede ni rastro de esa gentuza en la ciudad! -exclamó complacido Bob, al tiempo que, a su lado, Margaret asentía.      

martes, 19 de agosto de 2014

Capítulo XXVII


Los hombres de Grosseto huyeron del Red Lion como alma que lleva el diablo, celebrando la suerte de haberlo conseguido con solo pequeños rasguños y convencidos, al mismo tiempo, de haber sido objeto de una traicionera trampa urdida por el capo Rossano.

A Tony Capello, uno de los lugartenientes de Grosseto y encargado de sus negocios en New York, le faltó tiempo para comunicar los hechos a su jefe, que se encontraba en la sede central de la banda, en Philadelphia.

-¿Cómo ha ido la reunión? -preguntó Grosseto, en cuanto recibió la llamada de Tony.

Desde que recibió la invitación de Rossano para hablar de negocios, a través de un sospechoso e-mail, en el que precisaba lugar, día y hora, Danny se hallaba expectante, con sus orejas de lobo estepario bien tiesas, cavilando sobre la proposición de su rival y las verdaderas intenciones que le habían movido a organizar aquel encuentro. A última hora, decidió enviar a Tony Capello en su lugar, protegido por cuatro de sus hombres, en previsión de alguna desagradable sorpresa.

-Era una trampa, jefe, y hemos salido de ella de puro milagro. Tenía razón cuando nos advirtió que tuviéramos cuidado.

-Bueno, esto tenía que llegar. Rossano ha decidido declararnos la guerra y la va a tener como no imagina. Él es más fuerte allí, pero también está más expuesto, debido a su mayor volumen de negocio. Es hora de estar vigilantes. Debemos replegarnos y hacernos fuertes en los lugares de mejor defensa para estudiar sus puntos débiles. Le daremos fuerte en donde produzcamos más daño. El próximo golpe corre de nuestra cuenta.

Grosseto dominaba el delito organizado en varios Estados del centro de EE. UU, aunque sus negocios más rentables se hallaban en Pensilvania, distribuidos entre su capital, Harrisburg, y Philadelphia. En el South Philly de esta última ciudad, donde habitaba el mayor núcleo de población italiana de la nación, después de N. Y., reinaba Grosseto, sin competencia ni nadie que osara hacerle frente.

Había modernizado sus estructuras, al estilo de la Camorra napolitana, y se servía de una tupida red de colaboradores, muchos de ellos sin sospechar que trabajaban para la mafia, en todos los estamentos del Estado. Esta estrategia le permitía licitar con ventaja en los proyectos de construcción, obras públicas, transportes, basuras y residuos tóxicos.

Sin embargo, desde la llegada de la profunda crisis económica de 2008, el transporte, la construcción y las obras públicas habían sufrido una notable reducción en su volumen de negocio, por lo que el astuto capo trataba de intervenir con nuevos negocios en otros Estados de la Unión.

Como el norte, con Chicago y Detroit, y el sur, con Nueva Orleans y Miami eran territorios prohibidos al estar ocupados por bandas de excepcional poderío, Grosseto decidió intervenir en la cercana ciudad de N. Y. con la esperanza de que la enorme dimensión de la urbe enmascarara su labor, hasta lograr un asentamiento potente y consolidado.

Además necesitaba hacerse con urgencia de lavanderías -así llamados los lugares donde se blanqueaba el dinero negro- en un lugar mayor y menos expuesto que Philadelphia. A tal fin, había ido adquiriendo algunos bares, heladerías, pequeños restaurantes y hoteles, estratégicamente asentados en la periferia de la Gran Manzana, tras situar su central de operaciones en un modesto Night-club, el Black Pearl, en Mamaroneck Ave. En aquel lugar, Grosseto había colocado a Tony Capello al frente de su nuevo tinglado.

Pero Rossano ya había detectado la intrusa actividad de los hombres de Grosseto y los tenía bajo estrecha vigilancia, dentro del punto de mira de sus armas. El desconcertante e inesperado asalto y robo del Red Lion había provocado en el todo poderoso capo toda clase de sensaciones, desde alarma y recelo, hasta rabia e incontenibles deseos de venganza.

Al mismo tiempo, también en Macdonall St. de Hempstead se estaba produciendo una animada y esclarecedora conversación sobre los sucesos acaecidos en el Red Lion.

-¡Ja, ja, ja! -reía con ganas Margaret- Esta vez nos hemos divertido a lo grande ¿eh Bob?

-Apuesta todo tu dinero al sí -asintió Bryant- En toda mi puñetera vida de agente especial, jamás había intervenido en algo tan cómico, desbaratado y esperpéntico. ¡Qué gozada! Fue un desconcierto total: nadie sabía lo que estaba ocurriendo y, menos aun, de dónde venían los tiros. Desde luego, estos equipos de ocultación de William son una maravilla. ¡Vaya logro! Lástima que no le dieran tiempo para utilizarlos.

-Nosotros lo haremos por él -afirmó decidida Margaret, aunque en seguida continuó su charla con un tono de voz algo menos rotundo- El caso es que, en cuanto entré en el despacho del encargado del local, tuve la impresión de que me veía. Giró su mirada hacia mí y puso unos ojos como platos. Fue como si viera llegar a un fantasma.

-No, no te pudo ver. Él notó esa ligera distorsión de la imagen que se produce en el holograma con nuestro movimiento. Sobre todo a tan corta distancia. Pero seguro que todavía se está preguntando qué es lo que vio. Y...¡oye! me acabas de dar una idea genial: con lo supersticiosos que son estos latinos y un poco de arte, bien podríamos pasar por fantasmas.

-¿Estás de broma? ¡Vaya ocurrencia! Tengo la impresión de que la juerga de tiros de hoy han despertado en ti algún escondido y olvidado deseo de diversión. Recuerda que estamos metidos en un asunto muy serio y nos enfrentamos a gente muy peligrosa, que no suele andarse con bromas a la hora de resolver sus problemas por la vía rápida.

-Todo eso es cierto, pero ahora mismo gozamos de una posición estratégica envidiable. La jugada de enfrentar a los dos clanes nos ha salido perfecta y así hemos logrado encender la mecha de una dura y explosiva guerra de desgaste que nos evita cargar con el penoso trabajo de hacer sangre. Sin embargo, necesitaremos seguir interviniendo para mantener el actual desconcierto y, al mismo tiempo, debemos evitar que puedan identificarnos.

-¿Y pretendes que ese papel lo asuma tu "fantasma"?

-¡Correcto! -afirmó Bob Bryant, rotundo- Te repito que esta gente es capaz de creer en cualquier cosa. Son tan supersticiosos e imaginativos que cuanto más extraño sea un suceso, más inclinados están en creer en su origen sobrenatural. Te lo aseguro: con nuestros equipos y un poco de teatro por nuestra parte, podemos llevar a cabo nuestro plan de castigo a Rossano a la perfección y, de paso, divertirnos como nadie.

-Me acabas de convencer -concedió Margaret, dando fin a la discusión.

Durante el resto del día, ambos amigos emplearon su tiempo en planear el próximo paso en su lucha contra el sanguinario capo, responsable del infame asesinato del hijo de Margaret, Joe Foster, más conocido como Christopher Keane y, también, como Joan Cockoyster.

Era tarde ya, cuando sonó la alarma instalada en el sótano donde tenían recluido a Homer, el siniestro sicario del general O´Connell.

-¡Vaya, el pájaro ha decidido cantar! -exclamo Bob- Avisa a Pieterf.