miércoles, 5 de marzo de 2014

Capítulo XIII


El teléfono sonó insistente sobre la mesa del espléndido despacho del Director Ejecutivo, en las oficinas de la influyente y poderosa sociedad ServiPiX, SA.

-¿Quién llama? -la voz resonó grave y potente en la estancia. Era el tono de alguien acostumbrado a mandar y a conseguir todo lo que se proponía, sin reparar en medios, obstáculos ni daños colaterales a segundas o terceras partes.

-Gracias, páselo -dijo, tras recibir de su secretaria la identidad del comunicante.

De nuevo el tono de su voz sonó cortante y frío. Aquel "gracias" no era una cortesía, sino el complemento de la orden. Quería decir: Corte el rollo y páseme la comunicación de una vez.

-Sí, soy yo -y continuó sin permitir articular palabra a su interlocutor- Mira Barral, estoy hasta las mismísimas narices de ti y de tu jodida agencia de mierda. Llevo una semana esperando noticias de Márgara Fuster y no puedo esperar más. Vente inmediatamente al despacho y hablamos.

Sin más palabras, cortó la comunicación, posando el aparato en su base con un violento golpe. Después de permanecer pensativo durante unos momentos, alzó de nuevo el teléfono y llamó a su secretaria para reclamar la presencia en su despacho de su ayudante en operaciones especiales.

Hecho esto, dejó su espectacular asiento, dio unos pasos y se plantó ante una de las amplias balconadas del despacho, tendidas sobre el Paseo de Gracia. Detrás de los cristales miraba sin ver el trafago del concurrido bulevar, absorto en la reflexión de aquel desgraciado negocio, que se resistía a tomar cauce y amenazaba con acabar metiéndole en un gran lío, con resultados catastróficos muy difíciles de prever y de evaluar.

-¿Da su permiso, patrón? -la pregunta detuvo sus negros pensamientos. Era su fiel ayudante en operaciones especiales que acudía a la cita. Lo de "especiales" era un eufemismo. En realidad, de "especiales" solo tenían el hecho de estar fuera de cualquier norma o ley, ya fuese esta autonómica, estatal o internacional.

-¡Ah, sí, Diego! Pasa y siéntate.

El hombre obedeció, acomodándose en el asiento con la familiaridad del cómplice, aunque sin olvidar el respeto debido a su poderoso jefe. Era un tipo fornido, de regular estatura, muy moreno de piel -seguramente hispano- de facciones redondeadas pero con una mirada fría e inquietante de hombre de quien conviene cuidarse. Vestía prendas caras aunque de dudoso gusto, que acababan por resultar vulgares en él.

-Me temo que estamos metidos en un gran lio -aseguró Carles Camp i Fulleda.

El tal Carles, todopoderoso Director Ejecutivo, era un hombre de mediana edad -rayaría los cincuenta-, de buena altura, que ofrecía un saludable aspecto deportivo, gracias a una figura proporcionada, sin gramo de grasa, y a un perfecto bronceado de su piel, allí donde no cubría la impecable vestimenta que portaba, adquirida, con toda seguridad, en algún establecimiento de alta exclusividad. Remataba su excelente planta una hermosa cabellera, clareada breve y elegantemente en sus sienes, donde se adivinaban los frecuentes cuidados de un peluquero de mucho nivel profesional y alta minuta.

-Sí, patrón -asintió su ayudante- Desde que en el Govern han entrado los del otro bando, nuestros amigos andan haciéndose los locos, como si no hubieran matado a una mosca en su vida. Creo, patrón, que vamos a tener que dar algún escarmiento a más de uno. Es mucho el dinero que les hemos hecho ganar para que ahora se hagan los inocentes.

-¡Bah, no te preocupes! Esos politiquillos son así. Ahora están temblando de miedo, temiendo que alguien levante alguna alfombra, y salga a relucir lo que no desean. No hay problema, pronto pasarán estos primeros días de desconcierto y todo volverá a ser como debe. Además, ya sabes que tenemos contactos en las dos partes. Actuaremos en uno u otro sentido, según nos convenga.

Carles hizo un gesto con su mano derecha como apartando algo fastidioso y continuó:

-Pero no era de esto de lo que te quería hablar. El asunto de los bonos diferenciales está a punto de estallarnos en las manos. La zorra de Márgara Fuster no contesta a mis llamadas y nos ha dejado con el culo al aire. Puse a trabajar a Barral para localizarla, pero llevo toda la semana sin noticias. Hace un rato le he citado aquí. Ya no puede tardar.  Espero su llegada de un momento a otro.

No se equivocaba. En ese preciso instante, apareció la sufrida secretaria anunciando la visita de Barral, propietario y director de la Agencia de Detectives Barral, SL.

-¡Vamos, Barral! ¡Qué collons pasa con la Fuster! ¡Te dije que era un asunto grave y urgente dar con ella, y llevo una semana sin noticias! ¡Digue´m d´una puta vegada qué cons passa!

-Lo siento, Carles, pero esa mujer ha desaparecido. Un agente mío la citó en unos almacenes para llevártela y desde entonces no se ha vuelto a saber nada de ella.

El detective captó un violento gesto de desagrado en su interlocutor y se apresuró a continuar:

-Hasta hoy no habíamos conseguido ninguna pista sobre su paradero, pero esta mañana hemos sabido, gracias al soplo de un contacto en la policía de Madrid, que allí tienen la sospecha de que ha viajado a Nueva York con nombre supuesto.

-¿Y tienes los huevos de venir a decirme esto a mi cara? ¿Cómo es posible que ese agente tuyo de mierda la pusiera sobre aviso, en vez de echarle mano y traérmela aquí a rastras? ¡Y... digue´m, collons! -explotó al fin Carles, furioso e indignado- Perquè dimonis no tens ja a un home buscant-la a Nova York!

-Eres injusto, Carles. Tú sabes que no reparamos en nada, con tal de servirte lo mejor posible en todos tus asuntos, pero no me pidas que vayamos a Nueva York. Allí no tenemos licencia ni corresponsalía. ¿Qué crees que haría en esa enorme ciudad un hombre de la agencia sin contactos, conocimientos ni apoyos? Nada.

Las voces, juramentos e improperios del poderoso hombre de negocios, Carles Camp i Fulleda, llenaron el lujoso e insonorizado despacho, para proclamar, con rabia y desesperación, la desgracia de tener que sufrir y soportar, a su alrededor, a tanta gente estúpida, necia e incompetente.

-Déjelo, patrón -intervino Diego, su siniestro esbirro, que hasta entonces no había abierto la boca- Yo me ocupo. Mañana estaré en Nueva York trabajando con nuestros socios. Si esa mujer está allí, yo la encontraré.   

 

martes, 21 de enero de 2014

Capítulo XII


El lujoso apartamento de Joe estaba situado en un exclusivo condominio, construido en el norte del Upper Side, muy cerca de Los Cloisters. La dubitativa Helen y el empecinado Rodríguez llegaron ante el edificio pasada la media noche. La calle estaba medianamente iluminada y no había tráfico.

-Aquí no te va a ser tan fácil entrar en el edificio. Estos condominios suelen tener vigilancia las 24 horas y disponen de circuitos cerrados de televisión con cámaras en todos los pisos y escaleras.

-Hay que entrar -dijo Rodríguez, decidido- ya me las arreglaré.

-Bueno, en fin. Voy a ayudarte... y que sea lo que Dios quiera -se avino Helen con resignación, al tiempo que enfundaba su cabeza con una negra capucha- Mientras yo reduzco al vigilante, tú te encargas de registrar el apartamento. Y ponte esta otra máscara, por favor, no vayas a salir en alguna cámara oculta.

Salieron del coche y se dirigían ya al edificio, cuando, al mirar hacia la cuarta planta, el apartamento de Joe, alcanzaron a ver una ráfaga de luz que iluminaba, por un momento, una de las ventanas.

-Damn´t! -exclamó Helen- ¡Hay alguien en el apartamento!

-¡Venga, vamos a detenerlos! -decidió Rodríguez entusiasmado- Hoy es nuestro día de suerte.

-Stop bothering me! ¡Quieres escuchar, joder! -Helen estaba desesperada- ¡Que no podemos! ¿Cómo quieres que te lo diga? No podemos ni estar aquí.

-¡Pero es una oportunidad de oro para esclarecer este asunto! por fin tenemos algo en que agarrarnos.

-¡Es igual, maldita sea! -casi gritó Helen- ¡No podemos y se acabó!

-Quizás tengas razón -concedió al fin Rodríguez, aunque de muy mala gana- Se podría armar un follón de mil demonios. Bien, vamos a esperarlos en el coche y cuando salgan los seguiremos discretamente. Eso sí que podemos hacer ¿no?

Helen aceptó con un meneo de cabeza pero sin pronunciar palabra.

Casi dos horas después, aparecieron por el brillante portal dos oscuras sombras que se deslizaron hasta un potente coche aparcado como diez metros más allá.

-Espera a que arranquen y sal despacio, con las luces apagadas, hasta el primer cruce -advirtió Rodríguez- y pégate a la acera para que no te vean.

La maniobra surtió efecto y consiguieron llegar hasta la DFR Dr, ya con buen tráfico, sin hacerse notar.

-Voy a acercarme un poco para leer la matrícula -dijo Helen.

-No, es mejor no arriesgarse. Esa matrícula no nos servirá de nada. Será falsa 100%. Seguro -afirmó Rodríguez.

A pesar de la precauciones tomadas por los dos agentes, de improviso, el coche que perseguían hizo una extraña maniobra y salió disparado hacia delante.

-¡Me cago en la leche! ¡Nos han descubierto! - masculló Rodríguez- ¡Tira, tira y no los pierdas!

Se estableció una endiablada carrera de los dos coches, sembrando el pánico entre los demás automovilistas que circulaban por la autovía.

No duró mucho. A la altura del Yankee Stadium, los fugitivos saltaron la mediana y dejaron la autovía por una entrada. Después sortearon con una habilidad circense los coches que les venían de frente, enfilaron el puente de llegada al Bronx y se perdieron en el populoso barrio.

-Los perdimos -se lamentó Helen.

-Bueno, pero hoy hemos adelantado bastante. Mis sospechas se han confirmado y ahora se abrirá una nueva vía en la investigación. Además conocemos la marca y características del coche de los sospechosos.

-Pero, ¿tú sabes la cantidad de coches de esta marca que habrá en New York? Será como buscar una aguja en un pajar...si me hacen caso y se autoriza la búsqueda.

-No creo que haya demasiados. Es una marca europea de alta gama. El color y los extras exteriores que pudimos ver reducirán el campo de búsqueda. Y te harán caso ¡ya lo creo que lo harán! Dile a tu jefe que hemos sufrido una persecución y verás como mueve el culo el departamento entero. Ahora es inútil volver al apartamento, esta gente era profesional y no habrá dejado nada sin revisar.

Helen le miró y, en aquel momento, se dio cuenta de que el hombre de apariencia vulgar que tenía delante escondía, en su interior, una personalidad mucho más aguda, experta y calculadora. En verdad, no era tan tonto cómo parecía, se dijo.

A la mañana siguiente, muy temprano, Rodríguez hablaba con su jefe, el comisario Casado, como todos los días.

-¿Qué hay de nuevo, Rodríguez? -preguntó de entrada el comisario.

-Bueno, algo se pudo avanzar ayer. Nuevas investigaciones -ni por un momento se le pasó por la imaginación a Rodríguez, relatar a su jefe su aventura nocturna- han dado como resultado que hoy se abandone la hipótesis de la venganza de un inversor agraviado, en la muerte del hijo de la señora Fuster. Ahora se abre paso, de forma oficial, la sospecha de que los autores pertenecen a una organización criminal de negocio sucio.

-¿Y eso es todo? Pues sí que me has dado un notición. ¡Vamos! Que ya puedo cerrar el caso ¿no?

-Al menos la encuesta ha tomado la dirección deseada. No me pida milagros, jefe. Si de mí dependiera ya habríamos obtenido algún resultado, pero esta gente trabaja al paso de la burra.

-¡Ah, y otra cosa, jefe! En el fichero de clientes y negocios del muerto, he podido ver varios asientos de mucho importe de la corresponsalía de Goldman Sachs, en las islas Caimán, de una empresa de Barcelona, llamada ServyPiX, SA. Parecen inversiones legales, pero me huelen mal. Creo que sería bueno que hiciera investigar a esta sociedad.

Poco tiempo después de cerrar la comunicación con España, pasó a buscarle Helen. Un nuevo día comenzaba para Rodríguez en la inmensa urbe de Nueva York, y una tenue luz de esperanza se abría ante él y su gran sueño de resolver un caso importante de verdad.         

lunes, 20 de enero de 2014

Capítulo XI


-Pues si esto es todo lo que hay, estoy apañao -Rodríguez estaba realmente indignado- En cuanto mi jefe lo sepa, me va a ordenar que coja el primer avión de vuelta a casa, y tan pronto llegue allí me va a patear el culo, por inepto. Como si lo viera.

-Bueno, hombre. No hay que dramatizar -trataba Helen de calmarle- Este asunto se resolverá, seguro, pero estos casos, que cuentan con tan pocas pistas, necesitan tiempo hasta llegar a descifrarlos.

-¡Me cagüen la leche! ¡Tiempo es lo que no tengo! -el enfado de Rodríguez crecía por momentos- Mañana, a primera hora, tengo que informar a mi jefe y ...¡Qué le digo! ¿eh? ¡Anda, dime tú qué le digo!

Helen se encogió de hombros. no era su problema. En realidad, aquel extraño tipo, moreno, casi cetrino, de pobladas cejas negras, pelos en la nariz, con maneras vulgares y atuendo pueblerino, le había caído gordo desde el principio.

Había recibido la orden de acompañar al agente español con mucho desagrado. Trató de sacudirse el servicio, pero le fue imposible. Era el único detective libre que conocía el idioma español. Helen no solo lo conocía, lo hablaba con absoluta corrección y tan solo un ligero acento metálico delataba que no era ese su idioma natal. Pero no necesitaba aclarar ese detalle, su aspecto era anglosajón total, de arriba abajo. Helen aprendió el español en Zaragoza, donde su padre, oficial de aviación, había estado destinado en la base americana instalada en aquella ciudad. Allí Helen aprendió también más fobias que filias de los españoles. Y todavía le duraban.

Durante el trayecto del hotel a la comisaría ya habían tenido su primer roce. Al comentar su estancia en España no se cortó al decirle que no le gustaban los españoles.

-Son todos unos machistas -dijo.

Aquello le sentó a Rodríguez como una patada en la tripa.  Esta tía no me tapa la boca, pensó y se dispuso a contraatacar con toda la mala uva que fuera capaz de reunir:

-Y si somos machistas ¿qué? ¿No eres tú feminista? -arriesgó en la pregunta- Pues, oye: con el mismo derecho.

-Vaya, hombre ¡Será lo mismo! Nosotras luchamos por la igualdad entre el hombre y la mujer, mientras que vosotros tratáis de mantener el dominio que siempre tuvisteis sobre nosotras.

-¡Anda! ¿Y yo que no me había enterado? -dijo Rodríguez con sorna.

Y ante el gesto de sorpresa de Helen continuó:

-¡A ver! Desde siempre, como tú dices, hemos estado esclavizados por vosotras. Ya, desde que vivíamos en cuevas, tuvimos que salir de ellas para cazar dinosaurios con los qué alimentaros o vestiros con sus pieles. Y no era cosa fácil con esos bichos que tenían unos dientes de a palmo. Así continuó la cosa, hasta que ahora, cuando el trabajo se ha hecho llevadero, todas queréis salir de la cueva para trabajar. ¡Coño! Eso se hace antes, cuando el trabajo era tan duro que se dejaba uno la piel en él.

-Bueno, mira. No tengo ganas de escuchar tonterías. Vamos a dejarlo ya.

-Sí, sí, perdona: es broma. Pero es que si te hablo en serio la vamos a tener gorda. Que ya estoy hasta las mismísimas...narices de que las feministas estéis tratando de convencer a la sociedad de que los hombres somos gentuza y las mujeres seres inmaculados ¡Ya está bien!

Entre diles y diretes llegaron a la comisaría. Fue una suerte porque puso fin a la discusión, y evitó que la cosa llegara a mayores. Aunque el resquemor que dejó en ellos el acalorado debate, abrió una profunda brecha en su relación.

Y solo faltó, para empeorarla, el enfado de Rodríguez al ver la escasa información que traía el expediente de los detectives encargados del caso.

-Bien, pues necesito hablar con estos dos "artistas" -reclamó Rodríguez- Hazme el favor de preparar de inmediato una reunión con ellos.

El mitin tuvo lugar esa misma mañana, pero poco más o nada pudo sacar en claro el español. Los registros de la oficina y del lujoso apartamento de Joe no aportaron pista alguna a la investigación. Nada sospechoso se había encontrado en ellos. La encuesta se hallaba, en este momento, en el estudio pormenorizado del fichero de clientes.

-De allí no va a salir nada, Helen -sentenció Rodríguez después de haber revisado, una por una, todas las fichas- ¿No ves que todos los asientos corresponden a negocios legales? Este crimen tiene todos los visos de ser un ajuste de cuentas, causado por una operación ilegal fallida.

-¿Y qué otra cosa se puede hacer?

-Coño, pues volver a revisar los dos establecimientos con más detalle. Seguro que algo se les ha pasado por alto en el registro. Esto, o ese hombre tenía otro local, donde esconder la documentación de sus negocios sucios. Esta misma noche deberíamos ir tú y yo y comprobarlo.

-¿Estás loco? ¡No tienes autorización para investigar y yo no te puedo acompañar! -exclamó Helen espantada- ¡Me juego mi carrera!

-¡Qué pasa! ¿Te faltan ovarios o qué? No me digas que eres incapaz de tomar los mismos riesgos que un machista español -aquello de machista se le había quedado grabado en el alma a Rodríguez y no se lo perdonaba- Pues no te preocupes. Llévame en tu coche hasta esos dos lugares que yo me apaño solo.

Herida en su orgullo, aunque a regañadientes, consintió Helen en acompañarle. Llegaron a las inmediaciones de la oficina en la 13 del West Side y, tal como había propuesto el español, subió solo.

Más de una hora estuvo esperándole Helen dentro de su coche, con los nervios de punta y mordiéndose las uñas. Cuando ya, desesperada, pensaba en ir a ver si le había ocurrido algo a aquel jodido español, apareció Rodríguez.

-¡Uf! -resopló al sentarse junto a Helen- Toda la oficina está patas arriba. Alguien ha estado allí, después de la policía, y ha hecho un registro total. Si había algo ya no está. De entre un montón de papeles, tirados en el suelo, he recogido esta vieja libreta con algunas anotaciones y garabatos por si encontramos algo útil en ella.

-Parece que tenías razón.

-Pues claro. elemental querida Helen -se pavoneó Rodríguez- Vamos al otro sitio, a ver si tenemos más suerte.

sábado, 18 de enero de 2014

Capítulo X


El insistente sonido de un teléfono interrumpió, durante un momento, el animado diálogo que mantenían dos hombres en el despacho del General O´Connell, jefe del Departamento de Servicios Especiales de la Defensa, SSD.

Este descolgó el teléfono, comprobó que se trataba de una llamada sin identificación y dijo:

-O´Connell al habla ¿Quién llama?

-Soy yo, general.

-¡Hombre, Pieterf! ¿Dónde te has metido? -mientras hablaba, O´Connell hizo un gesto con la mano que hizo salir precipitadamente al otro hombre del despacho- Estoy esperando noticias sobre el asunto que discutimos anteayer. Cuentame tus progresos.

-Sí. Estos días he hecho muchos progresos...gracias a mi fino olfato. Pero de eso Vd., general, ya está bien enterado ¿no es así? -contestó Pieterf con tono seco, claramente contrariado.

-¡Eh, eh, Pietref! ¡A qué viene esto! ¿Qué tratas de insinuar? ¡Explícate!

Pieterf hizo caso omiso a las voces conminatorias de su jefe, a pesar de estar dichas con la voz segura y dominadora de quien está acostumbrado a ser obedecido sin réplica, y le habló con el mismo tono cortante y serio.

-Escúcheme, general. Ayer sorteé una trampa, bien burda por cierto, y espero que no vuelvan a repetir el intento. Quiero advertirle que he tomado mis precauciones. He puesto a buen recaudo un interesante dosier que será hecho público si me pasa algo. Y piénselo bien, general, antes de tomar una decisión equivocada: le aseguro que yo también soy muy mal enemigo -después de esta última palabra, Pieterf cortó la comunicación.

-¡Pero qué dices, hombre! ¿Te has vuelto loco?...¡Pieterf, eh, eh! ¡Escucha!...¡Óyeme! -en este momento, O´Connell se dio cuenta de que la comunicación estaba cortada y tiró con rabia el teléfono sobre la mesa, al tiempo que soltaba una sarta de juramentos.

Al instante entró el otro hombre en el despacho.

-No ha habido tiempo suficiente para localizarle, pero ha hecho la llamada desde un aparato móvil. Nuestros hombres ya están trabajando para identificarlo. Pronto estaremos en condiciones de seguir sus pasos.

-¡Maldita sea! Ojala me equivoque, pero me temo que este hijo de perra nos va a dar muchos quebraderos de cabeza.

-No se preocupe, jefe. pronto estará en nuestras manos.

-Id a por él -escupió, más que dijo O´Connell, dando un fuerte puñetazo en la mesa- pero tened buen cuidado de cogerlo vivo. Hay que hacerle cantar hasta averiguar en dónde tiene escondido ese informe.

Pieterf contempló, pensativo, las oscuras aguas del East River desde lo alto del Williamsburg Bridge y, al cabo de un rato, tiró al río el teléfono móvil que mantenía en su mano derecha, subió el cuello de su gabán y comenzó a caminar, sin prisa, hacia el otro extremo del puente, en dirección a Long Island.

En un despacho de la comisaría de distrito, amablemente cedido a Rodríguez por la jefatura, se hallaban este y Helen, su agente de enlace, revisando la documentación correspondiente al caso de la muerte de Joe.

-¡Pero, coño!¿Qué clase de informe es este? ¡Pero si aquí no hay nada útil! -se quejaba indignado Rodríguez.

-Es lo que hay -contestó de mal humor Helen, molesta porque un policía de un insignificante país dudara de la eficacia de sus compañeros- La investigación está a cargo de dos detectives muy capaces con un historial inmejorable. Si ellos no han encontrado nada es que no hay nada que encontrar.    

jueves, 16 de enero de 2014

Capitulo IX



Refugio de Margaret en Meadow

 
Bob Bryant ha proporcionado un refugio seguro a Margaret en Queens. Se trata de una casa unifamiliar, perdida entre las miles de parcelas de similar factura que inundan los alrededores de Meadow Lake.

Está situada en una discreta esquina de la 186th St con la 64th Ave. Cuenta con una alta y sólida reja de protección, un denso arbolado que la semi oculta y dispone de varias vías de escapatoria, muy útiles para el caso de tener que salir huyendo ante un inesperado ataque o algún inminente peligro.

En su interior, Margaret y Bob dialogan sobre la circunstancias que rodearon la muerte de Joe.

-¿Estás seguro de que los asesinos de Joe no fueron los mismos que acabaron con la vida de William? -inquirió Margaret.

-No, no, seguro -contestó Bob, rotundo-. Mataron a tu marido para taparle la boca. Si la "organización" hubiera tenido la menor sospecha de que Joe sabía algo de sus manejos, haría ya mucho tiempo que estaría muerto. Tú, en cambio, sigues estando en peligro.

-¡Pero yo no sé nada! -protestó Margaret- Jamás William me habló de sus asuntos. Siempre decía que me mantenía al margen para protegerme.

-Esa gente tiene mucho que perder y ningún escrúpulo para eliminar a cualquiera. Es suficiente la menor sospecha de perjuicio para acabar con quien pueda provocarlo. Una muerte más o menos les da igual.

-Entonces...¿Quién crees tú que ha podido ser el asesino?

-Mira Margaret. Joe andaba metido en negocios muy turbios. El asesinato ha sido una venganza y no me cabe duda de que el dinero sucio estaba en medio de todo este asunto. ¿Quiénes fueron? Para saberlo necesitamos acceder a la documentación de sus negocios extra oficiales.

-Tienes razón -aseguró Margaret- Yo sé que Joe había almacenado una fuerte suma de dinero negro. La relación de esos depósitos, así como la documentación de los negocios gestionados al margen de la ley, deben estar ocultos en algún sitio. Pero...¿cómo buscarlo sin darme a conocer?

-Bien. Como tú no puedes correr el riesgo de identificarte, haremos un registro nocturno de la oficina y el apartamento de Joe. Si no encontramos nada, echaré mano de mis antiguos colaboradores y, con su ayuda, estaremos en disposición de usar métodos más expeditivos.

Más o menos a la misma hora, Rodríguez rendía su diario informe al comisario Casado.

-¿Cómo va eso, Rodríguez? -preguntó el comisario.

-No sé, jefe. Esta gente me tiene frito. Yo no sé si se hacen los locos o es que no saben nada de nada. Pero no se preocupe, comisario, que de hoy no pasa sin que me den el informe de los registros.

-¡Venga, coño! Que no estamos para perder el tiempo. Mañana sin falta quiero tener algo concreto sobre este caso -y añadió, rotundo- ¿Me ha oído bien, Rodríguez? ¡Mañana!

-¡Qué sí, jefe, qué sí! Ahora mismo estoy esperando al nuevo agente de enlace que me han asignado para ir a consultar el expediente.

-¿Qué ha pasado con el otro? -preguntó extrañado el comisario.

-Nada, que aquí tienen la costumbre de que cuando alguien le da al gatillo, le conceden un descanso y lo mandan unos días al loquero. Ahora tengo a una mujer por compañero.

-Bueno, lo que nos faltaba. Ojito con lo que haces.

-Tranquilo, jefe. Es un marimacho de mucho cuidado. No es que esté mal, al contrario, la verdad es que está como para mojar pan, pero oiga, como esta moza te eche encima esa mirada de hielo que tiene, te quita de raíz cualquier mal pensamiento.

-En fin, ten cuidado y no me metas la pata. Y...¡Venga! ¡A trabajar de una puñetera vez!

En Barcelona, en un importante despacho de Paseo de Gracia, un hombre de distinguida presencia hablaba por teléfono con voz de mando y  aire de ostentar notable poder :

-¡Oiga! ¿Me puede decir qué fue del asunto de Márgara Fuster?

 
Paseo de Gracia en Barcelona

martes, 26 de noviembre de 2013

Capítulo VIII


Puente de Brooklyn
 
Una vez concluida la presentación de Rodríguez en la comisaría del West Village, John Travis se dispuso a conducirle en su coche hasta el hotel que le habían reservado. A pesar de ser un modesto establecimiento, situado en el Downtown de Brooklyn, disponía de aceptables instalaciones, enmarcadas en un edificio con bastante buena presencia. Rodríguez ya les había advertido que necesitaba un hotel barato, aunque decente, y éste, uno de los que con frecuencia reservaban desde la comisaría para agentes visitantes, cumplía ambas condiciones con holgura.

Por su parte, Travis había recibido de sus superiores la orden, disfrazada de sugerencia, de que entretuviera al español cuanto más mejor y, sobre todo, procurara mantenerlo lejos de la comisaría tanto como le fuera posible.

Siguiendo la instrucción recibida, John distrajo a su huésped, dando un amplio rodeo por las avenidas de Manhattan, para luego entrar en Brooklyn por su famoso puente. Tras cruzarlo, aparcó el coche y acompañó a Rodríguez hasta el greenway del Parque del Puente.

Desde aquel lugar, la inmensa ciudad se mostraba en todo su admirable esplendor. Atardecía ya, y la imponente y quebrada Skyline que formaban, allá enfrente, los altaneros edificios de Manhattan, se recortaba sobre un inmenso azul que caía oscureciendo por oriente. Algunas madrugadoras luces comenzaban a brotar en las infinitas ventanas de la gran manzana, y sobre las quietas aguas del East River, rutilaban las blancas estelas de los ferrys y paquebotes, quebrándose en miles de diminutos y brillantes reflejos, que se propagaban, danzando, a lo largo y ancho del oscurecido río. Hasta la misma Estatua de La Libertad quiso sumarse al espectáculo, asomándose tras la Governor´s Island. Pero Rodríguez, que contemplaba absorto aquel magnífico panorama, solo acertó a exclamar:

-¡Hay que joderse, lo grande que es esto!

A la mañana siguiente, muy temprano, llamó al comisario Casado.

-Ya estoy aquí, jefe. MI hotel es el Sleep Inn. Brooklyn Downtown, en la 22nd St. Un auténtico chollo. 52 € desayuno incluido y creo que todavía me harán un descuento del 15%, al haberse hecho la reserva desde un organismo oficial.

-Eso está bien, Rodríguez, pero ¿qué hay de nuestro asunto?

-No hay mucho. Saben muy poco o nada. A esta gente, si les quitas los ordenadores, andan más despistados que un asno en el museo de la Tita. De la tal Márgara no tienen ni idea de su existencia y del crimen de su hijo opinan que ha sido realizado por un inversor cabreado. No he querido apuntarles nada, pero no hay que discurrir demasiado. Dinero más crimen igual a mafia. No hay más. ¡Pero si esto sale en todas las películas!

-Bueno, bueno. No te enrolles y trata de sacarles la mayor información de los asuntos del hijo de la Márgara y de ella misma. En lo demás allá ellos, no son temas de nuestra incumbencia.

Poco después de cerrar la comunicación con España, apareció en el hotel John Travis, que llegaba para conducirle a su comisaría de distrito.

-Debemos darnos prisa -dijo- parece que han localizado a la mujer que hizo en España la denuncia por la desaparición de su hijo Christopher. Nos esperan en comisaría para que confirmes su identidad.

En el West Village habían puesto a trabajar sus potentes computadoras. Ni rastro de Muriel Dallamore, pero habían encontrado a una Margaret Foster inscrita en el Hotel Plaza, en la horquilla de fechas que proporcionó Rodríguez. Habida cuenta de la similitud del nombre con el de Márgara Fuster, habían solicitado las cintas de las cámaras de seguridad del hotel y las de la municipalidad en la Grand Army Plaza, situada delante del Hotel.

Los técnicos informáticos habían "limpiado" las mejores imágenes y las más apropiadas para facilitar la identificación por parte de Rodríguez.

-Pues...podría ser... o podría no ser. -sentenció Rodríguez, lleno de dudas- Es que con esas enormes gafas oscuras, el amplio pañuelo del cuello y esa gran boina en la cabeza, podría ser cualquiera, hasta un tío. La pinta sí la tiene, pero...

-Bien, no perdamos más tiempo -concluyó el comisario-, vayan al Hotel Plaza de la 5th Avenue y compruébenlo.
Lobby del Hotel Plaza en la 5th Avenue de New York

Allá se fueron John y Rodríguez. Aparcaron en una esquina de la Army y penetraron en el lujoso hotel. El estirado y ceremonioso conserje les informó de que Ms. Margaret había salido. Sin embargo, había dejado la indicación de que volvía enseguida y, en el mismo aviso, rogaba a quien preguntara por ella que tuviera la amabilidad de esperarla unos minutos.

Los dos policías decidieron aguardar su llegada en el suntuoso lobby, dominando la conserjería, admirados por el esplendor de la elegante decoración y la riqueza del mobiliario, ambos de marcado estilo francés.

No había transcurrido un minuto desde que tomaron asiento, cuando Rodríguez volvió bruscamente la cabeza y alcanzó a ver las figuras de dos encapuchados que venían hacia ellos, alzaban sus armas y las disponían en situación de disparo.

Rodríguez dio un grito de aviso a su compañero, al tiempo que volcaba la mesa y se parapetaba tras el refinado sofá, después de dar el mayor salto de su vida. Escuchó tres o cuatro detonaciones seguidas y notó el impacto de varios proyectiles al incrustarse en su improvisado parapeto. Casi de inmediato, sonaron a su espalda varios disparos de su compañero repeliendo el ataque. Respiró aliviado: no habían conseguido alcanzarle.

Y era una suerte también para Rodríguez que no portaba armas, como era preceptivo, y de nada le hubiera servido mantenerse acurrucado tras aquel mueble, si su compañero hubiera caído.

El caso es que los asaltantes, al ver fallido el intento de acabar con ellos a quemarropa y recibir el fuego de John, se dieron a la fuga.

-Creo que le he dado a uno -comentó excitado John, que se limpiaba la sangre de la rozadura de una bala en su mejilla, después de llamar a la central pidiendo refuerzos- Menos mal que los has visto llegar, si no, nos fríen como a conejos.

-No me preguntes cómo lo he sabido. Llámalo intuición, si quieres. Quizás algún reflejo extraño en los cristales de enfrente me ha dado la alarma. No sé. Lo cierto es que solo un instante más y nos vamos derechos al otro barrio.

-Dímelo a mí. Dos dedos más cerca de mi cabeza y me dejan más tieso que un palo -advirtió John- Hoy es nuestro día de suerte.

Mientras tanto, en el hall del hotel se había formado un inmenso alboroto. Todo allí era confusión y escenas de histeria, que se incrementaron con la llegada de unos cuantos coches de la policía con sus sirenas a toda marcha y una docena de agentes irrumpiendo en el hotel, arma en mano.

Solo en un rincón del lobby, un hombre se mantenía en calma. Era Pieterf. Sabía que allí se había preparado una trampa y acababa de obtener la confirmación a sus sospechas. Por otra parte, era el único que conocía que aquel funesto cepo estaba destinado a él. Había llegado el momento de jugar sus cartas y buscar el modo de cubrirse las espaldas.

En la comisaría de distrito se dispararon todas las alarmas. Un ataque a dos agentes, uno de ellos extranjero, era algo inconcebible. Las llamadas telefónicas recorrieron todos los escalones de mando y todas las teorías, aun las más peregrinas, fueron enunciadas.

Cuando el comisario Casado supo por boca de Rodríguez que habían sufrido un atentado, no le dio importancia.

-¡Joder, jefe! ¡Qué casi me matan! -protestó Rodríguez.

-¡Pero hombre, piensa un poco! ¿Quién coños va querer matar a dos pipiolos como vosotros que, además, no saben nada de nada de lo que allí se cuece? En ese hotel había preparada una trampa para alguien y vosotros caísteis en ella porque pasabais por allí. Ten cuidado y no te metas en líos. Te recuerdo que tu misión es recabar información de los negocios del finado y de su puñetera madre, por si hay implicaciones aquí en España. Se trata de cerrar el caso lo antes posible. Y punto.

Sí, leches -pensó para sí Rodríguez-. Para una vez que me toca un caso interesante me voy a mantener al margen. ¡Se lo habrá creído! De aquí no me saca el comisario ni con fórceps.

Margaret, mientras tanto, todavía con el falso nombre de Muriel Dallamore y ajena por completo a todo aquel gran lío que se había formado alrededor de su persona, se hallaba reunida con Bob Bryant, un antiguo agente secreto, ya retirado, amigo de su marido William, que había ayudado a este en alguna de sus investigaciones.

Recordaban los viejos tiempos y cavilaban el modo de dar forma a los deseos de venganza de Margaret.

 

lunes, 11 de noviembre de 2013

Capítulo VII


Cuando Pablo Picasso vivía su mirada era un pelotón de fusilamiento, un rayo laser que penetraba hasta el mismo umbral de la séptima puerta de las quintaesencias estéticas. Miraba todo con hambre amedrentadora, nada escapaba del barrido de su retina desafiante. Sus ojos, de durísimo azabache, anunciaban a los cuatro vientos su aplastante poder.

La mirada de Pieterf distraída, negligente, incluso aburrida, estaba en las antípodas de la de Picasso.

Sólo aparentemente.

A retaguardia de sus ojos amables y ligeramente deslumbrados se escondía, de forma natural, sin esfuerzo ni mérito alguno de su parte, una Hasselblad 200 MS humana capaz de captar instantes efímeros y de registrarlos en alta resolución.

Y allí, en el disco duro de su memoria, había quedado fielmente fotografiado el BMW que limpiamente le había birlado, en sus mismas narices, a Margaret.

Supuso que la matricula de Ohio podía ser falsa pero el modelo y el color eran infalsificables y la experta conducción secuencial de quien realizo el súbito acelerón hacía descartable el cambio automático. Estados Unidos es muy grande pero encontrar una berlina BMW M6 del año 2013 de color rojo, techo de carbono y cambio secuencial ya era tarea más que asequible para un investigador medianamente avezado y, desde luego, un  juego de niños para los recursos básicos de la Compañía. 

Sólo había un problema. ¿y si el coche era robado?. La vieja intuición de Pieterf descartaba, en esta ocasión, tal posibilidad por lo que puso en marcha la bien engrasada maquinaria sin dejar resquicio a la duda.

Y como siempre, la maquinaria funcionó con rapidez y precisión suiza. En 11 minutos conocía el nombre del dueño del vehículo, su domicilio, su teléfono y bastantes datos personales. Cinco horas más tarde el coche estaba físicamente localizado en donde nadie buscaría a alguien que quiere esconderse: en el Hotel Plaza en Fifth Avenue, junto al Central Park, en el mismo cogollo social de Manhattan.

Y, además, Margaret se había registrado en el hotel ¡con su propio nombre!.

Empezaba el consabido juego del ratón y el gato.

Pero Pieterf, gato viejo y escaldado, empezó a pensar que en el reparto de esta nueva comedia alguien le había asignado, por primera vez, el papel de ratón. 

Y en un rincón inexplorado de su ánimo de tungsteno cosquilleó un ligerísimo temblor.